jueves, 23 de noviembre de 2017

Las alas de un ángel rotas (48º parte)

Una expresión aterrorizada barría su rostro, con dedos torpes y manos temblorosas, abrazaba con fuerza a Eva, meciendo nerviosa su cuerpo, paseando alrededor de la cama metálica. Las pupilas extraviadas andaban navegando por algún lugar del tiempo y del espacio, fijadas en un objeto—que no identificaba con claridad y un horroroso ramo de flores.
--¿A pasado algo? –pregunté con desazón --. Sin contestarme siguió mirando lo que parecía darle un miedo espantoso—recogí del suelo una tarjeta caligrafiada a mano.

Este sonajero ha pertenecido a todos lo niños de la familia desde que se puede recordar, tu hija no va a romper la tradición.
Espero que tengas la cortesía de traerme a mi bisnieta y no me hagas desplazarme, la salud ya no me acompaña.
 
--¡Nos la robará!. Estoy segura que ese horrible sonajero tiene una maldición ¡Vamos algún sitio que ella no sepa como encontrarnos!.
Su voz se quebró en un susurro débil y lloroso.
Un sonajero de plata repujada, en su interior una especie de garbanzos o algo por el estilo, le hacia emitir un extraño sonido, parecido a maderas golpeándose entre sí. Descubrí un cierre en el lateral, --un diminuto pasador--, al abrirlo no identifiqué la semilla de su interior, desprendía un disimulado pero desagradable olorcillo. Lo vertí en la taza del inodoro, dejando que abundante agua lo transportara lejos de nosotros. El ramo de flores lo llevé a la sala de enfermeras que se mostraron agradecidas por el detalle y la tarjeta la quemé bajo la escrutadora mirada de Lucía.—mintiendo descaradamente, le dije--.
--¡Dentro del sonajero sólo había garbanzos casi deshechos por el paso del tiempo!.—Al abrir aquel inquietante objeto, me recordó una película americana que viera ya hacia tiempo y que no recordaba con total claridad. Para poder poseer la voluntad de una embarazada o algo así, se le entregaba un colgante metálico con un artesanal repujado y en su interior unas hierbas. Por supuesto que no dije nada, solo faltaba que le echara más hierro al asunto--. Guardé el objeto en el bolsillo y esa misma tarde mientras descansaban, me acerqué a un anticuario del centro –que se quedó encantado con el objeto, pagándome una importante suma por él --. Luego doné el dinero para la reconstrucción de la antigua iglesia donde ejercía su sacerdocio el tío de Lucía --siniestrada hacia unos meses por aquel fatídico accidente--. Con eso zanjé el asunto y si algún mal había en el objeto, revertiría en ellos mismos, alejando de nosotros su maleficio. En estos asuntos no es cuestión de creer o no creer, ser precavido no cuesta nada y como dicen los gallegos. --“Las brujas no existen pero haberlas ahilas”--.
Despertó con la pequeña a su lado, el sueño, había alejado su pésimo estado de animo.
La visita de Eloisa la hizo sentirse feliz y olvidar viejos pesares. No preguntó por el objeto, en su interior sabía que habría hecho lo correcto o lo que yo creía mejor para nosotros.

Dos meses más tarde en portada de todos lo periódicos, apareció la noticia. La casa de antigüedades, --en la que habitaba el dueño en un pequeño apartamento del piso superior--, se declaró un incendio en plena noche. Por lo visto unas tuberías de gas en mal estado provocaron una explosión, la madera vieja y seca no ayudó mucho. Cuando los bomberos pudieron controlar el infierno de llamas que se declaró, no había nada que salvar,--cenizas y escombros poco más--. El dueño presuntamente dormido en esos momentos pereció en el siniestro.
Milagrosamente --reseñaba la noticia-- las llamas no se propagaron a edificios colindantes.
Quince días más tarde, volvía a saltar la tragedia. Dos muros restaurados de la iglesia, se desplomaron sin conocerse las causas, aplastando a tres obreros que trabajaban en esos momentos. Se estaba investigando el desafortunado incidente, paralizándose las obras de restauración.
 Preguntó. ¿Casualidad?. ¿Infortunio?. Tiré los periódicos a la basura y callé, para que Lucía no sospechara nunca, ella no preguntó lo que hice con el sonajero y aunque ahora lo hubiera hecho, la mentira seria mi respuesta. 
Continuará...

lunes, 20 de noviembre de 2017

Las alas de un ángel rotas (47º parte)

Nunca olvidaré el candor de sus ojos cuando depositaron sobre su pecho al fruto de su vientre.
El olor dulzón de la sangre invadía el quirófano y los viejos recuerdos volvieron para atormentarme en aquel momento tan feliz, cuando creí que nada podría enturbiarlo.
Bajé de la cima a la sima, las ráfagas de olor a sangre iban y venían en grandes vaharadas, cerrando los ojos vi a mamá, tirada en el salón de casa. ¡Ese olor!. Un vahído me hizo balancearme y el vomito acudió a la garganta.

Las enfermeras rieron divertidas pensando que como muchos padres no había resistido el parto. Como casi siempre las apariencias engañan.
Sucia y sanguinolenta la apreté suavemente, depositándola sobre el pecho de Lucía, reímos con la visión nublada por las lágrimas.
Era perfecta, piel rosada, cabello apenas visible y voz de soprano. La madre exhausta parecía desear descanso. Nuestras retinas chocaron y sonreímos. Una misericorde ternura nos envolvió.
Cuando la trajeron a la habitación, ya aseada, su piel cremosamente rosada, sus cabellos, encrespada pelusilla y los ojos grises como buen lactante. En silencio nos miraba con ojitos extraviados. La arrobé sobre sus pechos y sabiendo donde buscar, tomo ansiosa su alimento. La observamos embelesados, su pequeña frente se perlaba por el esfuerzo volviéndose roja como tomate maduro, abría y cerraba sus diminutas manitas, apretando los dedos, volviendo sus puños blanquecinos.
Saciada, ponía boca de pescadito  y dormía con placidez, segura entre los brazos de su feliz progenitora.
Ya nos reconocía como padres y bajo nuestros cuidados yacía tranquila, notando cualquier contacto extraño, abría sus ojitos sin distinguir más que el bulto y lloraba lastimeramente. Entonces acudía en su auxilio, con mi voz la acunaba, volviendo a dormir en paz.
No tenia abuelos, abuelas, tíos... pero no los echaría en falta, seriamos para ella todo lo que necesitara, amándola y protegiéndola hasta la extenuación.
Durante los días de recuperación en la clínica, me ausentaba de la habitación apenas un par de horas, lo justo para asearme, cambiarme de ropa o comprar alguna cosa que les hicieran falta a mis niñas. Pasaba el tiempo contemplando como dormían, negándome a practicar tan relajante necesidad por miedo a que al despertar solo hubiera sido un fantástico y maravilloso sueño, los escasos minutos en los que me rendía, despertaba nervioso deseando comprobar la veracidad de los hechos.
Vivía en el paraíso entre biberones, pañales y todo tipo de utensilios empleados en estos menesteres. Las pobres enfermeras hartas de regañarme, acabaron por aceptar el hecho de que siempre las seguiría a hurtadillas para comprobar que no me la cambiaban en un descuido mientras la bañaban, reían cómplices y permitían que las contemplara, siempre que no entorpeciera su trabajo. Me relajaba cuando dormía en su cuna bajo mi atenta mirada.
Lucía se la veía feliz, con la maternidad y conmigo.
Eloisa nos visitó al otro día de nacer Eva, quedando prendada de la que desde entonces llamaría su sobrina y pidiéndose el honor de ser su madrina. Lo creímos muy adecuado, primero por el gran afecto que nos demostraba y segundo porque en nuestra inexistente vida social tampoco teníamos candidatos o compromisos.
Horas antes de darnos el alta, -- andaba ultimando los detalles con los médicos y el centro—mientras Lucía preparaba a la niña y a ella misma.
Continuará...

viernes, 17 de noviembre de 2017

Las alas de un ángel rotas (46º parte)

Cada día parecía estar más pesada y el calor no ayudaba hacerlo más llevadero. Dábamos largos paseos al atardecer --largo digo por el tiempo que tardábamos--, no por trayecto recorrido. La llevaba a tomar helados y comíamos todos los días fuera de casa o hacía que nos la trajeran, -- era una forma de ayudarla, -- ya que el peso y las molestias no podía compartirlas, al menos las llevaría mejor descargada de responsabilidades.

Quedaba otro doloroso problema que resolver. Los cachorros de Duli, cada vez eran más grandes traviesos y revoltosos. Aunque nuestro deseo era quedarnos con todos, las buenas intenciones en este caso no bastaban, hacia falta espacio y en casa no lo había.
Tras interminables horas de cavilaciones, llegamos a  la penosa conclusión. El bebé llegaría en breve y el ritmo de vida cambiaría.
Pusimos un anuncio en el periódico, recibimos muchas llamadas, pero una en especial nos atraía.
Un hombre nos propuso acoger a los tres cachorros, eso nos hizo decidirnos, ya que no podíamos quedárnoslos por lo menos no los separaríamos, serían más felices juntos. Vivía en una finca a las afueras de Madrid, disponía de terreno para que se criaran como deben hacerlo tan activos animales y cuando fueran adultos protegerían la propiedad.

Una mañana bastante calurosa, --alquilé una furgoneta--, cargamos a los diablillos, felices de salir de paseo se mordisqueaban unos a otros, refunfuñando sin parar. Lucía no quería dejarlos marchar, fue todo el camino con el ceño fruncido.
El sitio era apropiado y el hombre parecía decente, los soltamos por un prado cubierto de hierba, asomaban tímidamente algunas amapolas, lirios silvestres y amarillas margaritas que los cachorros olisquearon, descubriendo la naturaleza por primera vez, hasta ahora su mundo se limitaba al asfalto y en el nuevo elemento se veían felices, no podíamos dejar de sentirnos como criminales regalándolos.
Intercambiamos unas palabras con el nuevo dueño, declinando la invitación a beber algo fresco, si seguíamos mucho tiempo allí nos faltaría el valor para dejarlos.
En un descuido montamos en la furgoneta y arrancamos sin mirar atrás, percatándose del abandono, ladraron como locos, aceleré y se fue perdiendo el sonido de sus gargantas, envueltos en una nube de polvo, hasta quedar solo el recuerdo y las lágrimas de Lucia corriendo por sus mejillas, sus sollozos rompieron el silencio y yo la atraje hacia mi hombro con ternura.
Duli nos esperaba en la puerta, al vernos entrar sin sus hijos, ladró --creó que en nuestra actitud leyó lo sucedido-- gimió durante toda la noche hasta volvernos locos.
 Cuando todos los asuntos parecían resueltos, Lucía rompió aguas, asustados nos miramos, sin saber que hacer. Una contracción la dobló de dolor.
--¿No te ha dolido antes? –le pregunté corriendo sin ir a ninguna parte--.
--¡Sí!—dijo en un grito-- provocado por otra oleada de dolor--.
--¿Cómo que sí? ¿Cómo que sí? –dije gritando cogiendo y soltando cosas que no me servían para nada--. ¿Y ahora me lo dices?.
--¡Estate quieto por Dios y pide un taxi!. ¡Corre!. ¡O te juro que tienes que ayudarme tú a parir!.
 Salí como un loco tirándome delante del primer taxi que vi. Lucía había bajado ayudada por una vecina que escuchó el revuelo y le transportaba amablemente la bolsa con las cosas del bebé.

La matrona una mujer corpulenta y hombruna, exceptuando el peinado nada la identificaba como perteneciente a su sexo, de ademanes hoscos pero sonrisa jovial, me reconfortaba ver la ayuda que le prestaba. Su gesto se convulsionaba cada vez más en menos espacio de tiempo, agitaba la respiración hasta jadear como un perro, soportando las contracciones, se enrojecía, sus ojos cargados de lágrimas, me pedían que interrumpiera el dolor, apenas si despegaba los labios y entre jadeos y gritos de --¡Empuja!. ¡Ahora! ¡Con más fuerza!. ¡Un último empujón! . ¡Ahora!. Escuché por primera vez el canto salido de los pequeños pulmones de mí hija y entre risas y lágrimas apretaba la mano de la feliz madre.
Continuará...

lunes, 13 de noviembre de 2017

Las alas de un ángel rotas (45º parte)

--¿Por qué crees que llama después de tanto tiempo?.
--¡No lo sé!. ¡Pero te puedo asegurar que lo sabremos!.
Cinco horas más tarde, sin tiempo de recuperarme de este primer asalto. Volvió a sonar el intranquilizador timbre, Lucía corrió para descolgar antes que yo – aquel gesto de preocupación me enterneció --.
--¡Diga!. Es un tal Servando Martínez  Mestre.
--¡Sí!. ¡Dígame!.
--¡Soy Servando Martínez Mestre!. Llamo en nombre de su padre, desea concertar una visita con usted.


--¡Dígale que no tengo nada de que hablar!. – pude observar por el cariz que tomó la conversación que no me libraría tan fácilmente, sino aclaraba la situación la cosa podría ir mucho más lejos. Sabía mis puntos débiles y como provocarme. Si se atrevía a venir a la puerta de la casa o abordaba a Lucía, molestándola de alguna manera, el escándalo estaría servido. Incluso podría volver contra mí las denuncias perdiendo toda credibilidad ante los tribunales, saliéndose una vez más con la suya.
Concerté un encuentro al día siguiente en un lugar solitario del parque, quería evitar testigos, estaba muy seguro de lo que le diría.
Esa noche la pasamos abrazados, en silencio, cada uno lamiéndose sus propias heridas, sin querer preocupar más el uno al otro. Los pocos minutos que pude conciliar el sueño, desperté bañado en sudor, sostenido por los brazos de Lucía que me envolvían, retornando a la realidad.
Veía sangre, las paredes, el estimado búho nival, el vientre donde nuestro hijo vivía. Sin poder soportar aquellas horribles visiones, salté de la cama.
El alba aún no nos visitaba, pero no quería cerrar los ojos, disimulando cogí los libros, pasaba páginas sin enterrarme de nada.
La hora del encuentro llegó tan lenta como el paso de una tortuga. Por fin lo tenía delante. Un viejo envilecido con la piel oxidada por el paso del tiempo y la falta de bondad reflejada en su mirada.
--¡Hijo! –dijo con hipócrita mansedumbre--.
Sin querer dar pie a la provocación, le mostré la falsa confianza que llevaba ensayando desde que concerté la entrevista.

--¡Si, quieres sacar algo positivo no me llames eso nunca más!—dije conteniendo la furia a duras penas.
--Veo que sigues siendo el mismo malcriado, tu madre fue demasiado blanda y permisiva.
La cara se me encendió de ira, pero la mueca burlona que se le escapó, encendió la luz de alarma.
--¿Qué quieres?. ¡Ve al grano!.
--Vi la reseña del periódico, bonita esposa, pronto voy a ser abuelo.
--¡Al grano!—dije en un grito--.
--¿Sólo quieres dinero, verdad?.
--Estoy viejo, mi pensión es corta y sigo un tratamiento médico costoso. ¿A quién pedir ayuda mejor que a mí hijo?.
En ese momento le hubiera machacado el cráneo con la piedra más gorda que hubiera encontrado y echado sus sesos a los cerdos, pero ni los cerdos se merecían semejante comida.
--¡Bien!. Primera y única oferta, te pasaré una pequeña pensión. Condición indispensable para recibirla, no me llames, no te acerques ni a mí, ni a mí familia bajo ningún concepto, olvida que existo. Con sorna –me dijo – es difícil olvidarse de alguien que lleva años poniéndome denuncias.
--De acuerdo. De momento has ganado, pero recuerda que por muchas batallas que ganes la guerra no ha terminado.
Dándome la vuelta lo dejé allí solo, escuché mi nombre una y otra vez, no giré la cabeza. De espaldas para no volver a ver su rostro –dije muy alto—recuerda sí sé que
existes cortaré el grifo.
En un ultimo intento de provocarme –dijo --. Rememorando el pasado con frívola nostalgia
--¡La loca de tú madre nunca debió permitir que un niñato como tú, se beneficiara de mí dinero!.
 Un centenario árbol con un tronco que no podía abarcarse entre dos personas, fue testigo, lo golpeé con tal furia que los huesos de la mano crujieron como una cáscara de nuez.
Aparecí por casa con férulas en tres dedos. Lucia horrorizada se temió lo peor, que hubiera golpeado a....
--No sufras mi amor esto ha sido por no machacar su asquerosa cara de cerdo hipócrita, mal nacido... que es lo que el buscaba. —Hubiera seguido lanzando insultos hasta que la garganta me sangrara --.
--¿Podemos olvidarnos del asunto? –pregunto ansiosa--.
--¡Por completo!. Quería dinero —con esta respuesta zanje el asunto --.
Continuará...

jueves, 9 de noviembre de 2017

Las alas de un ángel rotas (44º parte)

 Eloisa comunicó a Lucía el terrible suceso en la parroquia de su tío. El caso sé cerro como un accidente provocado por el vuelco de una vela que prendió, desatando un infierno de llamas, cuando encontraron los restos, totalmente calcinados, los forenses determinaron como causa de la muerte, una caída que le fracturó el cráneo, no se hallaron signos de violencia y de hecho no la hubo, fue mala suerte, un desafortunado accidente lo que desencadenó la tragedia.
Quiso asistir a los actos fúnebres a los que la acompañé, lo despedimos refugiados bajo la sombra de unos árboles. La abuela sin demostrar afectación alguna, presidía el  sepelio de su hijo.

Un hombre de aspecto atontado y el desgarbado muchacho que nos recibió en su mansión la acompañaban. Fijó su vista en Lucía sin disimular el desdén que sentía por su persona y por el avanzado estado de gestación en el que se encontraba. Nos envió un mensaje con el destartalado chaval – caminando hacia nosotros lo hacia de una forma extraña, como si fuera a desmontarse de un momento a otro, piernas y brazos rodarían por el suelo, teniendo que volver a encajarlas como las extremidades de una muñeca vieja. Recordaba el caminar de un aguilucho apático, indiferente, su mirada se perdía en la nada, dando pequeñas patadas con desgana a cualquier objeto que se hallara en su trayectoria--.

Una nota escrita con impecable caligrafía, nos fue entregada sin mediar palabra, le hubiera dado lo mismo entregar un papel, un gato muerto, incluso arrastra un cadáver putrefacto—recordaba un zombi, esos que recorren las calles en las películas de miedo, dando más risa que otra cosa--. Un gruñidito hubiera estado en total consonancia con la escena--. Una vez cumplido el encargo ocupó de nuevo su puesto y siguió golpeando todo lo que su pie lograba alcanzar.
El contenido de la nota era parco en palabras, pero abundante en mala intención, con manos que apenas podían contener el temblor, leyó el mensaje.


       Querida nieta: Espero que tengas la decencia de comunicarme el nacimiento de mi bisnieto.


--Antes muerta que llevar mi hijo ante esa bruja –sus labios contraídos en una mueca,  sin color, las mejillas se la ajaron como fruta podrida, los asistentes al acto fijaron las miradas en nosotros--. Una sonrisa disimulada se marcó en los labios de la abuela, perdida la practica, --pareció más una mueca de desprecio--, su gesto paso desapercibido, los asistentes estaban distraídos con nuestra partida. Escuchamos el murmullo de cuchicheos a nuestras espaldas como el amenazador rumor de una colmena enojada.

Lucía tardó horas en recobrar el aplomo y sobre todo el color, Eloisa y yo tratamos de distraerla, pero se sentía sin fuerzas y aterrorizada, creo que nuestras palabras no llegaban a sus oídos paralizados por el miedo.
Desde ese momento, solo hablaba de marcharnos a otro lugar. Cuando le preguntaba que donde quería ir, me miraba y la comprendía. ¿Cuándo nazca el bebé?– se abrazaba con fuerza y no respondía. ¡Todo saldrá bien, mi amor! --se apretaba aun más contra mí pecho, dejando correr libres las lágrimas por las mejillas.
Yo me sentía como el paladín al que jugaba cuando era pequeño, el justiciero de damas en apuros, el defensor de virtudes y afrentas, ahora no eran damas imaginarias, era mi dama, mi señora, la dueña del pañuelo que portaba en las justas.
Y como no hay dos sin tres, la maldita reseña que publico el periódico sobre la exposición, elogiando a Lucía y catalogándola como incipiente promesa de la pintura, una fotografía ilustraba la noticia, en la que yo aparecía junto a ella, fue el heraldo de una desagradable visita. Alguien a quien mantenía fugazmente en el recuerdo, resurgió con cabeza humillada y desesperante calma, como merecedor de un perdón que para él estaba vedado, de nuevo se extendió el sutil manto de la tragedia sobre nosotros.
Al igual que la infancia de Lucía se abría paso entre sus carnes haciendo sangrar viejas heridas que solo deseaban cauterizar, las mías vertían ríos de sangre, abiertas en canal y con la virulencia del animal que tiene algo que proteger. Quería enterrar los recuerdos de Lucía como lápidas en el olvido, pero como enterrar las propias.
Una calurosa mañana, el timbre del teléfono me desconcentró del estudio.—ring , ring, ring, repiqueteo inquieto por la tardanza.


--¡Pablo! – El timbre de esa voz me dejó sin habla --. ¡Pablo! – No podía respirar, el aire me faltaba, con la misma angustia que un pez busca volver al liquido elemento, buscaba oxigeno con el que llenar los pulmones. Alertada por los insistentes timbrazos, sobresaltada por los agónicos ruidos que emitía, Lucía acudió a auxiliarme.
--¡Pablo! ¡Pablo! –gritó despavorida -- ¿Qué te ocurre?— cogiendo el auricular lo colgó--. ¿Qué té pasa?. ¿Por qué té has puesto de esta manera?.
--¡Creo que era mí padre!, --sabía lo ocurrido a mamá y el litigio que mantenía y mantendría hasta la eternidad con ese... mientras la injusticia, no impartiera justicia como era su obligación--.
--¿Qué te ha dicho? – preguntó con voz alterada--.
--¡Nada!—le dije visiblemente irritado--.
--¿Entonces puedes explicarme, porque te has puesto así?.
--¡No lo sé!. ¡ Creo que me he impresionado! –me abrazó como solo ella sabe hacerlo y el incidente perdió importancia por un momento--.
Continuará...

lunes, 6 de noviembre de 2017

Las alas de un ángel rotas (43º parte)

--¿Qué cómoda mi postura, verdad?. Recuerda y so pena de sonar a excusa. No soy ni por lo más remoto lo que quise ser, sino lo que en la mayoría de los casos me he visto forzado, por las circunstancias. Que por supuesto, cambiaria si pudiera.

Al llegar a casa, Lucía vencida por el sueño dormía placidamente ajena al caos y la destrucción que apenas hacía media hora me rodeaba.
Limpié las señales y el olor a humo que persistía con fuerza pegado a la piel y me deshice de la ropa ennegrecida. Calmado y sintiéndome a salvo, rastreé cada rincón de mi cerebro, comprobando que aquellos hechos no existieron nunca, por tanto no podría comunicar a Lucía lo que desconocía por completo.

El otoño hacia su entrada y los árboles comenzaban a adquirir esos tonos que pasan por la gama de marrones a dorados, alfombrando la ciudad con un delicado manto de hojas. El viento las levanta transportándolas de un lugar a otro, visitando las calles y avenidas como turistas accidentales.
Por esas fechas, nuestro hijo había crecido mucho, aumentando el volumen de Lucía, se asemejaba a un barrilito con patas que andaba de aquí para allá –- lleno de vino muy dulce, sacado de la uva moscatel más empalagosa, adormecía mis sentidos y embriagaba mi espíritu, flotaba a su alrededor provocándome un sopor placentero, que me enganchó como la más duras de las drogas, convirtiéndome en adicto de por vida, por una dosis de sus labios mataría como un vulgar delincuente--. Los pies se le hinchaban desenvolviéndose con menos soltura de la que ella deseada.

La exposición estaba a punto de celebrarse, los nervios abstenían el sueño, pasaba horas masajeando sus hinchados y cansados pies, relajando sus sienes, disfrutando de su presencia a todas horas.
Y la gran noche llegó por fin, expuso junto a otros pintores noveles, nadie pasó indiferente ante su obra, sus niños ángeles, como ella los denominaba, tenían algo que te llamaba, obligándote a contemplar sus delicados y somnolientos rostros. Paso el día histérica, probándose una y otra vez vestidos, con todos lucia bella y seductora a pesar de su avanzado estado.
Por fin pisamos la sala, entró con los ojos cerrados y yo a modo de lector de Braille parlante, le explicaba lo que veía. Sus cuadros no estaban colgados, reposaban en el centro de la exposición, visibles desde cualquier ángulo.
Una pirámide formada por los seis lienzos, arrobados entre rasos azul y rosados, navegaban en etéreas nubes de tul blanco, la iluminación perfecta, realzaba cada detalle de la pintura y la gente quedaba hipnotizada por la belleza.
Mujeres adornadas como árboles de navidad paseaban copa en mano, entusiasmadas tiraban de sus talonarios deseosas de acaparar el rostro angelical de belleza enigmática. Sintiéndose felices cuando se sabían poseedoras al fin, resultó un éxito total, tanto que nadie quería quedarse sin un ángel colgado de su pared. Por supuesto que no faltaron detractores y envidiosos.


Lucía recibió más encargos de los que podría atender, sobre todo ahora que no debía cansarse con su próxima maternidad.
No aceptó ninguno pero prometió que en cuanto le fuera posible prepararía otra con más pinturas. Sin quererlo se hizo desear tanto, que el teléfono no paraba de sonar. Un placer morboso y mezquino, se apoderó de mi persona. A espaldas suyas, envié un programa de la exposición a la perversa abuela. Sé, que no lo hubiera aprobado bajo ninguna circunstancia, pero estaba tan inflado de orgullo que no tuve en cuenta su opinión, en algunos momentos temí que si no me amarraba al suelo saldría volando.  


Apenas un mes nos separaba del parto, la sensibilidad emanaba de sus poros y era muy habitual encontrármela llorosa y absorta en dolorosas maquinaciones. Recordaba sin querer todos esos días de Reyes, cumpleaños, etc... sin regalos. Lo que realmente le atormentaba era la falta de amor, la soledad, el abandono. Con memoria selectiva, anuló los malos momentos con su padrastro, enterrándolos en su memoria, sin embargo sentía con más fuerza que nunca otras cadencias. Impulsada por una fuerza invisible, calmaba su ansia comprando más botitas, otro peluche o cualquier objeto que no le hacia falta al bebé, pero aliviaba esta tensión. Volvía contenta y relajada –por mí, como si todos los días compraba un oso nuevo o miles de botas, chupetes, que más daba, su sonrisa valía para mí más que cualquier tesoro.     
No permitiría que su hijo creciera falto de atención o de cariño.

Eloisa nos visitaba con asiduidad, descubrí que bajo la arisca cubierta se escondía un
corazón tierno y dócil.
Los malos tratos dejan heridas que no se ven en el cuerpo, por mucho cicatrizante que te pongas, se niegan a cerrar. Acechan los sueños más tranquilos y asaltan el pensamiento en momentos insospechados y casi siempre inadecuados.
Continuará...

sábado, 21 de octubre de 2017

Las alas de un ángel rotas (42º parte)

Salíamos todos los días a la misma hora, esa mañana alteraría la rutina. Le di un beso como siempre y emprendí mi camino, cuando se alejó lo suficiente me refugié en un portal y como un espía la seguí sin ser visto. Una calle antes de llegar a su destino, una mano la arrastró a un rincón oscuro, corrí como loco -- entre nosotros la distancia era notable--.
 Vestido de negro como pájaro de mal agüero, la zarandeaba, intentando obligarla a firmar un documento que ella se negaba.
Poseído por una rabia nada propia de su habitual talante calmado y ceremonioso. Me dejo atónito cuando escuché verter acusaciones sobre mí, dichas en secreto de confesión. Dispuesto a saltar como un tigre en caso de peligro, creí más conveniente, saber a lo que me enfrentaba, encogiéndome en un rincón. Tuve la satisfacción de contemplar, como sé hacia con la situación, manteniéndose serena y dueña de sí misma, sin creerse lo que aquella lengua envenenada le contaba.

Esperé en un bar a que saliera de clase, no estaba dispuesto a permitir que la molestara ni una vez más. La seguí hasta casa asegurándome que nadie se le acercaba, quedé en la calle de guardia.
Paciente como un gato que acecha su presa y consciente de sus buenos resultados. Esta no tenía porque ser una excepción.
Se apostó en una esquina de la calle donde Lucía lo vería, intimidándola con su presencia.
Estuvo horas, haciéndome perder la calma, era más sufrido que un gato que tuve cuando  pequeño, al que torturaba con crueles diabluras, --se quedaba quieto con cara de bobo y sin ni siquiera arañarme--.
Por fin parecía retirarse, entonces lo seguí. No estaba seguro como abordar el tema, quería parar aquello, era mi mayor deseo. De todas formas de nada serviría entrar en profundas reflexiones. Mejor ir directo al grano.
Atravesó la puerta de la iglesia. Con despóticas maneras lo abordé sin importarme que estaba en casa de Dios. Con esa actitud intentaba camuflar el temblor en la voz y el hecho de que las rodillas me mantenían a duras penas.


 Con la frente fruncida cargada de malas intenciones se dirigió a mí. Yo, arañaba la esperanza de llegar a un entendimiento. Sin embargo lejos de buscar una reconciliación, su altivez se extendió como aliento helado. El odio creció al igual que lo hace el pan fermentado. Intentaba razonar explicarle que nada malo hacíamos, sin desearlo nos enfrascamos en una acalorada pelea, la furia a duras penas la contenían las paredes, en medio de aquella violencia y sin entender su actitud subió al pulpito y hablando a unos imaginarios feligreses, sermoneaba con ostentosa voz sobre El Apocalipsis final, la furia de Dios, los pecados que nos llevarían a la condenación eterna.
Además de dejarme atónito. Ahora no quedaba duda, aquel buen hombre no había podido soportar la presión y sus pensamientos cabalgaban libres, desbocados y sin control.
Intentando que bajara, cambie la actitud pero él no escuchaba las palabras que venían del exterior solo las que le salían del interior.
Forcejeamos, de espaldas a la escalera en forma de ese, sinuosa y letal como una serpiente, perdiendo el equilibrio, estrelló su esqueleto contra los escalones duros como el pedernal. Corrí a socorrerlo, al levantarle la cabeza, una mancha roja reposaba bajo su pelo,  resbalando por los escalones, sentía que el terror me paralizaba.
Yacía bocarriba, desnucado con ojos muertos y las facciones contraídas, miraba al techo como si quisiera reunirse con los ángeles sonrientes, mofletudos, que revoloteaban felices con sus blancas y emplumadas alas.
Atolondrado recorrí la iglesia tratando de tranquilizarme, procurando que la sangre regara mi masa cerebral y poder salir de aquel atolladero. Di vueltas al igual que los burros de noria, registré los bolsillos de la sotana, con manos torpes, atolondradas, las llaves tintinearon, las apreté con fuerza y corrí para atrancar la puerta, eso me facilitaría el tiempo necesario.

Sentado y bajo la penumbra de las velas deslicé mis dedos por sus párpados, acaricié sus manos aun tibias y le pedí perdón, estaba seguro que en cualquier otra circunstancia hubiéramos podido ser buenos amigos.
No podía salir de allí por las buenas, alguien quizás me habría visto entrar o podría verme salir, relacionándome por deducción con el hecho.
 Con muchísimo esfuerzo lo arrastré hasta el altar, --su complexión era fuerte y su estatura considerable--, tendiéndolo en un improvisado lecho mortuorio, más digno de su persona, al menos así lo consideré.
 Quería ignorar las miradas que se clavaban en la espalda, las formas que giraban entre los bancos y bailaban en las paredes. Todas las puertas estaban cerradas amparando la villanía, no me sentía responsable de aquella muerte. Había sido mala suerte, un desafortunado incidente. ¡Cómo explicar a la policía lo ocurrido, sin dar con los huesos en la cárcel!.
En la sacristía encontré aceite, lo vertí sobre la seca madera de los bancos, prendí las telas y tapices, cayendo en un abismo de fuego y humo. Las llamas se propagaron rápidas como cotilleos entre comadres, las vidrieras estallaban, el bronce y el estaño chorreaba, derritiéndose en incandescentes y ardientes lágrimas metálicas, provocadas por las altas temperaturas que envolvían aquel intencionado infierno. Oculto muy cerca de la entrada, en el hueco entre dos columnas de pulida piedra,  protegido por una imagen de San Antonio, esperaba que antes de morir abrasado pudiera escapar en la confusión del momento. Abrumado por la idea que el plan fallara, quedando allí atrapado en una trampa mortal, dejando sola a Lucia y huérfano a mi hijo no nato.
Con un trapo mojado en agua bendita protegía la nariz, devolviéndole a mis pulmones un poco de humedad.
Las figuras de cera se derretían produciendo un hedor insoportable, las tallas en madera se les licuaba el esmalte, los tintes con los que el artista los coloreo y dio expresiones bondadosas a sus rostros, al mirarlas bajo el efecto del humo y la temperatura, adquirían movimiento y sus caras se asombraban queriendo escapar como todos, de aquel provocado infierno terrenal, volviendo sus vegetales cuerpos, negros como el ébano.
El griterío se intensificaba en la calle, las sirenas ululaban por doquier pidiendo paso, la puerta resistía a los envites desde el exterior, con las defensas debilitadas, cedió, saltando astillas y trozos de madera como flechas puntiagudas.
Me encontraba al borde de perder el conocimiento. Al tomar contacto el agua con el fuego la humareda reinante, me cegó los ojos completamente y en esa ceguera loca y actividad frenética, me escabullí como un cazador furtivo.
Antes de desaparecer mire atrás, aun a riesgo de perecer bajo el influjo de una maldición bíblica, el incendio ascendía y se propagaba, hacia el negro telón que cubría el cielo inflamándolo temporalmente y las llamas, hijas del fuego, usaron mis pupilas como espejos para reflejar su portentoso poder de destrucción.
Dejé que aquel amargo bálsamo de culpabilidad invadiera mis venas por un momento. Desarrollé una memoria episódica, arrancando esas paginas y los recuerdos se perdieron entre los contornos de los edificios volviendo el horizonte rosado y malva.
Continuará...

martes, 17 de octubre de 2017

Las alas de un ángel rotas (41º parte)

Apoyando la cabeza sobre sus manos, miró alrededor de la sala donde cada tarde acudía a escuchar el relato de Pablo.
 Fijó la vista en unos desconchones de la pintura. Hace tiempo debió ser azulada, quizás aconsejado por algún estudio psicológico experimental, basado en lo relajante de los tonos azules y lo excitantes de los rojos, siguió escrutando la parca decoración, una mesa metálica llena de marcas producidas por el uso y dos sillas, más parecidas a potros de tortura que a utensilios pensados para el descanso, la única ventana nos mostraba un panorama enladrillado muy sugerente, si tenias buena vista o imaginación suficiente, podías distinguir a través de los mugrientos cristales, un armazón de tela metálica acerada y unos barrotes de unos seis centímetros de espesor.

Una lágrima resbaló solitaria por mi pálida mejilla, el cuerpo se me veía musculoso y bien formado, aunque debía dictar del que fue antaño, los huesos comenzaban a abrirse paso sin dificultad.
--¿No te encuentras bien?.
--No te preocupes Cecilia.
--¿Si te puedo ayudar en algo?
--Necesito un imposible, el suave contacto de la piel de Lucía, los deditos de mis hijos sobre mi mano, disfrutar de sus risas y juegos, compartir el resto de sus vidas. Un profundo sollozo me impidió seguir.

Me sentía tan infeliz que creí que aquella  aberración permitiría que  las cosas quedaran como estaban.
Una presencia, unos ojos clavados en mi nuca, un nudo en la boca del estómago, una sensación inquietante que me hacia vigilar la espalda.
Una negra sombra se cernía sobre nosotros, agazapada en las esquinas, acechante, amenazadora.

El vientre aumentaba cada noche, haciendo visible la vida que en ella crecía, perdía a pasos agigantados su cintura de avispa, las prendas que solo hacia quince días usara, le venían ridículamente estrechas. Lejos de disgustarla, paseaba con agrado su incipiente maternidad. Era maravilloso notar sus patadas y ver bullir la vida de una manera tan explosiva.
No quería que nada la desasosegara, -- que su único pensamiento fuera pintar esos cuadros que no me dejaba ver--. Guardé silencio sobre mis sospechas, siempre podría contárselo si empeoraba la situación, mientras, prefería que lo ignorara y con suerte nunca tendría porque saberlo.

Cogidos de la mano entramos en el salón de baile, esta vez Lucía era mí acompañante. Sonaron los primeros acordes de un vals, recogiéndose la pequeña cola que barría el suelo con sutil gracejo, se la anillo a la muñeca y me ofreció su mano, cauteloso observé en derredor, una fiesta para dos,  danzamos alegres riendo con despreocupación. Ella se evaporó de entre los dedos, el vacio los rellenó. Grité su nombre tan alto como fue posible, escudriñe hasta el ultimo rincón del desierto salón. En el mismo centro sobre un falso trono, el grotesco jorobado, la única diferencia, el color de su túnica, de un encendido bermellón. Las runas giraban sobre sí mismas y a su grotesca figura simultáneamente, en la parte más alta de la cristalera se escuchó una explosión, los vidrios se dispararon en todas direcciones sin trayectoria definida, me acuclillé protegiendo la cabeza entre los brazos. Mi búho nival surgió de entre aquella pedrisca de cristal, ejecutando un vuelo rasante por encima de las adivinatorias runas, cortó sus invisibles conexiones con el cosmos, estrellándolas  contra el duro mármol. ¡Mil adivinanzas perdidas! ¡Mil sueños desvanecidos!. El grotesco jorobado hasta ahora cauto y silencioso, se alzó como un coloso, despojándose de la vestimenta como quien se libera de algo muy pesado, levantando los brazos y emitiendo un espantoso alarido; la diferencia; su rostro no era una calavera de cuencas vacías y exhibidores dientes, era el rostro de la abuela de Lucía.
Desperté en el suelo de la habitación intentando huir de aquel infierno imaginario.
Necesitaba saber que pintaba para saber que pasaba por su cabeza. –Sé,  que prometí no mirarlos--.
La preocupación no ayudaba a clarificar mis ideas, sin premeditación rompí la promesa. Fue mucho peor cuando descubrí las pinturas, al descorrer el paño que las tapaba quedé sobrecogido, ¡Cómo era posible!.


Una colección de seis dibujos al óleo de una sensibilidad enajenante, en las que derrochó ríos de ternura. Seis posturas distintas y un rostro imaginario, aleó de forma magistral sus rasgos y los míos, sacando una acertada mezcolanza, que podía estar muy cercana a la realidad. No dudaba de su talento pero aquello era digno de exponerlo en las mejores galerías.

Me observaba con expresión decepcionada, a la vez halagada por el éxtasis que  reflejaba.
--Me hubiera gustado mostrártelos cuando estuvieran acabados –su voz sonaba triste --. Podía haber mirado y ocultado el hecho pero no estaba dispuesto a crear más barreras o  secretos de los necesarios.
--Lo siento de veras, desperté de un horrible sueño repetido en otra ocasión, temí que tuvieras algo en la cabeza que no me contaras y que podían reflejar las pinturas,  ¡Perdón!, ¡Por favor, perdóname es la primera y la ultima vez que ocurre!, ¡Jamás volveré a tocar un cuadro si antes no das conformidad para ello!.
Con indecisión debatiéndose entre el si y el no, alargó sus brazos.
--¿Al menos me darás tú opinión?.
--¡Magistral! ¡Sencillamente magistral!.
--La sorpresa que te guardaba.  Expondré en una sala privada dentro de un mes.
--¡No!. ¡Es maravilloso!. Me dejas sin palabras.
--En la Escuela de Arte están entusiasmados con el trabajo, mi profesor me consiguió la exposición. Es un sueño hecho realidad.
Aquella maravillosa noticia me evadió al menos por unos segundos, de otras preocupaciones.
Ajena a la conversación, la descubrí espiando la calle con un empecinado y extraño interés. Estaba seguro que ella notaba algo, pero callaba al igual que yo.
--¿Qué miras a éstas horas, son las cinco de la madrugada?.
--¡Nada!.—Dijo algo airada--.
Continuará...

viernes, 6 de octubre de 2017

Las alas de un ángel rotas (40ª parte)

Miramos hacia atrás pensando que en algún lugar ya perdido en la memoria de todos, aquel debió ser un idílico lugar, ahora sin miedo a exagerar resultaba pavoroso. No puedo decir que nos doliera abandonarlo.
La oronda mujer nos acechaba a la salida, -- seguramente habría estado escuchando tras la puerta—besó con fuerza a Lucía, usando ademanes hombrunos nos despidió con expresión de felicidad. El desgarbado muchacho daba patadas a una piedra ignorando nuestra presencia, la perra ciega salió de su escondrijo para lamer la mano de Lucía. Quise echar la última mirada al interior de aquella angosta mansión decorada con dudoso gusto, Lucía con suavidad me obligó a mirar a donde sólo ahora quería hacerlo, hacia delante. Tras los visillos alguien escrutaba nuestra partida, pero aquello ya no nos incumbía, el futuro sólo tenia un camino y ese era, el olvido.
 
La tarde caía perezosa, liberados de ese terrible peso. El camino antes pedregoso y algo inhóspito, ahora aparecían tímidas en las lindes del camino arbolado, las primeras margaritas silvestres. Corté varias y se las entregué a Lucía con un beso prendido en ellas, pellizcando el aire con los dedos pulgar e índice, las acercó a su boca para recibirlo y cogidos de la mano, fortalecidos el uno junto al otro llegamos a la parada del autobús.

Los cristales se veían recorridos por multitud de hilillos que resbalaban hasta la pared, empapando la fachada. Lucía de espaldas a mí contemplaba el espectáculo, las gentes se rufigiaban en los portales esperando que el chaparrón pasara – era el primer día de lluvia del invierno.
Acababa de llegar de la calle y venia calado hasta los huesos. No queriendo romper su momento de ensoñación, pasé al dormitorio, Duli me recibió con sus habituales muestras de cariño, los perritos correteaban como diablillos mordiéndose las orejas unos a otros y haciendo acrobacias tan divertidas como sólo puede hacerlas un cachorro de corta edad. Sentado en la cama me regocijaba con la escena mientras cambiaba las ropas mojadas por otras secas. La casa estaba muy distinta; los objetos que habían conformado mi vida anterior se mezclaban con los nuevos; Lucía le había imprimido personalidad y carácter, ya no era un lugar lleno de muebles, ahora desprendía un entrañable aroma a hogar, sus cosas repartidas por el dormitorio dándole esa calidez familiar tan agradable. Las primeras muestras de la inminente maternidad hacían acto de presencia, sonajeros, peluches, ropitas diminutas parecían más para un muñeco que para un bebé, siempre la hacia reír con mis ingeniosos comentarios. Ella besaba mis párpados y decía. -- ¡Vas a ser un papá encantador!—en esos momentos era yo quien hubiera necesitado un babero.

Seguía extasiada viendo caer la lluvia. Los rodee a los dos, besándola en el cuello, dobló su cabeza para responder a la caricia.
--¿Estás triste, cariño?. ¿Echas algo en falta?.
--¡Por supuesto!
Alarmado por aquella afirmación, --dije--¡Qué!. --Ansioso de cumplir sus deseos--. Con expresión picaruela y divertida por mi sincera preocupación, --intento decir muy seria--.
--¡Pasteles de nata, muchos pasteles de nata ¡. Y que nos beses más a los dos.
--¡Sinvergüenza!—rió escondiendo el rostro tras las blancas y suaves manos--. En ese momento el timbre de la puerta repiqueteo varias veces. Interrogándonos con la mirada y ante la falta de sugerencias la única forma de averiguarlo, abrir la puerta.
--¡Hola!. ¿Molesto?.
--En absoluto, pasa y cierra, hace algo de frió.
Nuestra taciturna Eloisa, tenía un algo distinto en la mirada, en su boca se dibujaba un rictus alegre.
--¿Eloisa, te veo contenta?
--Si, lo estoy.


Como no parecía muy dispuesta a contar lo que tanto la alegraba – no queriendo ser indiscreto me limite a formular una invitación --.
--¡Invito a pasteles de nata!. ¿Quién se apunta?.—como dos infantes levantaron las manos encantadas de la propuesta--.
--Joven mamá y amor de mi vida, abrígate como por dos y tú mi querida Eloisa ídem de lo mismo.
Lucía y Eloisa, expusieron sus rostros a la lluvia para sentir su acuoso tacto. Las recrimine por su diablura, pero ignorando mis quejas, rieron divertidas por el enojo que demostraba.
--Si, seguís haciendo travesuras no invitaré a nada. Me sacaron la lengua, metiendose bajo el paraguas.
En la cafetería el calorcillo reinante resultaba agradable, los cristales comenzaban a empañarse, producto de la diferencia de temperatura.
Las dos golosas, escogían sus pasteles favoritos, encerrados en bellos féretros de cristal refrigerados. Una joven muy amable, marcialmente uniformada, cofia de encaje blanca en ristre sobre su pelo castaño muy oscuro. Más bien parecía una porción de tarta selva negra.
Nos sentamos pegados a la cristalera, los transeúntes aceleraban el paso para refugiarse en sus hogares.
Lucía dibujó un corazón en el que encerró nuestras iniciales, usando el cristal empañado de improvisada pizarra. Al momento, llegó la amable empleada con una bandeja llena de profiteroles de nata, chocolate, crema pastelera y alguna trufa aderezada para hacerla más sabrosa.—Tocaron las palmas de contento ante el suculento festín--. Temía que la gula les provocara dolor de barriga, pero se veian tan felices que no tuve corazón para poner pegas, me sentía jovial y obsequioso.
--La vida nos sonreía, o eso nos quería hacer creer a Lucía y a mí.
Continuará...