lunes, 18 de septiembre de 2017

Las alas de un ángel rotas (35º parte)

--Lucía, hoy tenemos que hacer una visita muy importante—iba de un lado a otro recogiendo cosas y sin prestarme mucha atención, me respondió--.
--¿Dónde?—dijo algo ausente—. No tardé en atraer toda su atención.
--Al cementerio, quiero que visitemos a mi madre y la abuela.
--¿Cómo?. ¿Al cementerio?. ¿No entiendo?.
Me di cuenta, que no le había hablado nunca de mis incursiones, y consideré mejor dejar esa parte de mi vida en suspenso.
--Llevarle unas flores a las lápidas –dije corrigiendo lo dicho con anterioridad.
--¡Claro!. Cuando tú quieras.
--¿Te parece bien dentro de una hora?.
--¡Vale!
--Te noto distraída pasa algo que no me hallas dicho –el rubor se apodero de su rostro--. Y respondió con un – no-- tan poco convincente que me dio miedo insistir.
A medida que nos acercábamos a nuestro destino, los latidos de mi corazón se asemejaban a un fox-trop—Lucía notó el nerviosismo, apenas si despegué los labios desde que salí de la casa, respetando mi silencio me apretó la mano con fuerza y note como nuestros corazones latían, fuertes, poderosos, unidos por una cadena invisible pero real que nos daba fuerzas para enfrentarnos a la vida.
 
Al acercarnos, no sentí calor ante aquellos inertes ángeles de fría y vetusta piedra. Un sentimiento de desconsuelo se apoderó de mí, pero un aire cálido me acarició las mejillas, alborotándome el cabello como promesa de nueva vida y por unas décimas de segundo, algo tangible, me rozó la piel. A lo lejos, --visible sólo para mis ojos—los seres hasta ahora, los únicos más amados, alzaban sus manos para enviarme un tierno beso y comprendí que era como tenía que ser. No podía hallar esperanzas en la muerte porque no las había.
Y la tristeza se evaporó cuando Lucia me rodeo la espalda con sus brazos y aunque debimos mostrar más respeto. Tiré con suavidad de su mano, entibiando el gélido mármol con nuestro amor, besándonos.
Y Dios en su infinita misericordia, perdonándome pecados imperdonables, la primera de tres veces, ofreciéndome la redención a través de terceros.
Los sueños, la inquietud, no me abandonaron por completo, aparecían cuando menos lo esperaba. En esos instantes no me sentí atosigado por el pasado, respiraba en paz.
Unidas nuestras manos, rezamos ante las lápidas retirando las primeras hojas que nos anunciaban el invierno y recibiendo sus buenos augurios.
 
En silencio caminamos por los pasillos de tierra que nos conducían a la salida, sólo el crujir de algunas ramas al romperse bajo los pies, osaban interrumpir el momento. Ella me apretó con fuerza los dedos y nuestras miradas se fundieron en una sola y el sendero se fundió en un solo sendero, que al enfrentarlo juntos no nos producía temor.
--¡Pablo!. Tengo que darte una noticia y no se si te alegrarás, todo ha sido tan precipitado, que ni siquiera hemos tocado el tema.
--Porque ese tono tan triste, ¿Ocurre algo malo?—escruté sus ojos buscando una mala noticia. Sin embargo, me miraba con una franca sonrisa dibujada en su cara--. Me tienes en ascuas, dime que ocurre.
--¡Verás!—y me condujo hasta un banco del parque, bajo un cincuentón árbol, el sol se filtraba entre sus hojas, dibujando sombras sobre nosotros--. Tu sabes que no hemos tomado ninguna precaución. ¿Verdad?.
--¿Precaución, para que? – dije sin saber cual era el enigma--.
--¡Dios mío Pablo!. A veces parece que no estas en este mundo. Papá.
--¿Qué hablas de papá? ¿Qué papá?.
--Esto parece imposible. Pablo, vamos a tener un bebé. ¿ Tú que piensas? 
Continuará...

jueves, 14 de septiembre de 2017

Las alas de un ángel rotas (34º parte)

Miré por la rendija que quedaba abierta del baño, no quise empujarla por si las bisagras chillaban delatando mi presencia. Los dos espejos que servían de decoración a derecha e izquierda estaban totalmente empañados, una leve bruma envolvía el ambiente dándole aire irreal a la escena. Metida en la bañera con la cabeza apoyada en una toalla disfrutaba de un placido sopor, sus mejillas caldeadas, rosadas como melocotones maduros y solo sus hombros suaves, blancos y bien formados ascendían como coloreados iceberg. Sumergido en el agua el resto del cuerpo, se adivinaba bajo una fina capa de espuma.

Acerqué mis labios a los suyos, rojos, carnosos, tan deseables y los rocé con delicadeza, seguí con sus cerrados y relajados párpados y finalmente acaricié su pequeña naricílla, en la que comenzaban a dibujarse algunas pecas que le agraciaban aun más si cabía las facciones. Sobresaltada abrió los ojos e intento incorporarse.
--¡Perdona! –trato de disculparse--. Me he quedado dormida.
--¡No te disculpes!. Es lo que tenias que hacer y no quiero que me pidas perdón, quiero que seas la mujer más feliz de la tierra.
Dedicándome una cálida mirada. Emergió de las aguas como una diosa pagana, tentadora y sensual.
Con un divertido acento –dijo—
--¡Sí, mi amo!
La miré extasiado como con mesuradas maneras se envolvía en una toalla.
--¡No me mires así acabaras avergonzándome!
--¡Perdona, no me canso de mirarte!
--¡Adulador!
--Ahora, quiero que cierres los ojos y me acompañes al dormitorio, entre risas la conduje hasta donde yo quería. Le había dispuesto todo sobre la cama como si se tratara del día  Navidad.
--¡Pablo!. ¿Qué es esto? –dijo con la voz hecha un susurro.
Me regocijaba en su pasmada sorpresa. Se dirigió hacia el gigantesco ramo de flores y abrazándolo cubrió su rostro y se echo a llorar. Amarla era navegar por los cielos en nubes de algodón. Con la mirada empañada por las lágrimas, abrió todos y cada uno de los paquetes, por fortuna todo era de su talla.
--¿Por qué haces esto?. Me haces sentir como una adulada cortesana y no lo merezco  ----sus ojos se nublaron--.
--¿Cuándo vas a dejar decir esas cosas?. No permitas que te sigan haciendo daño, te mereces muchas cosas que no has tenido. Pero te aseguro que eso ha cambiado ya –lloraba con una mezcla extraña entre alegría y pena.
Moví mis dedos con habilidad sobre sus costados, haciendo que se arrodillara riendo con cierto histerismo.
--¡No! ¡No!. Para no sigas. Por favor seré buena, no puedo soportar las cosquillas—reía con voz entrecortada.
--¿Serás buena y no dirás tonterías y cretineces?.
--Si, lo juro.
Para entonces me inclinaba sobre ella, casi tirada por el suelo. No sé en que momento nuestras miradas se cruzaron de soslayo. La magia se adueño de nosotros, incruste mis ojos en sus labios entre abiertos, respirando pesadamente, sus dientes asomaban tímidos entre ellos y me quemé por dentro. La besé con fiereza, respondió con naturalidad a aquel ataque, confiada, y eso me inflamó aun más. Se sentía segura. Introduje con torpeza las manos bajo la toalla, aceptándolo como parte del juego amoroso, relajó sus músculos y me dejó hacer, sabedora de que jamás dañaría ni su cuerpo ni su mente. Me sentía fascinado por mi nueva situación. Sin tapujos ni abalorios superfluos, alargué la mano alcanzando la pequeña cajita con la que quería sellar mi compromiso. La abrí y mostrándosela le hice la ansiada pregunta.
--¿Te quieres casar conmigo?.-- abrumada por los acontecimientos--. Por su rostro corrían pequeños hilos de lágrimas, deslicé el anillo por su dedo anular y un largo y apasionado beso fue su respuesta.
Exhaustos nos incorporamos, Duli hasta ahora dormida, perezosa en su rincón, se unió a nosotros y entonces sentimos que aunque formábamos un grupito lastimero, --abandonado por nuestros seres más cercanos era muy entrañable. Apoyándonos en lo bueno y en lo malo, al mirarnos, por primera vez, no nos sentimos tan solos, una esperanzadora llama calentaba nuestros corazones--.   

La esperaba impaciente por salir, me sentía hambriento, como si no hubiera probado bocado en días. Pero lo que vi, me paralizó la respiración, un ángel resbalado del cielo y caído en la tierra—cerré la boca, sobre todo para dejar de parecer un tonto pasmado.
--¿Dónde vamos?
--A un pequeño restaurante muy romántico con velas y todas esas cosas que requiere una noche tan especial como esta, recuerda que acabamos de comprometernos y eso merece una fiesta por todo lo alto.
Cogidos de la mano como dos enamorados, reímos de tonterías y nos arrullamos sin vergüenza a parecer ridículos, la gente que nos rodeaba nos traía al fresco.
La vieja luna que ha contemplado a generación tras generación de enamorados, paseaba por el firmamento con la forma de una nave vikinga, acompañándonos en nuestro recorrido, derramando su luz sobre nuestras esperanzas y alegrándose con nuestra alegría. Fue la noche perfecta, de un día perfecto.
Las siguientes semanas nos vimos envueltos en una frenética actividad, queríamos preparar la boda, necesitábamos solicitar las partidas de nacimiento, buscar una iglesia que no fuera por supuesto la de su tío, ver que fechas estaban disponibles, etc...
También estaba pendiente el traslado de su madre, y sobre todo la visita a la abuela quizás lo que más le aterrorizaba a ella de todo.
No quise postergar más, algo que debía hacer, y este fue otro día glorioso lleno de buenos presagios.
Hacia dos meses que nos entregamos en cuerpo y alma, notaba a Lucía algo inquieta, pensé que seria la visita a casa de su abuela o la cercanía de la boda.
Continuará...

lunes, 11 de septiembre de 2017

Las alas de un ángel rotas (33º parte)

Sus entristecidos ojos pardos, los volvieron a empañar las lágrimas. Presurosa, entre indecisa y anhelante, atravesó el pasillo, hasta llegar al recibidor—la seguí en silencio con un nudo en la garganta.
Una pequeña bolsa de viaje de un verde desgastado, yacia solitaria sobre las baldosas. –La miré sorprendido y atribulado por lo que aquello podía significar--. Sus pupilas se clavaron nerviosas en las mías y en un susurro—vaciló al borde de las lágrimas, empalideciendo su rostro de puro terror--.
--¡Lo comprendo! –su voz ronca denotaba su dolor—Debí consultarte antes –con manos temblorosas se agachó con lentitud.
Me hallaba petrificado por la satisfacción –lanzando un leve gritito--. Me abalancé como un loco sobre ella. Las gotas divinas que se deslizaban por sus pálidas mejillas de suave satén, me cosquilleaban como pequeños besos. Con los ojos llenos de luz y sin apenas salirle las palabras –me dijo.

--¿Entonces no estas enfadado?.
Abrazándola, quería transmitirle todo lo que aquella decisión significaba para mí.
--Siéntete bella por dentro y por fuera por que así eres tú. Arréglate y quememos Madrid.
--Lo sienta Pablo –dijo con aire compungido, avergonzada--. Esto que llevo es lo mejor y casi lo único que poseo.
--¡Olvídate de ello!. Metete en la bañera con agua caliente, piensa en los bellos cuadros que vas a pintar y en lo mucho que te amo. Salgo, pero no tardare, tomate el tiempo que desees. Quiero ver color en esas mejillas cuando vuelva.
Deseaba tanto alcanzar la calle que bajé los escalones de dos en dos. Los vecinos acostrumbrados al aire sombrío que siempre parecía envolverme, no comprendían este súbito arrebato de alegría.

El verano tocaba a su fin, pero el aire seguía siendo cálido. Apenas si eran las seis de la tarde, gente anónima iba de acá para allá, malhumorados y con prisa como siempre, pero a mí me parecieron fantásticos.
Mentalmente, repasé las tiendas que recordaba cerca de la casa, quedando sorprendido de la cantidad y cada una con su propio estilo. Curioseé uno a uno los escaparates, falda y blusa a conjunto, en un celeste intenso, captaron mí atención, a su lado sobre una nube de algodón como si navegaran por los cielos, unas sandalias con finas tiras trenzadas del mismo tono, me pareció armonioso y a Lucía la embellecería hasta el infinito. Con la ayuda de una chica muy amable y divertida por mi inexperiencia, elegimos las tallas mediante comparaciones. Ya en la calle con el paquete envuelto para regalo me sentí satisfecho. Un oso de peluche reclamaba atención desde el escaparate de enfrente, Lucía estaba falta de cosas bellas y yo deseaba regalárselas. Hice que lo envolvieran con un gigantesco lazo, era tan mullido y de expresión tan dulce. Orgulloso de las compras seguí caminando. Muñecas de plástico y cartón intentaban parecer sexy con la ayuda de lencería muy provocativa, pero aquello no hubiera excitado ni a un pervertido sexual, calvas, con esas piernas en extrañas posturas, solo podría adoptarlas una contorsionista. Me dieron una idea, no sin cierto pudor, me introduje tímido en el luminoso local, lleno de espejos para disimular sus diminutas dimensiones, en los cuales se veía reflejada la expresión abobada que portaba. Con gran ayuda de la dependienta, más cortado que en toda mi vida, pudimos descifrar lo que era todo un enigma, di gracias por ser el único cliente. Un suave sujetador y tanga, enjaezados con bellos encajes, fue el afortunado, lo preferí en blanco para no equivocarme. Casi en la puerta me fijé en un camisón de un liviano color melocotón que se deslizaba lánguido por un cuerpo sintético, si allí parecía tan bello, que no seria en las angelicales formas de mi amor.
La siguiente parada la joyería, con más paquetes en las manos de los que podía transportar. 

Las calles se veían alumbradas ya por luz artificial, observaba detalles a los que durante años hice ojos ciegos. Bellas fachadas clásicas, dos casas gemelas, muy antiguas coronadas por malhumoradas estatuas. Doble por una avenida peatonal tragándome literalmente unos maceteros enormes que bloqueaban la calle, previniéndose de conductores inexpertos con las normas y desaprensivos, de ellos colgaban gitanillas rosas y blancas hasta acariciar el asfalto.
Con paso decidido empujé la puerta de la joyería. El joyero algo sorprendido de la paquetería me miró con amabilidad.
--¿Puedo ayudarle en algo?.
--¡Sí! –respondí resolutivo—. Deseo un anillo de compromiso. Un brillante.
Me enseñó bandejas llenas de ellos, quedé prendado de uno de diseño muy sencillo, con dos brillantes engarzados uno junto a otro. El precio era elevado pero además de la ocasión merecerlo, me lo podía permitir. La tarjeta de crédito estaba al rojo vivo pero yo era más feliz que nunca y estaba descubriendo el complicado arte de las compras.
Una caja roja como la pasión que yo sentía en esos momentos, forrada en su interior de seda negra, lo haría relucir como una estrella.
Apresuré el paso para llegar a casa, me faltaba algo. ¿Pero qué?. De pronto se encendió la bombilla, flores, flores...

Recordé una pequeña floristería, era tan reducido el local, que casi toda la mercancía se exponía en la calle, pensé que quizás lo regentaran gnomos y no necesitaban más espacio. Siempre pasaba mirando distraído, sin embargo recordaba brómelias, jacintos, tulipanes, gladiolos y otras flores exóticas de variopintos colores. Elegí un gran ramo multicolor en el cual se fundían la belleza de unas con otras.
Casi a tientas llegué al portal, por suerte, un desconsiderado vecino la había dejado abierta. Ascendí con torpeza los escalones, trastabillando en varias ocasiones. Accedí a hurtadillas a la casa, quería sorprenderla.
Continuará...

jueves, 7 de septiembre de 2017

Las alas de un ángel rotas (32º parte)

Foto de Teresa Salvador
De vuelta a casa, esta se hacia grande, fría, sin ella estaba vacía, la cama me resultaba tan ancha que parecía que ocupara toda la habitación. Desesperado volví a refugiarme junto a las bolas peludas, comenzaban a dar sus primeras protestas, intentando salir de paseo, cayéndose y tropezando continuamente con sus ojos de topo.
Tiré de la manta y me acurruqué junto a ellos, él más avispado, buscó refugio en mi pecho, lo malo fue cuando intento sacar alimento de donde era imposible, para combatir su cabezonería encontré la solución, mi dedo meñique sustituyó la teta de su madre y sin sacar nada cayó en un profundo sueño.

Aquella noche mi búho nival, reapareció de nuevo. Majestuoso, con regio vuelo se acercó a mi ventana, lo miraba absorto, incrédulo a través de los cristales. Extendí la mano, deseoso de acariciarlo como en los viejos tiempos. Sin embargo con una hábil maniobra esquivó mi ansia. De esta forma me transmitía su frialdad y su enojo. A lo lejos vi a mi madre caminando hacia mí, con el rostro iluminado por la felicidad, la precedía la abuela, al poco y tras unas sombras aparecía Lucía, menuda con su aire casi infantil, se miraron con mutua complacencia y la felicidad se alojó en mi corazón. 

Un fuerte viento las arrastró, desapareciendo, entre una neblina que desenfocaba las imágenes y las convertía en meras sombras, esa silueta me era bien conocida, a grandes zancadas le seguí hasta llegar a la cubierta de un gigantesco transatlántico, su estridente risa hizo que todo temblara dentro de mi ser, era el asesino de mi madre que me retaba a enfrentarme a mis horrores, viví una especie de satisfacción muy cercana al pavor. Caminó hasta el borde de la cubierta, la bruma que lo cubría todo no permitía distinguir los limites, --igual que en un clásico de terror-- siguió caminando y como hipnotizado me apresuré a alcanzarle, mis pies tocaron el vació y sin nada a donde asirme, viví la pesadilla que se repetía una y otra vez. 

Caía desde la proa de un barco, precipitándome en un profundo y angustioso descenso, el metal negro como el caparazón de un escarabajo, gritos desgarradores, que no llegaban a salir de mi garganta, sino penetraban en mi interior estallándome dentro del pecho y seguía mi caída durante horas o me lo parecían. Sin embargo en esta ocasión todo se cumplía, solo había una pequeña diferencia, abajo sobre el agua negra, pacíficamente dormidas, solo alterada por dos figuras con sus brazos extendidos, atrayéndome hacia ellos con sus cuerpos deformados por mis propias manos. Un alarido que yo mismo llegué a escuchar me despertó, aturdido me puse en pie, corrí a la ventana para tomar aire fresco, y entonces caí en la cuenta que el chillido estridente no era otra cosa sino el teléfono.
--¡Diga!— dije--con visible alteración  y voz aun entrecortada.
--¡Pablo!.¿Te ocurre algo?.
--¡No!—dije sin mucho convencimiento--. Estaba dormido y me he sobresaltado.
--¿Seguro?.-- Insistió de nuevo--. ¿Vas a salir?
.--No, te espero ven lo antes posible.
--Te encuentro muy raro.-- Tranquilízate es solo un mal sueño, cuando te vea se me pasara.
--No tardo, un beso, te quiero.
--Y yo también. Corre esta casa esta vacía sin ti, mejor dicho, mi vida no tiene sentido sin ti.
Oí el clic seco al colgar el teléfono, pero permanecí con el en la mano hasta que escuché la llave entrar en la cerradura.
Avanzaba por el pasillo con ese trotecillo que tanto me gustaba y tan feliz me hacia, me golpee las piernas y ella como un perrito fiel y cariñoso acudió a sentarse en ellas. La abracé con todas mis fuerzas y hundí mi cara en su cabello, olía a lavanda, tomillo era como pasear por la campiña recogiendo hierbas aromáticas, sus manos, brazos y cuello desprendían un suave aroma a bebe recién bañado. En su bello rostro se leía las secuelas del día anterior, sus párpados algo hinchados la delataban.
--¿Porque has estado llorando? ¿Por quien?. No se lo merece seguro. ¿No has derramado demasiadas, por personas que han intentado ajar tu alma y medrar tu espíritu?.—y sus ojos volvieron a inundarse de nuevo.
--¡Pablo!, No lo entiendo. ¿Por qué me odia?.
Ahogando su voz los sollozos-- me abrazó con fuerza--. Casi en un grito con la calma perdida. Preguntaba una y otra vez. ¿Por qué? ¿Por qué?. En ese momento hubiera matado por ella. Vertía su silencioso resentimiento de años en palabras amargas.


Por desgracia hay cosas que además de no tener lógica, no tienen explicación. Quizás por eso no se pueden explicar porque no tienen lógica. Besé esos ojos de mirada triste, en un intento desesperado de animarla y devolverle la sonrisa.
Vamonos a pasear tomemos algo en una terraza de verano. ¡Hace calor!, luego te invito a cenar en un restaurante muy romántico a orillas del Manzanares –y aunque sus labios sonrieron, sus ojos ya secos lloraban calladitos, ocultos como lo habían hecho durante años. Por un momento, mi cabeza hirvió como una olla a presion y mentalmente lancé improperios contra toda autoridad humana y divina. ¿Dónde estaba su maldita justicia y protección?. Necesitamos carnet para todo, pasar test psicotécnico, revisiones medicas, etc. 

Mi pregunta y la de muchos como yo, cientos, miles, millones de corazones y ojillos temblorosos, aterrorizados. ¿Por qué cualquier tarado o tarada, psicópata, pervertido puede ser tu padre y tutor o tu madre y tutora?.
Continuará...

Foto de Teresa Sal

lunes, 4 de septiembre de 2017

Las alas de un ángel rotas (31º parte)

Una gruesa verja entre negra y verde pardusco, a medio pintar nos flanqueo el camino, se veía abandonada y vieja, navegando en medio de la desgana y la falta de presupuesto por parte de los encargados del centro, estaba claro, que esa acción no reportaba beneficios y lo que allí había eran gente loca, sin sentimientos, ¡Qué mezquindad!. Lucía buscó a ciegas mi mano, la suya estaba fría como la muerte.

Personas con miradas feroces o perdidas, se apelotonaban tras los sucios cristales empañándolos con su aliento, otros se tiraban de los pelos, dándole apariencia aun más inquietante, algunos giraban sobre si mismos, haciendo repetitivas preguntas, aunque para mi lo peor eran los gritos, esas voces desgarradoras que no saben que piden, ni porque protestan, enrojeciendo sus gargantas con alaridos que nadie escucha, pero que marcan el alma y alteran el animo, sobre todo a nosotros ajenos a estas cuestiones. Esas voces muy a pesar mío se grabaron en mi cerebro.

Una enfermera con pinta de perturbada, nos condujo a una habitación comunitaria, contamos diez personas, sentadas en el suelo y apoyadas en las paredes, los colchones esparcidos indiscriminadamente—al observar nuestra cara de asombro por el lastimero estado de la habitación, nos explicó, que era muy peligroso ponerle bases para los colchones, se autolesionaban. Asentimos sin mucha convicción--. Nos señalo una esquina de aquel deprimente habitáculo, una mujer de espaldas jugueteaba con algo imaginario, se distinguía por ser la única que su cabello parecía más o menos peinado.
Lucía abrió la boca varias veces, pero ningún sonido salió de su garganta, la sustituí.
--¡Ana!—volvió su rostro hacia nosotros. ¡Ana!—volví a repetirle.
Un rostro envejecido, acompañados de una atormentada mirada, profundos cercos negros enarbolaban sus ojos, fundiéndose con sus mejillas sin color, pequeñas heridas de arañazos decoraban su frente y cuello— provocadas por peleas con otros internados allí --. Nada en ese rostro correspondía a su edad cronológica.
Abrió los párpados con lentitud, nos observó con una mirada vacía que dio paso a la indiferencia, miraba sin trasmitir ningún sentimiento—hasta que Lucía abrió la boca--.
--¡Mamá! ¡Mamá!—su ausencia de expresión cambio volviéndose felina, con una risa fría, quebradiza, morbosa, que hubiera helado el mismísimo infierno –se dirigió directamente a su hija.
--¡No me lo puedo creer!. Ha venido la putita de mi hija a verme.
Enfatizando las palabras más hirientes todo lo que pudo, parecía escupir veneno por la boca. Fue una riada de odio. En el rostro de su hija se leía el dolor que le estaba taladrando el alma, no esperaba buena acogida, pero aquello era demasiado.
Tragándose las lágrimas y sin permitirse perder la compostura –le apreté con fuerza la mano, pero creo que no lo noto, si le hubiera dado un corte estoy seguro que la ausencia de sangre habría sido total --. Le habló en un tono dulce pero autoritario.
--Madre, sólo he venido a formularte una pregunta, ¿Quiéres trasladarte a un centro de pago donde las atenciones serán mayores y tú vida será mejor?.
--¡Qué pasa, la zorra de mi madre se ha muerto por fin, y el calzonazos de mi hermano quiere redimir sus múltiples pecados!.
--¡No!. Es largo de contar y no tengo tiempo, si deseas el cambio házmelo saber ahora o si prefieres pensártelo, el centro me lo comunicará.
Nos dimos la vuelta con la intención de hablar lo antes posible con el director y marcharnos.
--¿Sigues tirandote a todo macho que se cruza en tu camino, putita?.—luego deslizando las palabras -- respondió-- Acepto tú proposición.

En esta ocasión no fue dolor lo que vi, sino rabia. Volvió su rostro tenso como cuerda de violines.-- Ana soltó una sonora y sarcástica carcajada—Lucía avanzó unos pasos y aunque en ese momento deseo abofetearla, -- Dios suele mandar fuerzas cuando más las necesitas--, sin contestar salió de la horrible estancia, al entrar en contacto con el aire algo más limpio del pasillo, fuimos conscientes del inmundo hedor que desprendía aquel sitio.

Ya fuera, Lucía volvió su rostro, una sombra negra nublaba su mirada, parecía más vieja que apenas unos minutos antes. Su madre con parsimonia se mesaba los cabellos, sus ojos de nuevo miraban sin ver, sola de nuevo con su particular infierno.
Quedó todo a la espera de las ordenes de Lucia, --no pensaba volver a entrar en contacto con su madre--. Si es que a esa monstruosidad se le podía dar tan honorable título.
Reconocimos que había ocurrido de una manera mucho más espinosa de la esperada, incluso así, demostró un inconmensurable coraje y una notable fortaleza.

Continuará...

jueves, 31 de agosto de 2017

Las alas de un ángel rotas (30º parte)

--¿Qué pasaba?. ¿Acaso le había hecho daño?. La cubrí con los brazos para protegerla – si la había dañado de alguna forma me torturaría la idea para el resto de mi vida. Un temblor se apodero del corazón.
--¿Qué ocurre?. ¿He hecho algo mal, te he hecho daño?.—sacudió su cabeza con esa indecisión que los niños expresan, moviendo el cuello en todas direcciones sin saber si es si o es no--¡Lucía sea lo que sea perdóname, no quería, perdóname, perdóname!. Repetí convulsivamente una y otra vez. Agarró con suavidad mi rostro.

--Tú no has cometido falta alguna, soy yo, mi abuela tenía razón, soy como mi madre me dejo llevar por el diablo, cometiendo actos impuros. ¡Mira lo que he hecho!.
Sonaba tan desesperada que no sabía que responderle. Por un momento se había vuelto a quedar sola con sus fantasmas, sus ojos expresaban un dolor profundo.
Literalmente la metí bajo mi cuerpo, hubiera querido introducirla en mi interior y cualquier dolor o problema, que surgiera rebotara en mi persona. Abrigándola y amparándola – le dije— --¿Sábes lo que has hecho, de verdad?.--te lo voy a decir--. Devolverle la vida a un moribundo, darme esperanzas, cosa que no tenía antes de conocerte, sé que te han mortificado mucho, pero si confías en mí, y te juro que moriría antes de causarte un mal o simplemente defraudarte, te demostraré que lo que te han metido en la cabeza es la trama de una mala persona y te aseguro que no va a caer sobre nosotros ningún castigo divino. Además hago esta proposición con Dios como nuestro testigo, pon fecha y me casaré contigo. O piensas, que ahora que he conseguido tu cuerpo no querré saber nada de ti, eso es como el hombre del saco.
Una leyenda y no todos los hombres somos iguales, tú eres mi vida, y lo demás, cuentos de viejas reprimidas para asustar a niñas crédulas como tú. La solté por un momento y aunque las lágrimas se deslizaban copiosamente por sus mejillas. De hito en hito, un hipido la convulsionaba, -- de su semblante se había desdibujado la angustia--. Cubiertos solo por nuestros propios cuerpos nos sumimos en un profundo y relajante sueño. Cuando despertamos el sol nos acariciaba el rostro, molestándonos con su insistente luz. 

Entonces comprobé que no era una ficción, que Lucia estaba a mi lado, serena, tranquila, recordé lo que paso a ultima hora, y jugué a la ruleta rusa. La besé con ternura, respondió a mi beso sin reservas--- y al oído, muy bajito me susurro --- si vuelvo a decir las tonterías que dije antes abandóname –dicho esto nos fundimos en un apasionado abrazo interpretando un sensual minué, apagando así, el fuego que ardía en nuestro interior.
Después de una ducha, tapé sus ojos.
--Felicidades atrasadas—conduciéndola a ciegas y aspirando su delicioso aroma, la acerqué hacia el regalo. Me conmovió su sencillez, me miró con los ojos llenos de lágrimas.
--¡Gracias!. Es mi primer regalo de cumpleaños, nadie me regalo nunca nada.
Sin  parar de llorar abrió el hermoso embalaje, con sumo cuidado no quería que nada se estropeara, me juró que guardaría hasta el ultimo cachito de papel.
Cuando el caballete, las pinturas y los lienzos aparecieron ante su vista, se volvió hacia mí llorando, como no vi nunca a nadie hacerlo.
--Si te pones de esa manera lo devolvemos y en paz, era un regalo, no un disgusto, -- dije con sorna--.
Se incorporó para mirarme, con aire travieso y su rostro se encendió como lo hace el sol en una limpia mañana de verano.
--Es mi primer y único regalo de cumpleaños. El más maravilloso que me han hecho en mi vida.
Los dos rompimos en una sonora y llorosa carcajada.
--Es el primero de muchos, lo mismo que es el principio de una maravillosa vida—y la estreché con infinita ternura durante mucho rato--. Me muero de hambre—le dije—¿Rebuscamos en la cocina?--. Encontramos pan, queso, bollos de nata y té, lo degustamos entre risas y bromas. Duli se unió a la fiesta solicitando además de comida, un poco de atención.
Nos mantuvimos sin hablar del tema hasta escasamente una hora antes de nuestra partida. Meditabunda durante todo el trayecto, no quise molestarla era mejor dejar que recapacitara, que calibrara lo que su corazón le exigía.
Continuará...

lunes, 28 de agosto de 2017

Las alas de un ángel rotas (29º parte)

Con sutileza se introdujo bajo el cuerpo esbelto y musculoso de su amado, somnoliento no daba crédito a lo que estaba sintiendo, pero otras partes de mí cuerpo si habían reaccionado y adaptado a la situación.
--¡Lucía!—la miraba con cara de desconcierto—¿Estás segura de esto?. Te lo dije y te lo repito, no tienes porque hacerlo. No me debes nada. –con un beso acalló mi voz y mis preguntas--.

--Ámame y mata  todos mis fantasmas, hazme libre, demuéstrame que el amor es algo bello y no doloroso y vejante.
La entrega fue total recorrí sus pechos, sus piernas ........todos y cada uno de los rincones de su anatomía, escuchando los ahogados gemidos de placer y cuando su cuerpo se impacientaba por la anhelante y torturante espera, me fundí con ella, no hubo ni tú ni yo, sólo nosotros. Su cuerpo se arqueó bajo el mío instigado por el placer, se dobló como la rama de un árbol joven, vencida por el poderoso viento, cuando se convulsionaba, su garganta gemía sin vergüenza y un carrusel de placer y gozo giró a nuestro alrededor, supe que la batalla estaba ganada, que aquel monstruo no taimaría más su mente, su cuerpo. No podría arrancarlo de sus recuerdos pero si podía vivir con él, sin que eso le restara más alegría de la necesaria.
Por primera vez, la casa olía a hogar, y la habitación nunca fue tan cálida y acogedora. La azulada tela que cubría la ventana irradiaba destellos en todas direcciones, me sentí pez libre en su elemento, que sentí como mí elemento. La pasión y el deseo nos habían inflamado hasta dejarnos exhaustos. La miré con los ojos llenos de amor y descubrí a una niña apenada, que intentaba sonreír detrás de las lágrimas. Mi alma se hundió en  profundos abismos.
Continuará...

jueves, 24 de agosto de 2017

Las alas de un ángel rotas (28º parte)

En dos pueblos de alrededor se produjeron  bajas, una por muerte y otra por enfermedad, el pobre cura era por lo visto muy viejito y aunque aguantó todo lo que pudo, el obispado hubo de retirarlo con urgencia, haciéndose cargo de ellas por orden superior, nuestro opresor.

Es sabida por todo creyente la obediencia de nuestro clero, que al igual que al ejercito se les prohíbe tener mente propia, ya que si la tienes, -- como se puede obedecer ordenes o mandatos fuera de toda lógica con inusitada ceguera vehemente--. Si hablas con un sacerdote te dará una colérica charla sobre la fe, donde no faltaran puñetazos en la mesa a falta de argumentos y si lo haces con un militar lo hará de la obediencia, el orden y no se cuantas cosas más, que ni ellos mismos saben como excusar o defender a base de practicar sumisión sin mesura. En el fondo los comprendo como se puede vivir sin poder expresar tus argumentos, no pudiendo llamar tonto al tonto e inepto al inepto.


De esta manera tan fácil pudo conseguir la voluntad de nuestro hombre, su madre, la abuela de Lucía, haciéndole cometer injusticias con un ser dulce e inocente. Al menos como esta muy de moda ahora mismo decir y además a la expresión la amparan las leyes. “El presunto” asesino de mi madre lo movía su crueldad y la mala sangre con que fue concebido, pero yo estaba convencido del buen corazón de nuestro cura, las acciones malas o injustas que cometía las hacia por boca de ganso y no por deseos propios, pero el cerebro y la voluntad se acaba pudriendo, cuando no es firme y se deja a monstruos externos morder nuestra moral y sentido común, aprendiendo a acallar la conciencia con vanas excusas.
Tras muchas idas y venidas, llamadas telefónicas, encuentros secretos y noches acunadas por el insomnio, parecía estar todo en orden.
Una semana después del cumpleaños de Lucía, algo más tranquilos, decidí celebrarlo con una sorpresa, aquella tarde íbamos a visitar a su madre, mediante el abogado averiguamos su paradero. Como no sabíamos lo que podíamos encontrar, pensé que un bonito regalo podría mitigar el posible mal rato. Y ella en un intento de alcanzar la normalidad como mujer, decidió precipitarse al vació.
Más tarde me confesó, que lo deseaba pero no sabia si a la hora de la verdad seria capaz o podrían más sus traumas. Si no lo intentaba nunca lo averiguaría.
Su tío salió a las cinco de la mañana, Lucia se levantó solicita a prepararle una taza de café para que se reconfortara hasta llegar a su destino. Tenia dos horas de camino por delante antes de llegar a la iglesia donde además de la misa matutina, había varios entierros y una boda, estaría ocupado todo el día, los oficios de su parroquia los atendería un sacerdote joven, pero eso no nos preocupaba ya que no tenía porque relacionarse con Lucia, tenia las llaves de la iglesia y todo lo que podía necesitar.  


Daban las seis de la mañana cuando cerró la puerta tras de sí, al pisar el asfalto la envolvieron las primeras luces, meditabunda, caminó calle arriba, las pequeñas dudas  parecían desvanecerse con el aire fresco de la mañana, aunque la ansiedad, la duda, le horadaban el estómago, provocando la sensación de un vacío insoportable.
La ciudad lucía solitaria, solo el trajinar de repartidores o de los muy madrugadores. El tráfico aumentaba paulatinamente, rostros medio dormidos todavía, parándose en alguna que otra cafetería que se encontraba abierta para recogerlos, ofrecerles un café o algún licor que les entonara la mañana.
La emoción y la duda la estaba mareando, sus manos temblaban. Ya en la puerta, contuvo la respiración y haciendo muecas  ridículas, logró que la llave girara. Una paz absoluta reinaba en la casa. Depositó los zapatos en la entrada, sin percatarse del voluminoso paquete envuelto con un gran lazo multicolor que decoraba el centro del salón.
Entró con absoluta decisión en el dormitorio y despojándose de toda la ropa, empujó con suavidad la puerta. La perra levantó con pereza la cabeza pero los cachorrillos mamaban y no hizo intención de salir a su encuentro, aun así Lucía puso su dedo sobre sus labios emitiendo un sonido sordo, bajando su hocico siguió dormitando mientras daba de desayunar a sus hijos.
La cortina descorrida permitía que la claridad se colara alegremente, iluminando el cuerpo de Pablo desnudo sobre las sabanas. La cama revuelta parecía haber librado una dura batalla con el insomnio.
Sintiéndose avergonzada  pensó en salir corriendo, si se marchaba en ese instante nadie se enteraría. Salió de la habitación y se disponía a enfundarse en su pantalón de nuevo, cuando un ruido la hizo refugiarse detrás del sofá, permaneció unos segundos con la respiración mantenida, alerta pero fue una falsa alarma, el estruendo provenía de la calle, un camión descargaba alguna mercancía.
Tiró de nuevo la ropa y silenciosa se dirigió a la cortina cegando la habitación. Pablo cambio de postura en ese momento y ella se sobresalto de nuevo, pero ahora la amparaba la oscuridad. Como un cazador furtivo que otea el horizonte en busca de una buena pieza, se despojó del sujetador dejando al descubierto unos senos pequeños pero perfectamente formados, dos tartas de nata adornadas en el centro con guindas rosadas. Dejó resbalar las braguitas por las caderas hasta caer rendidas a los tobillos, con una pequeña zancada las abandonó en la alfombra. Titubeante y sin saber por donde introducirse, dudo unos segundos e imaginariamente rozó la atlética espalda que ahora se mostraba al igual que lo hacían las nalgas, tentándola a acariciarlas.
Se tendió en el filo del colchón sin rozarme, en una involuntaria vuelta la atrapé en mis brazos, pero permanecía dormido ajeno a lo que estaba pasando en mí propia habitación. Al sentirse sin escapatoria, Lucía experimento unos segundos de terror, pero se dio cuenta que nadie la tomaba a la fuerza, que aquellos brazos, solo la acariciaban, no la forzaban contra su voluntad.
Se sorprendió al no sentir asco, sino por el contrario deseaba que no parara, hasta borrar las huellas de esas otras asquerosas que la tocaron en su día, obligándola a sentirse sucia e impura, obligando a su mente a sentirse culpable de algo que no lo era.
De repente se sintió agotada sin fuerzas para luchar más contra su vergüenza y se rindió  sin condiciones.
Continuará...

martes, 22 de agosto de 2017

Las alas de un ángel rotas (27º parte)

Emitió un silencioso grito y las lágrimas se precipitaron por sus mejillas, corrí a su lado y abrazándola, recolecté sus lágrimas con mis labios, ese precioso líquido que desprendían sus ojos no podía caer al suelo, ni enjuagarlo cualquier tela, para mí era como agua bendecida y ella mi diosa a la que adoraría para el resto de mi vida. Mis dedos se movieron como locos, acariciando su anatomía. La miré y sin despegar sus labios, los ojos me suplicaban que parara.

--Perdóname, lo que dije lo mantengo, cuando tú quieras y como tú quieras, ha sido solo un arrebato no volverá a pasar.
Acunando su cara en mi hombro la estremeció el llanto.
-- No llores amor mío, si lo haces te acompañaremos todos, incluido los perros y esta será una inundación -- intentaba provocar su risa—levantó el rostro enrojecido y con un halo de pena en su mirada, una sonrisa se dibujó en  sus labios.
--¿Qué tal cocinas?. Porque yo puedo morir de hambre si no tengo un abrelatas a mano. Soy experto en calentar latas.
--Bueno, digamos que no moriría de inanición.
--En mi defensa y aunque no lo parezca soy un perfecto mayordomo y un excelente recadero.
Reímos divertidos, con la perra a nuestros pies descansando. Planeamos una estrategia a seguir para averiguar donde estaba su madre. 

La observé fascinado mientras trajinaba por la cocina, era aire y luz de primavera, de tanto en tanto nos lanzaba una mirada, la veía abrirse lentamente como los postigos de una ventana, disfrutar con las pequeñas cosas que la rodeaban, aunque si permanecías atento, veías la tragedia en el fondo de su mirada, luchando por salir y a ratos, por el hecho más insignificante se cerraba su rostro como una cámara sellada y un frió silencio convivía entre nosotros. Entonces y siempre tanteando el terreno y consiguiendo sin palabras, tácito permiso, la besaba con ternura y sus defensas bajaban, eso me hacia tener la certeza, que con esfuerzo y todo el amor que pudiera darle, conseguiría al menos que no la atormentaran tanto los recuerdos y que sus ojos color chocolate se derritieran bajo mis desvelos dando paso a una época de felicidad plena, enterrando el terror de una existencia penosa y desgraciada.

Las dos semanas siguientes fueron todo lo frenéticas que le permitía las limitaciones de la convivencia con su tío, los horarios eran muy estrictos, pero con ayuda divina y de Eloisa, --digo divina—porque fue providencial ciertos acontecimientos que entretuvieron al párroco mucho más de lo habitual.
Continuará...

jueves, 17 de agosto de 2017

Las alas de un ángel rotas (26º parte)

La dejé hacer, quería que ella se rindiera por si misma, que sus miedos y la capa de hielo que cubría su corazón se fundiera bajo mi influjo y cuando viniera a mí lo hiciera por propia voluntad y deseosa de ser amada. 

--Han abierto una nueva galería de arte, cerca de aquí, no se como se llama la calle, pero se llegar. ¿Te gustaría?. —la cara se le ilumino de deseo— fue en aquel momento cuando lo vi claro y sin saberlo le haría el regalo que más tarde marcaría nuestras vidas.
Después de disfrutar leyendo la felicidad en su rostro contemplando a nuevos valores de la pintura. Acongojada me dijo que teníamos que hablar que necesitaba pedirme un favor.
El reconfortante sol, por fin, había ganado la batalla a la fría neblina y sus rayos aparecían tímidos. Aquellas situaciones me abrumaban un poco por la ansiedad de no saber que estaba pasando.
Tras los grandes árboles que escoltaban la avenida, una cafetería nos invitaba a pasar. Con un ademán le hice la pregunta, franqueándole el paso como un caballero, la invite a precederme, halagada volvió su rostro dedicándome una divertida sonrisa.
Una fila de mesas y sillas  de madera de teka, colocadas  en anarquica organización  invitaban al reposo, todo lo que nos rodeaban eran efectos marineros, brújulas, sextantes, ojos de buey, hasta el camarero parecía un viejo lobo de mar con un gran bigote que nos provoco cierta risa. El lugar estaba bastante concurrido, nos instalamos en un rincón apartado para poder hablar con intimidad.

--¿Qué me querías decir?—le pregunté algo inquieto por la respuesta.
--Veras, mi abuelo antes de morir dejó un fideicomiso a favor de mi madre y mío, con la intención de que cuando cumpliera dieciocho años pudiera hacer lo que yo deseara, a sabiendas del carácter de mi abuela y con la intención de protegernos, este hecho siempre se me ha ocultado, cumplo los dieciocho dentro de una semana. En las ausencias de mi tío he logrado averiguar el nombre y la dirección del abogado y con engaños, que existe. Yo sola no tengo valor pero si tu me ayudas me enfrentaré con mi abuela y reclamaré lo que es mío. Tengo la intención de hacerme cargo de mi madre y sacarla del lugar donde la tienen, no estoy muy segura de donde es, a ella la han incapacitado pero quiero tutelarla y mandarla a un buen centro donde si no se recupera al menos tenga una buena vida, usar su herencia en que esté lo mas cómoda posible. ¿Quién sabe en que circunstancias se encontrará ahora?. Sus palabras eran una mezcla de odio y amor, su confianza en mi me desarmaba, con los ojos encendidos por la esperanza, en su rostro se reflejaba el anhelo por oír mi respuesta. 
Miré su mano con un profundo deseo de acariciarla y como si de nuevo fuera transparente, ella me la estrechó manteniéndolas entre las suyas, la turbación me confundía y con las mejillas encendidas por el deseo -- le dije que sí, que aquello no hacia falta ni preguntarlo--. 

Levantándose me dejó aun más perplejo, tiró de mí hacia el estrecho pasillo que conducía a los servicios y en un rincón oscuro, lejos de miradas curiosas y entre cajas de refrescos. Tomó la iniciativa, pegó su cuerpo al mío, en principio, fue solo un leve roce, que se convierto al cabo de unos segundos en un fuerte y apretado abrazo. Notando sus pechos contra mi pecho, dándome el beso más apasionado que había recibido nunca. Separándola y no sin cierta pesadumbre por hacerlo, -- ya que la virilidad se hallaba encendida--.
--No tienes por que hacer esto si no lo deseas, yo te quiero y te ayudare sin necesidad de hacer algo en contra de tú voluntad.
--Te equivocas, esto no tiene nada que ver con lo otro. Pensé que nunca llegaría este momento, que no podría soportar que me tocaran de nuevo y sin embargo soy yo la que necesito estar cerca de tus manos y de tu boca, sentir tu calor. He tenido helado mi cuerpo y mi corazón por falta de amor, de comprensión, tú has despertado lo más cálido que hay en mí.

Aquellas palabras fueron como el canto de un coro de ángeles, como ascender al cielo en los mismísimos brazos de los dioses.
La apreté con tanta fuerza que casi cae desmayada al suelo. Entonces se me ocurrió la feliz idea.
--¿Quiéres ver a lo rasputines?. Sólo vivo a dos manzanas de aquí, además quiero que tengas una llave y que sepas llegar por si necesitas algo, es tu casa tanto como la mía.
Al pasar por el supermercado cumplí mi promesa a Duli y compré todo lo necesario, latas para perros, leche, pan, bollos de nata y algunas cosas para prepararnos algo nosotros. Con tantas emociones nos habíamos olvidado y las tripas tenían su particular protesta.
En el apartamento reinaba un caos animado, sobre todo en mi dormitorio, abrí las ventanas para que el aire se relajara, un espeso olor se desprendía de las habitaciones, aunque Lucia disfrutaba tanto de la progenie de Duli, que parecía hipnotizada por el momento. Con tristeza en su voz me preguntó que haría con ellos. Mi respuesta fue contundente.
--Lo que tú quieras, son tuyos, esta tu casa y serás mi mujer cuando quieras casarte conmigo.
Continuará...

lunes, 14 de agosto de 2017

Las alas de un ángel rotas (25º parte)

Introduje la llave en la cerradura. Un asfixiante sentimiento de soledad me envolvía, el silencio hablaba por sí mismo, el pecho oprimido por la angustia. ¿Acaso ese era mi destino?. La silenciosa oscuridad filtrándose en lo más intimo de mí ser, conduciéndome sin yo desearlo sin yo...

Un inusual e intenso olor agridulce lo invadía todo. La claridad producida por el alumbrado publico se filtraba caprichoso por las ventanas, desparramándose por las baldosas creando engañosas formas que se alargaban hasta esconderse en los rincones más negros. ¿O quizás no todas eran falsas?.
Un tímido gemidito rompió el sordo mutismo, agucé el oído—casi en un grito formulé una pregunta al hueco vació que me envolvía, con la voz rota por la incertidumbre, esperé que aparecieran mis monstruos con sus cabezas destrozadas por mis propias manos. Enfrentándome a mí horror, empujé con violencia, la puerta de donde pensé que provenían.
--¡ Duli, preciosa!.—exhalé una bocanada de aire cuando estaba a punto de marearme.
--¡Cariño!,¿Y ésto que es?. Tres pequeñas  cabecitas peludas con unos preciosos morritos rosados buscaban como ciegos topos las tetas de su madre, demostrando así su instinto de supervivencia. La feliz mamá me miraba con ojos cansados pero felices por el suceso.
Cuando los cachorros quedaron satisfechos y dormidos. Limpie los restos del alumbramiento y acomodándolos en un rincón de mi habitación les preparé un cálido nidito para que criara a su dulce progenie. Con paso cansado me siguió a la cocina, encontré una lata la cual compartimos. La maternidad y en mí caso la paternidad nos había abierto el apetito. Encontramos un Brik de leche sin abrir y lo que aun era mejor sin caducar, también lo compartimos a modo de suculento postre.
--Mañana, si tu quieres. Cuando te saque a pasear, en el supermercado nos abasteceremos de viandas, te prometo que no os faltara de nada a los rasputines y a ti. Con la mirada perdida en mí, pareció entender mis palabras. Un sonido que ni siquiera captó mi oído, resonó en los de Duli. Salió rápida de la cocina,  comprendí lo que la impulsaba. 

Las manos querían marcar el numero que me comunicaría con Lucía y compartir con ella tan emotivo momento. Entristecido decidí transportarme al mundo de la inconsciencia donde podría hacer realidad mis sueños. Me sentía muy solo en aquella cama grande y fría, el sueño se negaba a poseer mis párpados como dulce amante, en el rincón donde la penumbra los cubría casi por completo, la vida bullía y la feliz mamá reposaba  tranquila sintiéndose protegida. Eso hizo que la soledad me abrumara más. Tirando la manta,  arrogándola al suelo me acurruqué con mi pequeña nueva familia.
El teléfono nos despertó a todos con insistentes timbrazos, los cachorritos chillaban solicitando su desayúno y yo corría sin saber muy bien en que dirección hacerlo.  
Con voz somnolienta y desorientado contesté.
--¡Diga!.
--¡Pablo!, Soy Lucia.
Creí que reposaba en una nube, el corazón me palpitaba de ansiedad. Veía tan clara como el sol que brillaba, su bella sonrisa, el resplandecer de sus ojos cuando se entusiasmaba con algo, su belleza abriéndose como una bella flor, la cálida inocencia que la envolvía a pesar de su azarosa vida. Dándole énfasis a mis palabras, le quería trasmitir mí alborozo por los pequeños rasputines.
Un aire nuevo y mágico, movía mi vida, por un momento la inquietud conmovió todo mi ser. Tenia miedo de ser tan feliz, cada vez que he tenido este sentimiento, ha aparecido... 

Con una mueca fría deseché esa idea del pensamiento. Sabía que mi pasado pasaría factura pero ahora no. Con altivez arrinconé malos presagios.
--Lucia, Duli, ha tenido los perritos. ¡Son preciosos!. Dime que hoy nos podremos ver, dímelo, por favor, por favor te necesito.
--Nos veremos donde siempre, pero hoy mantente poco visible, cuando me veas sígueme a distancia, yo te avisaré.

Permanecí escondido en una esquina, acechante a cualquier ruido o movimiento. La madera de la puerta de la iglesia, chilló quejumbrosa, lanzando un profundo gemido, clavé mis pupilas en ella, retrocedí como un caracol que advierte peligro, dejando sólo la punta de sus cuernos para vigilar el exterior, apenas si asomaba un ojo para poder ver lo que ocurría.
Varios hombres ensotanados, que la lógica me hizo deducir que eran curas. Salieron con aire solemne y lúgubre, esperaba que aquella reunión de cuervos no presagiara nada para nosotros, --crucé los dedos--. Desaparecieron calle abajo, entre una suave niebla azulada que cubría la ciudad a la espera de entablar batalla con el astro rey por la supervivencia. El viento levantaba las telas negras en las que enfundaban sus gordezuelas figuras—una carcajada involuntaria se escapó de mi garganta—con esos cuerpos rechonchos y acomodados a la buena vida, tendría que soplar un huracán y desplegarles un espinaquer para que se levantaran al menos veinticinco centímetros del suelo. La sonrisa se me helo en los labios.
Apareció con el rostro lleno de energía contenida, disimulé mi nerviosismo tras una mascara de idiotez.
La seguí tal como me dijo, cuando nos hallábamos a una manzana de distancia, se volvió hacia mí gentil y confiada, permitiendo a mi corazón que floreciera de nuevo.
--¡Pablo!, Perdona la comedia pero los  buenos y caritativos vecinos han vertido ciertos comentarios que como es natural han llegado a oídos de mi tío, antes que la cosa llegue a más, Eloisa nos echara una mano cuando nos queramos ver, tiene un problema parecido, a sus padres no le gusta su novio, así que fingiremos que salimos juntas y quedaremos para volver.

Eloisa era una criatura de más carnes que Lucia, de tez cetrina con amplios círculos oscuros bajo sus pestañas, de mirada triste y cierto aire de derrota en sus ademanes.
--¡Eloisa!, Muchas gracias por la ayuda—me miró sin demostrar ninguna emoción.
Un chico con el mismo halo de tristeza salió de un portal medio en ruinas, rodeo sus hombros con fuerte sentimiento de posesión, desapareciendo en la oscuridad del zaguán.
Lo que más deseaba en ese momento era fundirme en un eterno beso con Lucia, abrazarla, adivinar su piel bajo la blusa y sentir su cuerpo. Como si fuera de cristal y pudiera leer mis anhelos y pensamientos, apenas si rozó sus labios con los míos y su sabor permaneció durante todo el día en ellos. Agarró mi brazo y emprendimos la marcha con su suave trotecillo al caminar, como un potrillo disfrutando de su tiempo de recreo.
Continuará...

jueves, 10 de agosto de 2017

Las alas de un ángel rotas (24º parte)

Su madre procedente de familia acomodada, enganchada a las drogas y el alcohol quedó embarazada de algún tipo del que nunca se supo. Cuando contaba con diez años le encontró un padre no se sabe dónde, pasaba la vida entre casa de su abuela y las distintas recuperaciones de su madre. 

La abuela autoritaria, despótica, la recogía más por el que dirán que por el amor que le profesaba. Descargaba su odio sobre la niña al no poder hacerlo sobre su hija.
Entre ausentes delirios con su nuevo compañero pasaban la mayoría de los días, ella aprendió a cuidarse sola. El día de su décimo cumpleaños se levanto feliz, pensando que por ser un día especial a lo mejor tenia suerte y se presentaba diferente. Pero vivía en un lugar llamado “olvido”, mientras recogía en una cola su ensortijado pelo castaño y buscaba el mejor harapo que poseía, guardado celosamente en una caja de cartón donde se hallaban todos sus tesoros. Al volverse, vio al padre que tocaba esa temporada, mirándola fijamente. Ni siquiera pudo imaginar lo que se le pasaba aquel tipejo por la cabeza y mientras su madre se sumía en la alucinación y el frenesí. Él tomó, lo único puro que poseía aquel estercolero, allí dejó su inocencia y entró en un túnel de terror. La situación se mantuvo durante dos años hasta que un día se pasó con la dosis y fue a parar donde corresponde a la escoria. 

Para Lucía, verlo salir de su vida fue una liberación, su madre no opinó lo mismo y aquella noche loca por la ausencia, mientras que la niña le suplicaba que se quedara con ella, se la tragó la oscuridad de la noche, desapareció calle abajo entre farolas medio dormidas, derramando su cansada luz ambarina sobre el frió asfalto.
Permanecimos largo rato en silencio, con profunda afectación, las manos le temblaban por la emoción contenida. Se podría pensar que debía ser una chica empequeñecida y tristona, pero poseía una frágil fortaleza que la permitia renacer de sus cenizas una y otra vez.

El parque se estaba volviendo oscuro, en silencio reemprendimos la marcha.
--¿No se te habrá hecho tarde?. ¿Verdad?.
--Espero que no, hoy no soportaría una bronca.
Aceleramos el paso, la despedida se nos hizo insoportable y aquello se repetiría en cada separación. La ausencia nos resultaba tan lastimera, que no sabíamos como superarlo.
Continuará...

lunes, 7 de agosto de 2017

Las alas de un ángel rotas (23º parte)

Los dos días siguientes los pasé mirando el teléfono y comprobando que funcionaba, Duli sufrió tanto como yo, la anhelada llamada, la sacaba a altas horas de la madrugada, cuando ya se me hacia imposible que el dichoso aparatito emitiera algún sonido, sin quererlo los pies me llevaban a la misma calle, llegué a aprenderme de memoria la fachada principal.

Dos columnas presidían la entrada. Terminadas por capiteles tan cargados como libros tallados contadores de historia, coronando el arco de medio punto que formaba la puerta, el tímpano con sus figuras en relieve de exquisita simetría, jerárquicamente colocadas, su fachada lisa y su estructura románica con las dos ventanas como ojos avizores coronaban la portada, la gran puerta denotando la pureza de su estilo con dos grandes herrajes absorbían a los feligreses convenciéndoles de su fe. Ella era testigo mudo de mi inquietud.
Por fin el diabólico aparatito de tortura emitió su estridente aviso, me hallaba en la cocina sirviéndome un vaso de leche, derribando muebles y atropellando cuanto se interponía entre mi objetivo y yo, alcancé mi meta.

Su voz sonaba en  mis oídos como una prolongada melodía, sin embargo la note menos animada que el último día y me temí lo peor. Que no deseara volver a verme.
Apareció a la misma hora. La calle se llenó con su presencia y su distinguido porte, sin embargo, Lucia me dedicó una forzada sonrisa y sus ojos estaban llenos de extraños e inexpresivos pensamientos. Cuando le pregunté dónde deseaba ir me dejo estupefacto con su respuesta.
--A cualquier sitio que no me hagan sentir como una puta, una pobre pecadora sin solución.
Dejé que transcurriera una dramática pausa. Incomoda se apresuró a darme una explicación.
--Desearía tomar el aire, ver gente.
--¡Sus deseos son ordenes para mí!—haciendo una cómica reverencia le cedí el paso.
 Sus labios se arquearon intentando parecer una sonrisa, para mí fue suficiente.
--¿Te gustaría tomar un helado en la mejor heladería de la ciudad?. Conozco al artesano que los hace, son de muchos sabores. ¿Cuál es tu preferido chocolate,  fresa, straciatella, limón?.—hablaba rápido gesticulando como un loco para hacerle olvidar con mis estúpidas gracias los lóbregos pensamientos que cortejaban su preciosa cabecita -- ¿Qué te parece?.
--Sabes que no puedo pagarme nada, soy casi una indigente y el casi, lo digo, porque lo único que me separa de ese hecho es que no duermo en la calle y tengo un plato de comida sobre una mesa dos veces al día.
--Olvídate de esas nimiedades, entre tú y yo no caben semejantes tonterías. De todas formas considérate mi invitada cada vez que salgamos juntos. Para ser sincero, lo que yo desearía es que me consideres algo más, mucho más. Sin darme cuenta me había declarado. La revoltosa inquilina de mi boca no se habia mantenido detrás de las rejas de marfil, y sin pedirme previo permiso se sirvió de autonomía propia, asombrándome con su proceder.

Los árboles tendían sus ramas, ofreciéndonos la frescura de sus hojas, intentando aliviar el rubor que nos invadía a los dos.
A pocos metros la gran heladería, un puesto ambulante regentado por un anciano de ojos bondadosos, rostro regordete y bonachón. Preparaba el mejor helado casero que yo había probado en mi vida. Lo anunciaba como--¡Al rico helado mantecado!-- en una letanía difícil de traducir pero increíble de escuchar, evocaba a viejos trovadores medievales, ofreciendo su refrescante y dulce producto a quien deseara escucharlo.

Lucia aturdida por mí declaración, hecha solo hacía unos instantes. La noté aliviada de no tener que reaccionar por lo menos en ese momento y a mí me daba tiempo de pensar en lo que había dicho sin reflexionarlo.
--Ciertamente es la mejor heladería de la ciudad -- dijo con la boca llena a rebosar del frió mangar--.
El abuelo no nos quiso cobrar, me conocía desde hacia años, cuando aun me acompañaban mis dos seres más queridos, afirmando que no podía poner precio a tan bella compañía y que se sentiría muy honrado de que aceptáramos su invitación. Agradecidos y aliviados por el pequeño lapsus, nos alejamos sonriendo.

 El cielo se oscureció amenazando las negras nubes con derramar su húmedo llanto sobre nosotros.
Buscamos refugio en un pequeño merendero del parque rodeado de jazmín, dama de noche y celestina, lo hacia casi invisible al transeúnte curioso. Construido en madera, con techo de cristal partido en porciones como una gigantesca  tarta. Quedamos quietos y mudos, allí sentados con las manos resbaladas sobre el regazo, su mirada  atravesó mi corazón deslizándose hasta el final de mí estómago. Lancé un gemido gutural sin articular palabra, el arpa que poseía en mi garganta tenía las cuerdas paralizadas. Mi corazón latía temeroso de haberme precipitado, de cometer un error imperdonable. El enigma no tardó en resolverse.
Aunque el horizonte era una línea angosta y desapacible, el merendero se veía suavemente iluminado por su presencia. Aturdida, fue Lucia quien rompió aquel mágico instante en el que las palabras se negaban a formarse y fluir como una catarata libre de diques que la contuvieran.


--¿Lo que has dicho, antes iba en serio?.
--Nunca en mi vida he hablado mas enserio, es más, jamás he deseado tanto y con tanta fuerza estar con otra persona como lo deseo contigo. Era mí único pensamiento, mí único anhelo, mí única esperanza de cordura.
Las gotas de lluvia comenzaron a golpear con fiereza los cristales del techo, tanto que por un momento temimos que  estallaran sepultándonos bajo una cortante manta.
Se deslizó hasta mi mejilla acariciándola con un roce suave de sus labios, no fue un beso exactamente pero con ello declaró la pureza de sus sentimientos.
El estómago lo sentía adherido a mi espalda y el corazón tan parado como un reloj de cuerda olvidado durante años en un polvoriento cajón. Por fin solté una bocanada de aire contenido en mis pulmones, inertes hasta el momento, dando un hipido de alivio.
--¿Esto significa que sientes lo mismo que yo?.
--Desde la primera vez que te vi.
La cubrí con mis brazos en un acto de súbita ternura.-- Liberándose de mí con suavidad---dijo aquello muy bajito muy serena pero con la voz entrecortada por una turbación que  no entendí en ese momento.
--Tendrás que aceptar ciertas condiciones, al menos de momento.
--Lo que tú me digas. Perdona si me he precipitado en algo.
--No tienes la culpa de nada, pero tendrás que ser paciente conmigo. Lo dejó caer con suavidad pero se me clavó como un afilado palo, en el corazón de un vampiro.
--No soporto que me toquen, me da miedo y asco a la vez. ¿Me ayudarás a superarlo?. Y si no logramos superarlo dejaremos de vernos, no tienes por que aguantar a una tarada como yo.
--¿Qué te han hecho?. ¿Quién te lo ha hecho?.
--La vida a veces es una cochinada, y yo no he tenido mucha suerte. Poco a poco sabrás todo lo que desees sobre mí, pero con calma. Hay cosas que te contaré y una vez dichas no quiero que volvamos a referirnos a ellas, formula todas las preguntas que desees en el momento y luego te olvidas. ¿De acuerdo?.
--Como te dije antes, tus deseos son ordenes para mí. Pero aunque nunca pudiera tocarte elegiría el celibato con tal de permanecer a tu lado.
El resto de la velada estuvo llena de confesiones inconfesables de secretos desvelados, con ojos empañados entre la rabia y la pena, la voz en pausa para continuar una y otra vez donde se interrumpió el relato.
Tenía el alma rota, a punto de rendirse a una culpa de la que no fue nunca culpable, traumatizada por falsas acusaciones, cargas impropias de su edad. Le estaban robando su inocencia y su sonrisa con pecados ajenos. Escuchándola desee aniquilar la reliquia de su pesadilla, regalarle unas alas para que volara libre por este mundo injusto. La miraba como se hacia cada vez más pequeña e indefensa. Quería estrecharla tan fuerte, hasta absorber de su memoria tan aciagos recuerdos.
Continuará...

jueves, 3 de agosto de 2017

Las alas de un ángel rotas (22º parte)

El sol generoso desparramaba sus rayos sobre la calle calentando las frías piedras, las gentes iban y venían y Duli se sentía feliz de estar al aire libre.  
Algo avergonzada me confesó que no podría pagar nada, no disponía de posibles. Incluso la compra de comida, su tío la abonaba por meses. ¿Qué podía haber hecho criatura tan angelical para que le dieran semejante trato?.

La jornada transcurrió entre risas e inocentes confesiones, comimos en un self- servís que encontramos en el camino, sus paredes llenas de cristaleras daban a la calle mostrando la frenética actividad de la ciudad. Disfrutaba de todo como una niña pequeña que estuviera descubriendo el mundo, la ternura se apoderó de mí. En principio se mostró algo avergonzada, alejando que no tenía nada de apetito, recurriendo a mis dotes de persuasión la convencí para que tomara una ensalada, un zumo de naranja natural y un trozo de tarta de postre. Pasados los primeros momentos volvió a su  divertida elocuencia, jugando con la perra y contándome historias de mascotas que había tenido de pequeña. Dicho sea de paso las dos parecían disfrutar por igual.

No me defraudó, estar en su compañía resultaba ser mejor de lo que yo imaginé. Paseamos por la Castellana, la cual estaba más luminosa y animada que nunca, incluso
la señora de la fuente sonreía a los transeúntes encantada con la polución reinante.
Me habló de arte, parecía interesada y versada en el tema. Cuando le pregunté, sus ojos se velaron un poco y su voz se quebró ligeramente, supe que sin lugar a dudas había metido el dedo en una llaga y debía de andarme con precaución de no meter la pata, accediendo a dicha cuestión con sumo tacto. 

Refinada, elocuente, culta, educada incluso llegando a la sofisticación. ¿Qué misterioso secreto la podía tener confinada a tan absurda y mediocre vida?.
La cita daba a su fin y los dos no sabíamos como despedirnos, hubiera seguido caminando junto a ella hasta el final de mi vida, no deseaba separarme. Ya la echaba de menos y aun no nos habíamos alejado.
--!Dime que te volveré a ver¡.  Lo dije con anhelo, con voz trémula y rostro solicito. Sentirme tan vulnerable resultaba peligroso, pero si me hubiera dicho que no, le hubiera suplicado una nueva oportunidad sin importarme la humillación que eso implicara.
No fue así, sé la veía encantada o era una actriz excelente.
--Gracias, he pasado un día fantástico, no se como agradecértelo, hacía mucho tiempo que no reía tanto, ni siquiera recuerdo cuando hablé como una cotorra por última vez. Ha sido genial. ¡Muchas gracias!.
--Agradécemelo con otra cita. 
--Esto va a ser muy complicado, ¿Estás seguro de querer seguir adelante?.
--Sin duda alguna. Contesté aseverando mí firme deseo.
Lo ultimo que deseaba es que el párroco me echara la vista encima. Entonces no tendría solución, le había confiado mi secreto a la persona más inadecuada.
La miré deseando atraerla, estrecharla contra mi pecho. La afilada mirada de un transeúnte nos puso en alerta.

Le di mí numero de teléfono solicitándole que me llamara en cuanto tuviera un minuto libre, acudiría donde me lo pidiera y la hora que me lo solicitara.
Caía la tarde, el sol casi dormido lanzaba sus últimas claridades, provocando cómicas sombras entre los edificios. Ella se alejaba silenciosa pero rápida, temiendo ser descubierta. Quise llamarla a gritos, pedirle que se quedara conmigo para siempre, apreté los labios temiendo que las palabras se formaran en mis labios por sí mismas. Y la dejé marchar en silencio.
Continuará...

lunes, 31 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (21º parte)

Antes era alegre pero si mirabas con atención en el fondo de sus pupilas, leías una honda tristeza, en contrapartida se comportaba relajada y extrovertida. Sin duda una mujer de contrastes que no vivía acorde a sus creencias y carácter, leía en ella como en un libro, esperaba que el texto fuera correcto.
--¿Quizás te parezca muy atrevido pero sino te parece mal me gustaría que nos conociéramos?.
No se me ocurrió otra forma de romper el hielo, excepto decir la verdad, tenía pocas oportunidades para ser escuchado y no podía andarme con juegos estúpidos, decir lo que pensaba y confiar en tener buena fortuna
--No estaría mal, pero no creo que mi tío lo autorizara.

--¿Quién es tu tío?. Hablare con él y lo convenceré de que soy persona de fiar.
--El sacerdote con el que hablaste en la parroquia. Y lo que dices es una quimera.

Creí que el corazón se me paralizaba, como podía ser posible tanta desgracia junta, sin aliento sugerí una descabellada idea. Temí que ella no la aceptara, me sentía desesperado ante la posibilidad de no volverla a ver. 
 --No se lo decimos. Iremos donde quieras, a pasear, al cine, tomar un refresco, el día que puedas y a la hora que te sea posible, estoy a tu entera disposición, habla y te concederé el deseo, soy tu lámpara de Aladíno. La vi sonreír divertida y halagada por mis atenciones.
--Mañana estaré sola casi todo el día, alrededor de las doce en este mismo lugar. No te garantizo puntualidad.
--¡Esperaré hasta que puedas salir!.
Agitó la muñeca con gracia antes de dejar sin luz mis ojos, dedicándome una ultima mirada curiosa.
La perra esperaba paciente mís ordenes, rozándole las mullidas orejas le indique que el paseo continuaba.

Al día siguiente a la hora convenida estaba de imaginaria en la calle, deseando que no se estropeara la cita. Para inspirarle más confianza me acompañaba Dulí, pensé que alguien que se hace acompañar de su perro no puede traer malas intenciones, anhelaba conocerla, la sentía mi alma gemela. No tenía base para argumentarlo era una certeza inexplicable.  

Apareció poco después de la hora convenida, con un sencillo atuendo mucho más acorde con los tiempos y sobre todo con su juventud. Transportaba un paquete, curioso, se me escapó una indiscreta pregunta. En esos momentos quería saberlo todo sobre ella,  sin sentirse ofendida contestó de buen grado, la respuesta me dejo pensativo, lo dijo abierta y sin pudor, como si fuera algo muy natural, estaba claro que para ella lo era.
Vestía unos blue jeans, como el de cualquier chica, una delicada camisa de manga larga en un ligero tono azulado, una fina cadena de oro abrazaba su cuello, acabando en una cruz sin ninguna talla, --la envidie de una forma insana, deseaba estar en su lugar, ser yo quien la rodeara y no el frío metal-- los mismos zapatos del día anterior, un ligero tono rosado cubría sus mejillas y labios y por ultimo su pelo castaño claro cortado como un chico mostraba toda su belleza natural.

Por fin se desveló el gran misterio, ¡El contenido de la bolsa!. Dentro las mismas ropas del día anterior. No pude por menos que interesarme por ello. Su respuesta fue sincera.
--Si mi tío me viera vestida así se lo comunicaría a la abuela y tendría muchos problemas.
No salía de mi asombro. ¿Qué tenía de malo su atuendo?. Se hubiera podido confundir entre la multitud sin llamar la atención en lo más mínimo.
--Es largo y confuso, si seguimos viéndonos lo acabaras entendiendo todo.
Continuará...

jueves, 27 de julio de 2017

Las alas de un ángel rotas (20º parte)

                                                         -REDENCIÓN-

Unas azucenas mecidas por la brisa, se divertían como niños sobre columpios con maestría incomparable. La música ascendía con suave lentitud hasta mis oídos desde algún lugar no muy lejano, las lágrimas afloraron a los ojos sin poder ser contenidas, amadrigándome en una esquina, las dejé fluir libres para apaciguar el punzante dolor alojado en el pecho. 
Un perro vagabundo me distrajo la atención,  olisqueaba las basuras en busca de algún sustento, sucio y desgreñado, daba un no sé que verlo tan perdido y hambriento. Una cara ávida de cuidados se volvió hacia mí y unos ojillos acaramelados me miraron mostrando en todo momento una exquisita compostura. Su rabo golpeaba la pared cercana como muestra sonora de aceptación, el pelo apelotonado por la suciedad añeja que llevaba encima como pariente gorrón, lo batió rápida y alegre, parecían las aspas de un helicóptero, temí que saliera volando en el momento más insospechado.


--¡Eh! Pulgoso-- con trotecillo alegre de perro joven y confiado, acudió a mi llamada, en su collar con letras medio gastadas, se leía algo así como David, Dovi o Duvi......así que decimos que se llamaría como el rey, porque era un superviviente como yo y fuerte.
--¿Tienes hambre?. ¿Qué pregunta más tonta, verdad David?— tuvimos que cambiar de opinión, en un contacto más cercano, era evidente que había cometido un tremendo error, era mejor llamarla Duli o al menos más apropiado--. Por dos razones a cuál más obvia, Duli estaba preñada y por lo tanto era una hembra.
--¿Quién ha sido el hijo de Satanás que té a largado en este estado?. Estámos sólos tú y yo, si quieres nos haremos compañía, hay un bar a varias calles de distancia que abre hasta muy tarde, te invito a un bocadillo. No perdía de vista ninguno de mis movimientos, acariciándole la cabeza comencé a caminar, al volverme, vi que era reticente a seguirme, pero unos ojos ansiosos de verse aceptada me miraban con fuerza.
--¡Vamos, vaga, mueve tu gordo cúlo!—ayudándome de un movimiento de mano--.
Dando un brinco al saberse invitada, corrió tras de mí, saltando y ladrando de puro contento.
--¡Calla loca, que van a llamar a la perrera!—como si hubiera entendido el significado de mis palabras, me siguió mansa y en silencio.

Al llegar a la puerta del bar la invite a esperarme sentada, entendía todas las ordenes que le daba, tenia un buen adiestramiento. Pedí dos bocadillos de filete, un refresco y una botella de agua, en un banco cercano nos dimos un suculento banquete. Y ahora vamos a casa, era muy obediente y cualquier gesto cariñoso lo agradecía con fervor, así comenzamos nuestra convivencia felices de tenernos el uno al otro.

Hacia años, desde que mi madre murió, mantenía recursos interpuestos contra su asesino, en mi interior sabía que era una batalla perdida de antemano, pero acallaba mi rabia por las injustas y absurdas leyes que nos regían, en un intento vano de pedir justicia apelaba a todo lo apelable y recurría todo lo recurrible. Mi abogado apenas me cobraba, solo los gastos que generaban los recursos en cuestión de tasas o minutas a terceros, decía que no robaría a una persona que luchaba por un imposible. El pedir justa justicia para todos.
En el buzón una solitaria carta reclamaba ser leída, rasgué el sobre, sabiendo su contenido.
Una vez más se negaban a aceptar mi denuncia por falta de pruebas. Pero no iba a rendirme. Al igual que drácula necesita la sangre para vivir. Yo necesitaba saber que lo intentaba.

Una nota consoladora de mi abogado acompañaba el documento.
            
ESTOY CONTIGO PABLO, HABLAREMOS EN BREVE DE LOS MOVIMIENTOS A REALIZAR, ÁNIMO Y NO TE DEPRIMAS.

TU AMIGO.


Siempre me daban un disgusto estas cartas, pero en esta ocasión no estaba sólo, Duli me acompañaba y eso me daba un extraño ánimo. Incluso me sorprendí riéndome de las boberías que hacia la perra. Al escucharme creí que otra persona se encontraba con nosotros en la habitación, haciendo memoria no pude recordar cuando fue la ultima vez que emití ese canoro sonido.
En una acción de inconsciencia premeditada, llevaba dos días rondando por la calle de la iglesia que no se encontraba más que a dos manzanas de donde yo vivía, con la excusa de sacar a Duli, pero al cuarto día de paseos a distintas horas, supe porque lo estaba haciendo. 

Surgió sin previo aviso de entre la gente que en ese momento transitaba por la calle, dobló la esquina con paso decidido, el pelo a lo garçon, le daba un aire más aniñado de lo que era en realidad, la recatada falda tapando sus rodillas, salvándolas así de indiscretas miradas, su cintura menuda, los pechos disimulados visiblemente a conciencia tras una camisa ancha y atrincherada por defensores botones y unos pequeños pies metidos en unas manoletinas negras. Parecía una campesina francesa de los años cincuenta. Llevaba una bolsa de plástico y la movía despreocupa, pensando en dios sabe que. A medida que se acercaba pude distinguir sus angelicales rasgos, el sol a su espalda proyectaba un alo luminoso a su alrededor que me impedía verla con toda la nitidez que yo deseaba, aparte de cegarme ligeramente.
Al llegar a mi altura me hice el encontradizo, ella hizo un vano intento, fingiendo que no me reconocía, pero estaba seguro que me recordaba con claridad y solo disimulaba,  empujada por una educación supersticiosa y arcaica, llena de fingimientos e hipocresías,
no quise violentarla y acepte su actitud de buen grado. Pero en su rostro leí el deseo de que insistiera y me dejé llevar por mi intuición.
Continuará...