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jueves, 11 de mayo de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (Final)

Las pequeñas campanadas que emitía internet tras cada pulsación me sobresaltaban de forma esperada, el lago de los  cisnes en versión cibernética comenzó a sonar y la taza de café que sostenía entre los dedos volvió a volar como un pajarillo, salpicando el lechoso contenido sobre lo que pilló en su recorrido, el estallido de la loza sobre el suelo rebotó en los oídos como una bomba.

--¡Joder! –exclamé oprimiéndome el pecho, notando los latidos tan rápidos que era imposible contabilizarlos.
--¡Diga! – contesté sobresaltada por el alboroto, sosteniendo el auricular del teléfono con cierto malestar--.
--¿Cómo estás?. Me has dejado preocupado. ¿Qué te pasa te noto muy alterada?.
--Nada, estaba la casa en silencio y me he sobresaltado.
--¿Pero estás bien?.
--Si, quédate tranquilo que no pasa nada, --y en la voz se leyó la necesidad de deshacerme de él --.
--¿Quieres que vuelva cuando termine o prefieres que lo deje para otro día?.
El silencio volvió a descubrir el estado de ánimo.
--Te pido que si he hecho algo incorrecto me lo digas, por favor, --volvió a increparme con la pregunta --.
--Gabriel, siento todo esto, vuelve cuando resuelvas tus cosas y no te preocupes más.
--Bien, -- dijo por aburrimiento y no por convicción.
Colgué el teléfono y supe que tenía poco tiempo para aclarar mis dudas. La visión de aquellas alas negras, significaban algo, estaba segura y entonces escribí lo que llevaba temiendo toda la tarde y la campanilla de aviso que la página había sido encontrada, sonó como el doblar de campanas por un muerto.

El arcángel volvió a la tierra con perfil de mancebo, embajador y mensajero de justicia.
Gabriel uno de los tres arcángeles principales, los únicos ángeles con nombre. En la tradición bíblica considerado ángel de la muerte, mensajero de Dios, es quien vigila la entrada al Edén para evitar que entren los hijos de Adán y Eva.
Gabriel es definido de muchas formas, entre ellas ángel de la anunciación, resurrección, misericordia, venganza, muerte y revelación.
Arcángeles, una categoría de ángeles. Los arcángeles son los penúltimos, antes de los propios ángeles, (tal como indica el prefijo “arc”, que significa superior). La palabra “ángel” deriva del griego “ángelos”, significa mensajero, cuyas responsabilidades incluyen la organización armoniosa del universo habitado.
Los ángeles son seres inteligentes, capaces de sentir. Son una especie diferente a la especie humana. Existen en una frecuencia vibratoria levemente más fina que aquella con la que nuestros sentidos físicos están afinados. Esto significa que no podemos percibirlos comúnmente con nuestros ojos y oídos, pero ellos si pueden percibirnos a nosotros. 

 La voz de Gabriel resonó a mí espalda, no me asusté sabía lo que iba a pasar y quizás fuera lo mejor que podía ocurrir.
--¿Desde cuando lo sabes?.
Sin volverme le contesté, quería conservar esa mirada cristalina, tierna, el recuerdo de sus labios sobre la piel, la respiración entrecortada del hombre, la calidez de su cuerpo atrapándome como una tela de araña. Quería al hombre y no a lo que ahora mismo fuera.
--Mírame. Vuélvete hacía mí.
--¡No!,  --dije rotunda, no me da la gana --. Haz lo que tengas que hacer y déjame en paz. Ya sabes lo que he hecho y en el fondo sabía que algo pasaría.
Extraño hasta el final, pensé que en algún descuido algún alma errante se cobraría la deuda, pero esto es tan ...y las palabras se quedaron enganchadas en algún lugar entre el estómago y la garganta, una risa lejos de todo humor sustituyó las palabras.
--¿Tienes miedo?, -- preguntó cual amante preocupado --.
--¡Esto es el colmo! – deja de susurrarme como si me amaras, como si sintieras lo que está pasando. ¿Os divertís mucho arriba o donde estéis, con la estupidez humana, verdad?.
--¡Mírame!, --su voz sonó como un trueno--. Perdóname, no quería gritar, pero todo esto me esta sacando de quicio. ¿Me tienes miedo?.
--Supongo que sí, pero ahora mismo estoy tan perpleja, que no sabría decirte.
--Entonces. ¿Por qué no me miras?.
--Porque quiero conservar al hombre y ahora no se lo que eres.
--¿Qué crees, que he cambiado de aspecto?.
Su aliento era tan cálido como sus palabras, respiraba sobre mi cuello y lentamente se iba acercando, presentía que de un momento a otro los labios resbalarían con deseo, bajando lentos sin prisa, calientes y dulces y vibré estremecida.
--Gabriel. ¿Qué eres?. ¿Ángel o demonio?.¿Quién me posee?.
--¿Quién quieres que lo haga?,-- respondió con la voz entrecortada --.
--Hazlo tú Gabriel, seas lo que seas.
--Esto no tenía que estar pasando, pagaré un precio por ello.
Fue lo último que alcanzaron a escuchar mis pecadores oídos., impreso en la pantalla del ordenador, la figura clásica del arcángel clásico y su leyenda.
Cayó suavemente sobre mí y sus alas se desplegaron como por arte de magia, envolviéndome con suavidad, su respiración acompasada y sus caricias me acompañaran en la eternidad.
   
 Y así es como un pueblo de fantasmas se transformó en un lugar conocido, un punto en el mapa que la gente señalaba y reconocía, se llenó de curiosos que deambulan las calles en busca de lo ocultó, lo extraño. Decidí quedarme para vigilar, mis ojos siempre permanecerían abiertos expectantes ante la mínima anomalía para evitar que vuelva la ignominia. -- ¡Si reconocen el lugar estaré encantada de acogerlos!--. ¡La curiosidad tiene un precio!, yo pagué el mío con mi vida, no quise seguir a Gabriel, él tenía sus propias cuentas que pagar.

El gran pino se bate en duelo con el beligerante viento que lo reta amenazando con sesgar el florido mocho que lo corona y si prestan atención adivinaran una silueta entre las sombras, en la torre de la iglesia, en lo más alto y otra más pequeña que olisquea el viento para avisarme de cualquier amenaza, alcen la mano y saluden. No duden ni por un momento que hallaran respuesta. ¡Porque no siempre todo lo que existe es visible!. 

                                                             -FIN-

 

martes, 9 de mayo de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (23º parte)

Las campanas suenan con un toque enloquecido, los badajos golpean el metal con violencia desmedida, corro hacia la calle, grito al campanario. ¿Quién toca las campanas?. Recorro la calle empedrada, los pies descalzos se hieren con los guijarros del camino, un sonido familiar llega hasta mis oídos, corrijo la dirección y allí están, dos filas de almas errantes, sus trajes talares los ocultan de miradas ajenas, las capuchas protegen las facciones, mi presencia las atrae, al unísono me muestran la indecencia de sus huesos desnudos, pelados de carne, blancos, fríos, sus mandíbulas se abren las baten en una risa fingida que suena como el castañeteo de un pájaro loco. El batir de unas alas suena en lo alto del campanario, un ángel o un demonio muestra sus grandes alas negras tan hermosas como él mismo, mi boca grita un nombre que se ahoga en la garganta antes de escapar.
Una música machacona me trepana los tímpanos, la confusión es total no se donde estoy, quien soy, y un alarido que parece de un  extraño me desgarra la garganta.   

Gabriel sigue dormido, su pecho sube y baja acompasado, sereno, los párpados cerrados, la boca levemente abierta, acaricio la suave piel para asegurarme que su presencia no es un espejismo de la mente y está allí en cuerpo, ¿y en alma?, sólo Rufo parece alertado ante el alboroto, golpea su hocico sobre mi mano para llamar la atención, brindándome su apoyo, lo acarició encontrando la fuerza que a mí me está fallando.

Una fuerza me atrae hacia sí, --son los brazos de Gabriel que me oprimen contra su pecho--, pero esta vez no lo percibo como una caricia, una muestra de apoyo, sino como algo que me sujeta y oprime, haciendo que la respiración se me entrecorte. Un incontrolable impulso me obliga a deshacerme de su abrazo.
--¡Suéltame! – le grité con voz desgarrada --. Rufo le ladró excitado, ante la extraña situación, daba pequeños saltitos sobre sus dos patas delanteras sin moverse del sitio, mostrando sus dientes en actitud agresiva. Gabriel retrocedió asombrado ante la violencia del momento.
--¿Qué os pasa?. Si se puede saber, --dijo con aire exasperado--.¿Os habéis vuelto locos el perro y tú?.
Una extraña musiquilla rompió la aspereza del momento. Busqué inquieta la procedencia de la intrusión.
--¡Es mi móvil!, -- exclamó Gabriel, aliviado de que lo sacara del incomodo momento –
--¡Gabriel Luján!, -- contestó con voz enérgica, no dejando que se leyera en ella el tenso momento que estábamos viviendo --. Llegaré lo antes posible, -- respondió tras unos segundos de escucha --.

Por un instante me miró con dureza, como un dique capaz de sostener las más embravecidas aguas. Aturdida, le esquivé hábilmente. Rufo se había calmado y aunque permanecía atento a los movimientos,  su comportamiento era el de siempre y yo aunque seguía muy alterada intentaba justificar el escándalo. Mi sombra se estiraba intentando rozarlo, al darme cuenta, cambie la posición para que el hecho no ocurriera.
--¡Lo siento! He tenido un sueño horrible del que no podía despertar. ¡Discúlpame!, --y aunque sonó a suplica, no pasaba de una mera disculpa sin convicción --.
--¿Puedo tocarte?. O me morderéis el perro y tú.
--Por favor, no seas así, lo estoy pasando mal.
--Lo sé, perdóname por ser tan desagradable, -- me arrastró hasta su pecho, un escalofrío recorrió la espalda de punta a punta y nada tenía que ver con lo de la noche anterior. Su beso quedó estampado en la frente como una marca.
Lo observé mientras su coche se alejaba calle arriba y me sentí libre sin su presencia. Los recuerdos me asaltaban bajo la niebla de la memoria y los ruidos me ensanchaban bajo el silencio de la noche que caía pesadamente sobre la casa.
Continuará...

miércoles, 3 de mayo de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (22º parte)

Esa noche prometía ser especial, por primera vez dejé que un arrebato tonto turbara la razón, Gabriel se quedaría a pasar la noche, todo fue especial, la cena se convirtió en una improvisada fiesta, el salón se lleno con la calidez de las velas, cocinó unos platos fantásticos dignos del mejor gourmet, --una estúpida agitación se había apoderado de mí--, el delantal sobre la ajustada camisa le daba un aire sexy, desenfadado, como si su vida se hubiera desarrollado entre pucheros, sartenes y cacerolas. Lo miraba sin disimulos apoyada en el marco de la puerta. Se volvió hacia mí, con una sonrisa cautivadora, alzó la copa de vino, el liquido rojo sangre se paseó suavemente creando un pequeño remolino lamiendo el  cristal, sus labios no se despegaron y mis mejillas se encendieron como brasas incandescentes sofocándome el ánimo, superando los limites de lo recomendable, me devolvió una sonrisa en la que dejó sus fantásticos dientes a la vista, estaba tan turbada que no lo ví acercarse, sólo sentí la calidez de su carnosa boca casi rozarme suave y lentamente la piel del cuello, subió despacio dejando una fina capa de aire entre sus boca y mí piel, permitiendo que su respiración marcara el camino entre su deseo y el mío.
La copa se desprendió de sus dedos, emitiendo un sonido alegre, campanillas solo amortiguadas por el liquido que la ocupaba, todo era natural algo que tenía que pasar, al menos así paso, la turbación dio paso al deseo y el deseo a la pasión y la pasión al desenfreno. 

Sin embargo, transcurrió sin prisas cada caricia en su justo tiempo, cada gemido acompasado, un baile ensayado, las manos expertas, pasearon por la  anatomía sin complejos, ni culpa. Por fin la sensación de ingravidez fue total, los cuerpos se lamentaban cayendo en un abismo sin fin de deseos aflorados, la cabeza me daba vueltas mientras las pupilas de Gabriel se hundían en las mías, las manos se entrelazaron con fuerza en un vano intento de fusión definitiva.
 Caí en un sopor cálido, el aire olía a flores frescas, no hubo palabras, nada parecía necesitar una aclaración, sin explicación la congoja lleno los ojos de lágrimas, sacudí con fuerza la cabeza para espantarlas y la confusión nubló el entendimiento.
El miedo me estaba volviendo frágil, vulnerable, estaba flotando en un terreno muy peligroso por muy placentero y agradable que me estuviera resultando la velada. Su voz atravesó mi cerebro firme, serena, segura de lo que decía, limpia y clara como el agua fresca de un río.

--¿Te pasa algo?. ¿He hecho o dicho algo indebido que te ha molestado?.
Lo dijo de forma tan natural que sentí vergüenza por estar cohibida. Un rizo le caía desmayadamente sobre la frente dándole un aire pícaro y angelical al mismo tiempo, y su voz volvió acariciarme los sentidos, lo miré fijamente a los ojos y vi algo que hasta ahora no había reparado, un abismo insondable, aunque su voz siguiera sonando suave y sus modales fueran dulces, algo amargo emergía desde algún lugar. 

El silencio de mis labios pareció representar una amenaza, un viento desasosegante me batió, me atravesó el cuerpo como una lanza certera.
--¿Veo que estás molesta conmigo?. ¿He sido demasiado atrevido?. Te pido disculpas, quizás interprete mal las cosas, perdóname.
Sus palabras sonaron sinceras. La voz se me quebró y volví a sacudir la cabeza para ahuyentar las lágrimas.
--¡No digas tonterías, no soy ninguna niña asustada!,-- dije—elevando la voz intentando recobrar la calma perdida, disimulaba la angustia que me apretaba la garganta --. Me estás mal interpretando, es que han pasado muchas cosas, demasiadas para pasarlas por alto.

--Tienes razón, --dijo-- intentando cambiar de tema --. ¿Cenamos?. Con el estomago lleno se ven las cosas de otra manera, --y me mostró una sonrisa tan dulce, como fríos se me antojaron sus ojos. Al pasar junto a mí, alargó la mano y por unos segundos la retuvo entre sus dedos.

La cena trascurrió entre palabras a medio decir y sonrisas cómplices, los minutos anteriores parecían no haber existido, ese sentimiento extraño se diluyó entre el  bamboleo de las llamas al viento y el cálido resplandor que desprendían las velas.
Continuará...

jueves, 27 de abril de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (21º parte)

Enfilé de nuevo la recta carretera que conectaba con la autovía sin prestar demasiada atención a lo que me rodeaba, --mentalmente reconstruí todo lo ocurrido, intentando esclarecer si en medio de todo lo que estaba cayendo ese policía y yo, -- saqué la tarjeta del bolsillo para confirmar su nombre Gabriel Luján --, habíamos estado coqueteando, -- hubo algo que me puso los pelos de punta --. ¿Era nombre de ángel o de arcángel? ¿Mera casualidad?. No lo se, pero los pelillos de la nuca se me encresparon atraídos por un potente imán invisible.
--¡No me lo puedo creer! -- ja, ja – y el esbozo de la carcajada sonó como un grito de auxilio--.

Nunca pensé que contestaría a tantas preguntas, fueron interminables y agotadores días de responder a lo mismo, me mantenía firme en la postura adoptada, ensayaba ante el espejo para no contradecirme, hasta llegar al desmayo.
Estaban perdidos, realmente no había pistas, ni motivaciones, cambiaban de rumbo una y otra vez siguiendo pistas que no los conducía a nadie, callejones sin salida.
Gabriel siempre estaba presente, su mirada me tranquilizaba y poco a poco todo concluyó, el caso se aparcó y como todo en esta vida, otros acontecimientos ocuparon el lugar de este. Semanas después, por fin, me dejaron volver a casa, Gabriel tuvo la amabilidad de ofrecerse a acompañarme, -- nada hubiera sido más de mí agrado --. Tenía que apartarlo de la nueva vida que me tocaba vivir, en esta nueva etapa solo había  cabida para Rufo, el castigo no se si sería equiparable al pecado pero por lo menos, si justo el sacrificio.
El primer día fue extrañamente aterrador, observé el entorno con curiosidad, las frías calles las sentía más mías que nunca, pero las almas seguían parapetadas tras los cristales, cortinas que se mueven sutiles como mecidas por inoportunas ráfagas de aire, sombras que pasan raudas, solo captadas por el rabillo del ojo.  Y fue entonces cuando tuve la certeza de que la condena sería vivir dos vidas, una atenazada por la culpa y otra como vengadora de la maldad y tendría que aprender a compaginarlas.
Nos quedaríamos allí todos, yo viva y ellos muertos, asegurándome que jamás abandonaran el lugar en busca de nuevas victimas.

Gabriel lo intentaba, llamaba todos los días y alguno que otro se presentaba por sorpresa, no comprendía porque me empeñaba en seguir habitando en un lugar maldito, envuelto en un lúgubre recuerdo que con los años se volvería mito, lugar de reunión de curiosos en busca del morbo de lo oculto.
Al mirarlo lo sentía cómplice, descargaba la culpa que tanto pesaba, pero a la vez conseguía que no lo olvidara ni un segundo, su compañía me confundía, quería librarme de él y cuando no estaba, era como si el cielo se desprendiera, oprimiéndome hasta asfixiarme.
Pensaba. --¡Hoy le diré que no!, sin embargo la boca decía lo que la cabeza no quería y el corazón saltaba de emoción ante el encuentro, me descubría diciéndole. ¡Ven!, --con una risa sofocada y casi con aire de suplica --, la actitud infantil me llenaba de enojada vergüenza. ¿De dónde estaba sacando ese grado de estupidez?.  

Por las noches un murmullo ensordecedor invade el sueño, un impulso irrefrenable me obliga a dirigirme a la ventana en un estado similar al sonambulismo, allí están ellos, la estúpida cabeza doblada hacia la derecha, los ojos desencajados del asqueroso viejo... todos apostados frente a la casa y entonces algo me hace volver a la realidad, pero cuando salgo a comprobarlo, nadie acecha tras los cristales, el murmullo ha cesado y solo Rufo y yo compartimos el tiempo y el espacio, enciendo la televisión y la observo sin fijarme en nada, hasta que el tedio rinde los párpados.
Continuará...

jueves, 20 de abril de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (20º parte)

Los pobres policías hacían lo que podían en aquel caos de caras perplejas, se hablaba de ataque terrorista de suicidio colectivo, daban vueltas como perros ciegos sin respuesta a las preguntas. 

El cortejo fúnebre seguía su marcha imparable y en contrapartida, la vida seguía su curso como si nada hubiera pasado, mariposas multicolores libaban de flor en flor agasajándome con su hermosa presencia, el día era luminoso y soleado, una brisa suave se colaba furtiva entre el pelo y la nuca, respiré larga y profundamente, un tipo algo desastrado con pinta de no haberse afeitado, comprobaba las matriculas.

--¡Señorita! –haciéndome la sorda -- ¡Señorita! – repitió, pero esta vez me agarró del brazo --. Una descarga me recorrió de la muñeca hasta el codo, pensé que las piernas no me sostendrían, tiré el cigarrillo y al aplastarlo contra el suelo noté como el pie no me obedecía, metiendo la mano en el bolsillo para disimular el temblor que delataba el nerviosismo. Volví la cara con gesto contrariado.
--¡Discúlpeme!. Estamos comprobando el censo de personas y coches y veo que su matricula corresponde con una de mi lista.
Por un momento quedé absorta en mis pensamientos, pasado unos segundos contesté como si hubiera recobrado la memoria en ese instante.
--¡Si! – respondí con un monosílabo --, recordé lo que me decía mi madre cuando la afilada lengua intentaba meterme en problemas. “ En boca cerrada no entran moscas y en la abierta hasta lagartos. “
--¡Reside en el pueblo!
--Si
--¿Dónde estaba cuando ha sucedido la tragedia?.
--En un hotel.
--¿Si vive aquí, porque estaba en un hotel?.
--La explosión me rompió los cristales, -- las palabras salían con cuenta gotas, no deseaba dar mas información que la estrictamente necesaria, sin embargo me estaba dejando envolver por sus palabras amables y sus buenos modales.
--¿Qué explosión? – preguntó con gesto sorprendido--.
--¡Dios mío!,-- exclamó sin creérselo del todo.
--No se mueva, por favor, --me pidió con gesto cortes --. Vuelvo enseguida.
Tendría unos treinta años, sus facciones resultaban algo aniñadas, sin embargo se alejó con paso cansado e inseguro, sin saber muy bien que hacer, lo observé cambiar impresiones con alguien que debía ser su superior por el aspecto. De vuelta prosiguió con las misma cuestión.
--Bien, dice que estaba en un hotel por la rotura de sus ventanas, preguntó con entonación interrogativa.
--Si, por la explosión.
--¿Qué sabe de la explosión?.
--Nada -- dije rotunda --.
--¡Cómo que nada! – exclamó con aire algo ofuscado --. ¿Dónde vive?.
--Enfrente de la casa que explotó.
--¡Y no sabe nada, no vio nada!, -- afirmó en un tono visiblemente más airado --.
Lo seco y conciso de las respuestas lo estaba sacando de quicio, así que para no exasperarlo, decidí mostrarme un poco más habladora.
--Siento ser de poca ayuda, pero estaba durmiendo cuando escuché el estruendo, bajé acompañada del perro, al comprobar el destrozo pensé que sería mejor irme a un hotel, hasta que el seguro evaluara y arreglara los desperfectos.
--Y no sintió curiosidad, porque no decirlo, miedo, por un hecho tan insólito en un lugar así. No habló con los vecinos al salir, comentó algo, alguna cosa. ¿O le parece normal que explote la casa de la acera de enfrente?. ¿Usted coge el coche y se marcha sin más?. Por favor no me tome el pelo señorita.
--Normal o no es lo que hice, una vez llegaron los bomberos pensé que nada pintaba allí
--¿No le interesó lo que podía haberle pasado a sus vecino?
--Estaba claro que la vecina no podía sobrevivir a ese hastío, fue realmente impactante.
De todas formas la gente aquí es extremadamente reservada y yo no dejo de ser, la que viene de fuera, no comparten mucha información conmigo, así que ya no pregunto, ellos a lo suyo y yo a lo mío. Una forma de sobrevivir como otra cualquiera. Puede que usted no lo vea así, que quiere que le diga.
--Aún así, no le parece excesivo su falta de interés.
Su actitud me estaba enojando, sin pensármelo dos veces le respondí airada.
--Bueno. ¿A ústed le interesan los hechos o juzgar mi comportamiento en ésta comunidad?, yo no afirmo que este bien o mal, me limito a exponerle mis razones acertadas o equivocadas, el resto son especulaciones   --- dije con la voz algo estrangulada –
--Su comportamiento es poco menos, no digamos sospechoso, pero si extraño, -- contestó con cierto aire de mofa al notar el enojo --.
--¡No, si al final voy a ser yo la que provocó la explosión!.

No se que me impulsó ha hacer semejante afirmación, pero nada más salir de mis labios la sangre se me helo en las venas. Intenté descifrar el impacto de aquellas palabras tras esos magníficos ojos  verdes que dejaban entrever parte del estrés, el cansancio que acumulaban,  en ese momento fui consciente que tras esa libreta de anotaciones había una persona, la barba despuntaba con premura, fruto de las prisas, la dejadez de su vestimenta podía indicar el exceso de horas de trabajo, de su boca perfecta, salían palabras que hasta cuando rebotaban enojadas en los oídos, sonaban sin aspereza, el cosmos me impulsaba a ser amable con aquel hombre y no sabía, porqué.
Otra pregunta rompió el embrujo del momento, -- estaba claro que no era consciente del impacto de su persona sobre mí --.
--Nadie es inocente hasta que no se demuestre lo contrarío, --dejó caer con cierta sorna-.
Aquella afirmación me golpeó como una inesperada pelota de pin-pon, dejándome fuera de juego por unos segundos, mi cara de perplejidad le sacó una sonrisa.
--Tampoco se es culpable hasta que no se demuestre, -- le dije- visiblemente enfadada -.
--Bueno a lo que íbamos señorita, --dijo—dando por finalizada aquel dialogo de besugos en el que habíamos caído sin saber como --.
--No me negara que su actitud peca de extraña, eso no quiere decir que yo la considere culpable de nada.
--De todas formas el trato con los vecinos era frió apenas si los conocía y con el tiempo perdí todo el interés por ellos, eso no quiere decir que no me sienta impactada por todo lo que está pasando, ni que les deseara ningún mal, ellos viven a su aire y yo al mío, punto.
Quizás no fue correcto el marcharme cuando vi la situación controlada por los bomberos, pero no pensé que hiciera daño a nadie con ello y no podía hacer nada ni había visto nada. De todas formas quisiera saber que ha pasado, tantas ambulancias. 

--No sabemos todavía, --dijo—con aire de confidencialidad --.Sorprendido por la confidencia que acababa de hacerme, cambio de actitud, con semblante de preocupación.
--Puedo volver a mí casa para evaluar daños, tengo que llamar al seguro, -- lo dije con tanta frialdad que hasta yo me asusté--.
--¡Vamos a ver!. Parece no entender la gravedad de los hechos aquí acaecidos.
--¡Todo el pueblo a muerto!, -- y casi se atragantó al decirlo, en algo que fue como un grito --.
--¿Cómo? –y la voz se me quedó dentro, el aire me faltaba y un atisbo de mareo, obligó a este nuevo e inesperado cómplice a sujetarme por el brazo.
--Lo siento, pensé que lo sabía.
Las lágrimas acudieron a los ojos y lo sorprendente es que fueron reales, sentí pena por la perdida, pero no por haberlos matado, empaticé con familiares y amigos pero no con los fallecidos, no lograba verlos como personas, solo eran demonios salidos de los infiernos y estaban de vuelta a  su hogar.

--No, como ya le he dicho he estado fuera.
En esos momentos Rufo saltó del coche y vino a sentarse junto a mí, mostrándome todo su afecto. Las palabras se templaron en solo unos segundos
--¿Este perro es suyo? – preguntó – pasándole la mano por el lomo en señal de aprobación.
--Si, -- y la voz apenas si me salió del cuerpo--.
--¿Tiene donde quedarse? – preguntó solicito --. Familiares o amigos a quien acudir.
-- ¡No! – respondí y sonó tan rotundo como una sentencia. Ya veré que hago, -- exclamé un poco confusa por la situación y el cansancio.
Todo el mundo estaba a lo suyo, confusos, asombrados, tristes, expectantes, confundidos, había para todos los gustos.
--Tome mi tarjeta, llámeme en cuanto tenga un lugar para quedarse, no se le olvide, tendrá que estar localizable hasta que se aclare toda esta cuestión, que se presenta peliaguda. Si necesita algo o recuerda alguna cosa por pequeña que le parezca, -- y dijo la frase --. “No dude en llamarme de noche o de día”, -- ¿No se por qué?, me sonó a cita más que a recomendación policial --.

Sin decir nada, me di la vuelta, sin dejar de sentir su mirada clavada en la espalda, me introduje en el coche – no dejó de observarme mientras cambiaba impresiones con otro policía --, lentamente logré abrirme paso entre toda aquella confusión.
Continuará...

lunes, 17 de abril de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (Cerezas) (19º parte)

Era el momento de volver, el incendio y la rotura de los cristales me serviría de coartada y explicaría la ausencia en la medida de lo posible, los problemas los iría resolviendo a medida que surgieran.
No sabría decir si estaba preocupada, el único sentimiento, la única sensación, paz, el peligro ya no estaba latente, la acción, --el fin justifica los medios --. ¡La verdad!, no sabría que decirles, lo que había que hacer estaba hecho.

Flores blancas y rosadas amontonadas en múltiples racimos, cubrían los campos trepando por los troncos hasta casi no permitirte distinguir atisbo de hojas, lo verde sucumbía al color inmaculado, incontables cerezos presidían los campos que daban acceso al pueblo.
Enfilé la carretera con animo incierto, los sentimientos saltaban a cada segundo como una pulga inquieta, apenas me separaban de la realidad doscientos metros y paré, el motor seguía zumbando de forma adormecedora, extraje un cigarrillo del bolso y enseguida las volutas de humo me rodearon serpenteando alrededor, formando caprichosas espirales, cambiando del blanco al rosa y del rosa al azul bajo el influjo del caprichoso astro que calienta e ilumina amaneceres y atardeceres.

Un cortejo me hizo caer cual manzana madura atraída por la inexorable gravedad, el sonido apenas reconocible se acercaba con rapidez, primero, apenas un punto de color en la lejanía que se alargaba como objeto indefinido y que poco a poco se iba definiendo, una fila interminable de silenciosas ambulancias, delatada su presencia apenas por los motores, sin duda me pareció la cosa más macabra que nunca había tenido el disgusto de presenciar, una mano invisible me obligó a volverme, las almas de los muertos eran transportadas a su pesar, pegaban los rostros a las ventanillas de las ambulancia, sus bocas se abrían y se cerraba en un interminable grito que no llegaba a los oídos, apreté los ojos tan fuerte como me fue posible desvaneciéndose el mal augurio.
Aparentando tranquilidad continué el camino, miré la escena con expresión rígida y en un momento de debilidad, vi acechantes peligros en todas direcciones.
Policía, cámaras, de todas las televisiones, médicos, paramédicos, sanitarios, curiosos, familiares, amigos, unos lloraban, otros permanecían absortos por el asombro, aquello era una torre de Babel, todos gritaban, unos buscaban respuestas al enigma, otros la noticia, las manos portadoras de micrófonos se afanaban en una incasable lucha, la búsqueda de bocas habladoras y caras dolientes que expresaran la tragedia acaecida para engalanarse con la primicia que les daría sin lugar a dudas, un nombre en los medios de comunicación.

Continuará...

martes, 11 de abril de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (18º parte)

Sentada en la oscuridad centré la atención en la punta incandescente del cigarrillo, solté una bocanada de humo que me envolvió en una improvisada niebla, poco a poco se disipó en pequeños hilillos que se desvanecieron lentamente.
Allí estaba divisando la lejana cúpula de la iglesia iluminada, -- me preguntaba como llegar a los depósitos de agua sin ser vista --. Setecientos cincuenta litros de cianuro esperaban en el coche a ser utilizados --, aguardé con paciencia felina a una distancia prudencial del pueblo.
Frotándome enérgicamente las manos para paliar el nerviosismo supe, que no debía demorar más el momento, enfilé la carretera, ni un alma por ningún sitio, apreté los dedos sobre el volante para controlar el temblor. El campo estaba mojado y las ruedas se hundían en el barro corriendo el peligro de quedar atrapada con semejante cargamento, a pocos metros divisé los pozos de agua que abastecían a esta pequeña población, a pesar del calor reinante y el constante zumbido de los insectos, sentía un frío glacial que me helaba la nuca. Una a una, vertí todas las garrafas, cargándolas de nuevo en el maletero, abandoné el lugar sin mirar ni una vez hacía atrás.
No podía parar, comiendo kilómetros tras el volante pasé toda la noche y cuando la mañana despuntó y el sol se asomó para dar los buenos días, supe que todo había acabado, entré en la habitación sin ser vista, por el mismo sitio que la abandoné, sobre la cama permanecí paralizada sin poder dormir hasta bien entrada la tarde, la televisión emitía programa tras programa, los actores, concursantes y presentadores, desempeñaban su labor sin que nada llegara a mis oídos, el callado movimientos de los labios acompañaban los horribles momentos de impuesta soledad. La jornada finalizó sin que la esperada noticia saltara a la opinión pública.
La camarera de piso golpeó la puerta con los nudillos. --¿Limpieza? – rasgó el silencio una voz nasal --. ¿Renuncia a la limpieza? –repitió de nuevo con cierta afectación de alegría --.

Necesitaba hacerme ver, que pensaran que no había abandonado la habitación, así que  muy a mi pesar contesté.
--¡Pase!, --y en el tono no pude disimular la desgana--. La limpieza duro lo que un cigarrillo apoyada en la barandilla de la terraza, mientras vigilaba a Rufo al que había sacado por la ventana.

Pasé la noche envuelta en oscuros y truculentos sueños que no pude recordar al despertar, solo pequeños esbozos que nada dejaban en claro, pero si la sensación de estar presa dentro de una pesadilla que no me permitía despertar, la boca tan seca que me adhería la lengua al paladar, el corazón latía taquicardico y yo luchaba denodadamente por recuperar la calma.
El televisor seguía su larga andadura de imágenes silenciosas, necesitaba un café, miento, mataba por un café, di volumen a la tele mientras tomaba una ducha, la noticia explotó en los oídos cuando casi me había envuelto en la toalla, no me lo podía creer, por fin todo acabaría, con los pies mojados corrí hacia la habitación, al pisar la baldosa perdí el equilibrio y el golpe me dejó tumbada y sin respiración, mientras el suceso era narrado por un presentador con los ojos muy abiertos, sobrecogido por el insólito hecho sin explicación, mientras la policía aseguraba que estaban sobre una pista fiable y que los culpables no tardarían en ser detenidos, se barajaba la posibilidad de un ataque terrorista.

Continuará...

jueves, 6 de abril de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (17º parte)

La pantalla del ordenador parpadeó lanzando una señal acústica al unísono. No podía mover el brazo derecho, la mejilla izquierda estaba anestesiada, me había dormido sobre mí misma, esperando una respuesta de un anónimo interlocutor por Internet, al final iba a ser verdad eso que se dice --¡en la red se encuentra de todo!--. En un correo electrónico se me pedía que ingresara el dinero en una cuenta bancaria, una vez que tuviera constancia del ingreso conocería el lugar de encuentro para entregarme la mercancía solicitada.

Era mucha pasta y ninguna la certeza de no ser estafada, pero no me quedaban opciones, más que la de confiar en un desconocido sin garantías.
Tras cumplir todos los requerimientos, me encontraba en un descampado en el fin del mundo, que me costó dios y ayuda encontrar. Unos faros encendidos en medio de la nada eran la señal, entre aquella cegadora maraña de luz, se recortaba una silueta rechoncha de poca estatura, por un instante me asaltó la duda de si me habrían mandado a un jovencito que me pegaría dos tiros, dejándome en aquel lugar remoto desangrándome, donde quien sabe si ni siquiera me encontrarían, tuve miedo de abandonar la relativa seguridad que ofrecía el coche, pero la suerte estaba echada, sólo quedaba un camino y ese era hacia delante pasara lo que pasara, acaricié a Rufo que se mantenía expectante sentado en el asiento trasero, sin querer reconocer que era mi forma de despedirme, por si las cosas no salían bien, llené los pulmones de aire, salvando la distancia que me separaba de aquella silueta más nítida por momentos.
--¡Buenas noches!—dije—hablándole aún a la silueta. La pequeña figura dio tres pasos y se hizo un hombre sin faltarle un solo detalle, ojos, nariz, boca, orejas, en fin de todo.
Que rara son las cosas, nos imaginamos al villano, feo, sucio, como si en el libro de sus facciones se pudieran esculpir las maldades, cuantas caras de ángeles esconden auténticos demonios. Un rostro amable, un hombre de mediana edad acompañado de una suave voz me contestó.
--¡Buenas noches!. ¿Le ayudo a cargar?, abra el maletero por favor, -- sonó a pregunta, pero fue un mandato en toda regla --, estaba claro que deseaba marcharse de allí lo más rápido posible.
En silencio obedecí sin pestañear, treinta garrafas de veinticinco litros en total setecientos cincuenta litros.
El extraño cerró el maletero y volviéndome a dar las buenas noches desapareció en la oscuridad como un mal sueño, vi alegarse aquellas dos luces rojas, extasiada, que se perdían hasta desaparecer en la nada como dos diabólicos ojos que me observaron hasta disolverse. Estaba allí sola, el ruido de una rama al quebrarse me devolvió a la tierra y quise ver las tres figuras con el estúpido cuello extrañamente doblado y el pasito cansino avanzando hacía mí, -- zus, pie derecho, zus, pie izquierdo, zus, zus, zus,-- primero sanaban bajito, luego fuerte, fuerte, más fuerte, hasta que ese arrastrar de pies retumbo en la oscuridad como rey absoluto, por fortuna no había parado el motor, si el diablo corría tras de mí, nunca lo sabría, pues no me quedaría a averiguarlo.
Los bajos del coche golpeaban el carril de tierra, provocando unos crujidos muy peligrosos, si tenía la mala suerte de perforar el carter perdería el aceite del coche y tendría que volver a pie, -- como justificaría un coche lleno de garrafas con sustancias peligrosas en medio de ninguna parte --, aun así, no estaba dispuesta a parar hasta que no me sintiera a salvo, varias veces perdí el camino de vuelta, estaba desorientada y sobre todo muy asustada, conduje hasta recobrar la calma en la medida de lo posible, divisé el luminoso del hostal a lo lejos, casi de casualidad había encontrado el camino de vuelta.
Paré el motor y entre las sombras que proyectaban los árboles de un improvisado bosque cercano al aparcamiento, algo se movió, un fru, fru de telas ondeando a merced del repentino viento, pensé que el ánimo se estaba volviendo jocoso y gastaba malas pasadas y a pesar de todo una sonrisa se dibujó en los labios como augurio de mejores tiempos.
Los chopos agitaban las copas con toda su fuerza, ecos de voces, murmullos entremezclados, un trueno rompió la reflexión, apenas transcurridos unos segundos la luz de un relámpago encendió la oscuridad y la tormenta arreció con tanta fuerza que parecía quererse llevar el asfalto de la calle.
Continuará...

sábado, 1 de abril de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (16º parte)

Tomé el arcén atraída por las luces de una estación de servicio y las letras luminosas que anunciaban un motel, mantuve un pequeño monólogo recomponiendo la situación. La sangre de la cara no me ayudaría mucho, --aparqué entre unos árboles y con una botella de agua que rodaba hacía siglos de alfombrilla en alfombrilla y que pensé mil veces en tirar, hice buen uso de ella--, me alisé el cabello, cerciorándome que la ropa no se encontraba manchada de sangre, --colaría a Rufo por alguna parte sin que me vieran--,  llevaba el portátil en el maletero, unos días atrás lo puse allí pensando en hacer unas cosas y olvidé sacarlo. -- ¡Bendito olvido!.

El vestíbulo era como todos los vestíbulos, frío hortera e impersonal, el aire lo encontré algo viciado en el interior. Me recibió la sonrisa forzada de un recepcionista medio dormido, más preocupado de despacharme rápido que de fijarse en el estado tan lamentable en el que me encontraba, pagué dos días por adelantado y en efectivo, contándole no se que milonga de la tarjeta, para no parecer un bicho raro, pedí una habitación en la planta baja, -- con suerte podría meter al pobre perro por la ventana, le hacía tanta falta unas horas de descanso como a mí --, me marchaba cuando pensé en Internet.
--¡Disculpe! – el chico se volvió con aire ofuscado por la nueva intromisión en su búsqueda de descanso --. ¿Hay Internet en las habitaciones?.
--Si – contestó con desgana--. Pero hay que pagar un suplemento.
--Ya lo imagino – contesté explícita --.
--También lo quiere por dos días – preguntó con voz vacía --.
--Si claro, por favor, no me molesten, vengo extenuada del camino.
Asintió con la cabeza, dándome las buenas noches se apresuró a hacerse el ocupado para que no le solicitara más servicios.

Recordé que la última comida estaba tan perdida en la memoria que no podía decir cuando fue, giré en redondo, no sin antes asegurarme que el recepcionista se retiraba a la sala contigua, ignorándome totalmente.
El exceso de luz del área de servicio dejaría ciego a cualquiera, di gracias de que el dependiente tuviera en mí el mismo interés que el recepcionista, su mirada planeó sobre mi persona pero creo que apenas si existí unos segundos en el cerebro, estaba en otras cosas, en sus cosas para ser exacto, compré comida y bebida, nunca sentí tanta felicidad al ser ignorada.
Crucé el vestíbulo de la recepción rauda, sin ni siquiera parpadear para no hacer ruido, el lugar estaba silencioso y desierto. Ya en la habitación evalúe las posibilidades una cama, dos mesitas de noche, un escritorio, una silla, un televisor y la ventana que daba al aparcamiento trasero, ¡perfecto! – justamente lo que necesitaba --, abrí la ventana, apenas un metro de altura que salvar, salté al exterior, Rufo con el hocico pegado a la ventana emitía un lastimero lamento.
-- ¡Silencio Rufo!, -- hablándole en tono imperativo para asegurarme que nadie era testigo de la infracción,  lo hice saltar  introduciéndome casi a la vez que él, desparramados por el suelo de la habitación, quedamos unos segundos inmóviles sin saber que hacíamos allí exactamente   
Después de degustar la improvisada comida nos sentimos algo mejor, lo vi dirigirse sigiloso hacia la cama, desde los pies de la misma y sobre la colcha, buscó una mirada de aprobación, -- obtuvo una caricia por respuesta --, después de lo que habíamos pasado poco importaban las normas.
Deseaba dormir más que cualquier otra cosa en este mundo, pero no era el momento, lo primero pensar, recomponer aquel lío en el que desgraciadamente me veía inmersa, las ideas pasaban a tal velocidad que me apabullaban, sin saber como, una de ellas se detuvo y se fijo en el cerebro. -- Exterminio total como si fueran termitas --. Sonaba a autentica locura, por muchas vueltas que le daba, ninguna solución era una solución, solo una chapuza momentánea para salir del paso.
--¡Es la única salida! – lo grité alto y claro y como si de un debate se tratara en el que la votación hubiera sido unánime, aprobé la propuesta y me puse manos a la obra.
Continuará...

martes, 28 de marzo de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (15º parte)

Me sentía confusa, sin saber a donde ir, desplegué un mapa mental de lo sucedido, encarcelé cualquier pensamiento lúgubre en el último rincón del cerebro y puse rumbo a la iglesia, las casas se me antojaron ruinosas, las rejas oxidadas y el camino angosto y oscuro.
Retrocedí con un movimiento rápido, pegué los doloridos huesos todo lo que pude a la vieja puerta desconchada.

El sordo ruido que emitían los pies al ser arrastrados me hizo estremecer, subían enfundados en encapuchadas capas, era imposible distinguir unas personas de otras, la prenda hecha para restar la personalidad, unificar al individuo, todos en uno, repetían al andar una machacante letanía que se asemejaba al ruido de una bandada de abejorros, no había tenido tanto miedo en toda la vida, ya había coqueteado suficiente con la situación, no quería exponerme ni exponer más a Rufo inútilmente.

--¡Qué demonios de ritual era aquel!, no me arriesgaría por curiosidad, pero si estaba dispuesta a impedir que esto no le pasara a nadie más. ¡Gente loca y endemoniada!. Y una vez más traspasando la angustia de la terrible situación, me sentí como una pobre chica de ciudad perdida en un pueblo de gentes mezquinas, sin saber cual era el motivo, no podía desprenderme del sentimiento de soledad que se me ajustaba al cuerpo como una mortaja hecha a medida. 

En el coche de nuevo cerré los ojos e imploré para que arrancara, giré la llave, --rugió como un león agonizante--.
--¡Por favor! ¡Por favor! – supliqué entre dientes -- ¡Por favor arranca, te lo suplico! –sin dejar de girar la llave del contacto y pisando convulsivamente el pedal del acelerador--, por fin cuando ya perdía la esperanza, rugió como si deseara devorarme.
¡Gracias, Dios mío! – jamás dije esa frase con más devoción--, las lágrimas brotaron como un manantial, corriendo por las mejillas, goteando copiosamente en las rodillas, una cortina me nublaban la visión y el razonamiento, solo quería huir, marcharme a un lugar más seguro donde pudiera evaluar y rediseñar la situación.

El vehículo devoraba la carretera, las ruedas chillaban en cada curva, de un manotazo bajé el espejo retrovisor,  no quería comprobar el asiento trasero, pero notaba el aire gélido en el cogote, controlaba mi miedo a través de Rufo, me convencí a mí misma que si él permanecía tranquilo todo estaría bien. Hecho un rosco en el suelo del asiento del copiloto, gemía sin quitarme los ojos de encima, quería creer que era producto del accidentado viaje y no por llevar compañía indeseable. 

Anhelaba con toda mi alma alcanzar las luces de la autopista, creía verlos entre la oscuridad del campo, apostados a la espera en cada árbol, acechándome en el camino, intentando alcanzarme con esos pasitos torpes pero incansables, capaces de perseguirme por toda la eternidad.
Continurá...

miércoles, 22 de marzo de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (14º parte)

El chico gato me olfateó, su bella melena negra giró lenta y simétricamente sobre su cráneo, cubriendo parcial y momentáneamente el rostro, clavó los ojos rasgados sobre mí con una mueca de hastío, un involuntario e insignificante movimiento de sus pupilas me provocó un escalofrío, allí estaban uno junto al otro, yo era su único objetivo, el resto del mundo no existía, la vieja tenía la cabeza ligera y estúpidamente doblada recordándome el reprobable hecho, el viejo no había perdido la mueca de asombró con la que perdió la vida, con pasitos torpes y lentos se acercaban, grité y grité, hasta que una mano me zarandeó el hombro con violencia.


--¡Ah! chillé – notando un escozor en la garganta, Rufo, ladraba a todo pulmón --.
--¡Señorita, señorita!. ¿Qué le ocurre? ¡Señorita! – me gritó una cara extraña intentando abrirse camino entre los míos--.
Me sentía absolutamente desorientada, notaba el  palpitar del corazón en las sienes, los oídos, las yemas de los dedos. Luchando entre el revuelo de gente que rodeaba el coche, salí a comprobar si los tres viejos estaban o solo era producto de un horrible sueño, ocupé de forma atropellada el asiento del conductor, puse el coche en marcha y acelerando con furia salí de la gasolinera, la gente se apartó a lo justo. 

La mirada se fijó en el espejo retrovisor, las manos de aquellos samaritanos se alzaban increpándome por una salida tan desconsiderada, provocando casi un atropello, pero en esos momentos nada importaba, nada era normal la situación estaba fuera de control y yo también. Volví sobre mis pasos y la carretera se me antojó inacabable, la torre de la iglesia estaba aunque iluminada, envuelta por una extraña sombra oscura, el cielo cubierto de nubes negras y un murmullo rellenó el silencio, un cántico monótono cansino, que provenía de todas partes y que me llamaba introduciéndose en el cerebro, no podía pensar, el hombre gato se blandía cual suave bandera al viento de la noche, en lo más alto del campanario, me señalaba con el dedo acusador, dirigiendo hacía mí una maldición imposible de deshacer, sin saber de que manera la dirección del coche se bloqueó, noté un fuerte golpe en la cabeza y la sangre corrió por el párpado nublándome la vista. Había estrellado el coche contra el frondoso chopo que engalanaba la entrada al pueblo, pese al aturdimiento comprendí lo peligroso de la situación, abandoné el vehículo y continué a pie, Rufo me seguía con la fidelidad que le caracterizaba pero temía por él, en esas condiciones estábamos a merced de aquella locura y aunque los hechos eran recientes, tenía la  impresión de que la distancia en el tiempo era grande, necesitaba acabar ya con todo esto. La suerte estaba echada, alguien tenía que perecer y yo estaba dispuesta a no ser la elegida.
Continuará...

domingo, 19 de marzo de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (13º parte)

Llevé hasta el dormitorio una estufa de gas, prendí en la entrada el resto de una pequeña vela que coloqué cuidadosamente en un lugar estratégico donde ninguna ráfaga  fortuita de aire pudiera apagarla, corrí todo lo rápido que pude hasta la cocina, -- ya que estaba más lejos de la puerta que el dormitorio --, giré los mandos del gas al máximo, alcancé la otra habitación a la velocidad del rayo, dejando escapar el gas de la estufa, llegué hasta la entrada con cuidado de no apagar la llama de la vela cuando cerrara la puerta, por si fallaba algo, quebré los cristales de la bombilla dejando los filamentos al descubierto, así me aseguraba la explosión aunque lo de la vela no funcionara, cerré bien la puerta a mi espalda y casi a cuatro patas cruce la calle cerciorándome de que se hallaba desierta, cualquier incidencia me podía haber costado la vida pero en esos momentos eso no era una variable a tener en cuenta, a oscuras entré en casa. 

Rufo me esperaba sentado cerca de la entrada, agarrada a su cuello esperé los resultados, la ansiedad me dificultaba la respiración, el sudor me perlaba la frente. Sentí una presencia en la oscuridad, en ese preciso momento en el que el miedo se apoderaba del animo,  corrí a encender la luz, un estruendo asoló el mutismo de la calle, lo acompañó una luz cegadora y la rotura de todos los cristales delanteros de la casa, el silencio lo envolvió todo de nuevo, solo interrumpido por el crepitar del fuego y alguna cosa que explotaba ocasionalmente, la calle permaneció vacía apenas unos minutos, de la plaza cercana llegaron vecinos asombrados y mudos por la impresión, se miraban desconcertados, el terror dibujado en sus rostros hablaban por ellos. 

Tres lenguas de fuego lamían la fachada intentando alcanzar el tejado, buscando oxígeno desesperadamente para así asegurarse su supervivencia, ennegreciendo las paredes, iluminando la noche como si fuera día. Con la llegada de los bomberos me escabullí, en medio de la confusión, cargué a Rufo en el coche y me alejé todo lo que consideré prudente, no podía pasar la noche en la casa. Seguía sintiendo esa mirada agarrada a la nuca que me obligaba a no perder de vista el espejo retrovisor del coche, paré en la primera estación de servicio que salió al paso, aparqué frente a la cristalera para beneficiarme de la luz del luminoso y apoyando la cabeza  en el respaldo del asiento, los ojos se cerraron sin pedir permiso.
Continuará...

martes, 14 de marzo de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (12º parte)

La arrastré por todo el pasillo depositándola suavemente sobre la cama, ayudándome de un extremo de la manta le cerré los ojos, que extraviados miraban a un punto indefinido. 
Pegando la espalda a la pared, la resbalé hasta sentarme en el suelo y allí permanecí, pasando de la risa al llanto, mirando de forma simbólica al cielo imploré un extraño perdón.

--¡Perdóname Padre porque no se lo que hago! – con esa suplica desgarré el silencio --.
Arrastré los pies que los sentía de plomo hasta la entrada, al intentar abrir, descubrí un temblor que me impedía alcanzar el picaporte, por fin lo conseguí y la lluvia me empapó el cabello, la ropa se pegó al cuerpo y la calma volvió a mí.

Los golpes en la puerta de la otra vieja me sacaron de la abstracción, revolviéndome el pelo fingí una agitación que no sentía, aunque la calle se veía desolada, oí risas a lo lejos y sentí miedo de ser descubierta, me arropé en el umbral, a la espera de que el peligro pasara, si esa gente subía por la misma calle sería un verdadero contratiempo, las risas se fueron alejando desvaneciéndose la alarma. 

La puerta se abrió de repente, pillándome totalmente desprevenida, así que no tuve que fingir la cara de espanto, el pulso iba tan acelerado que no era capaz de reaccionar, ante mi silencio, se asomó a la calle expectante, levantó los brazos, -- la piel que le colgaba se movió como la vela de un barco y con sus huesudas manos se alisó el pelo --, con aire de impaciencia y palabras secas me increpó.
--¡Chica, que es lo que quieres! – con ademán afectado le respondí --.
--La vecina de arriba le ha dado un ataque o algo perecido, por favor venga a ayudarme, no se que hacer – salió atropelladamente de su casa, le lancé una acobardada mirada que ella se tragó –.
--¿Dónde está?
--En el dormitorio he pensado que estaría mejor en la cama mientras llega una ambulancia.
--¿Has llamado a una ambulancia?—preguntó con aire  de sorpresa, haciéndome la pregunta a la par que consultaba el reloj poco complacida por su expresión --.
--Por supuesto – contesté reafirmándome con un movimiento de cabeza.
Nada más contemplar la escena, fue consciente del aterrador suceso, en sus ojos se dibujó un brillo casi salvaje, la miré parpadeando convulsivamente, llevándome el índice a los labios en un signo inequívoco de pedir silencio, una mirada de perplejidad se leía en sus ojos. Agarrándola por el cuello le practiqué un giro tan rápido como seco, el cuello crujió cual rama seca y un ronquido agónico puso fin a la dramática escena, dejé caer el cuerpo sin vida  al suelo y al estirarse el cuello  se dobló en un extraño ángulo sintiéndose atraído sin piedad por la gravedad.
Carecía de tiempo y de energías para lamentaciones. Una risotada imposible de controlar se me escapó al sentirme atrapada,  -- la mano de la vieja en su caída de forma casual me rodeo el tobillo --, el suspiro de alivio al comprobar la casualidad, hizo que saliera de nuevo un sonido exagerado, en un intento vano de no asumir responsabilidades, desvié la mirada. 

La cosa pintaba mal, recorrí la casa buscando la forma de solucionar aquella situación, no podía cargar los dos cuerpos en el coche y pasearme con ellos por todo el pueblo, -- las manos me ardían bajo las vendas y las fuerzas parecían abandonarme – al llegar a la cocina se me ocurrió la solución.
Continuará...

miércoles, 8 de marzo de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (11º parte)

Necesitaba ampararme de miradas indiscretas y la lluvia ayudaría a encubrir los movimientos, -- la visión se volvió borrosa --, el aroma de los frutales en flor se coló sin pedir permiso por la ventana abierta, inundándolo todo, se esfumó con la misma rapidez que llegó, la situación era tan irreal que no la hubiera imaginado ni en la peor de las pesadillas, el temblor de las manos era casi imperceptible pero suficiente para hacer caer el vaso que sostenía entre los dedos.

Azocada tras la ventana observé, la casa sin pestañear, esperando el momento propicio, intentando por todos los medios que la presión no me pudiera --. ¿Cuál era el momento propicio?--. Me sentía agotada, pero la mente permanecía lucida, observé por última vez la destartalada casa, las pequeñas ventanas, bajé la escalera sin pensármelo dos veces, abrí la puerta de la calle, llené los pulmones de aire fresco, limpio del atardecer y el animo mejoró.

Los segundos que trascurrieron entre el toque con los nudillos en la puerta y la apertura de la misma, parecieron días, lustros, me quedé mirándola en silencio, al escuchar su voz un escalofrío me recorrió la espalda, cual golpe certero de un látigo que azota el animo, la voluntad.
--¡Hola, hija que deseas! – su tono era inocente y amable, sin embargo su voz sonó   turbia, con mirada maliciosa escrutaba cada uno de mis gestos, estudiándome.
--¿Podría hablar un momento con usted? – con gesto dubitativo me franqueo el paso, en silencio salvamos la distancia hasta el salón y con un ademán de la mano me ofreció un asiento, la lengua se me enredó al intentar hablar, ante el extraño comportamiento la mirada de la vieja se volvió errática.
En ese instante supe que era el momento, si no lo hacia en ese preciso instante, no lo haría, metí la mano en el bolsillo, -- allí estaba el pañuelo --, le rodeé la piel flácida de la garganta  y con un movimiento rápido y seco, su cuello crujió como una nuez cascada y cayendo suavemente hacia un lado, apenas si le dio tiempo a oponer resistencia, sus ojos quedaron fijos en el techo, su expresión se debatía entre el escándalo y la perplejidad, accidentalmente la rocé para recuperar el arma homicida, se me resistió un poco al quedar enganchada en un pliegue, una arcada acudió veloz, logré controlarla con una mueca esperpéntica.
--Una fina lluvia que en poco segundos se convirtió en tromba, comenzó a caer de nuevo, como si el cielo reprobando los hechos, demostrara su pena.
Continuará...

lunes, 6 de marzo de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (10º parte)

Viejas Arpías 

El cansancio no fue suficiente para silenciar el hecho, los ojos se posaron sobre las manos y un doloroso grito estremeció el silencio. Había perdido la uña del dedo índice derecho, cuatro dedos casi reventados como gusanos pisoteados, la tierra y la sangre se adhería a las heridas provocando un dolor insoportable, las enjuagué en el chorro de agua tibia, ahogando la necesidad de expresar el dolor mordiendo una toalla, cerré los párpados para soportar el horrible martirio, las introduje en un cuenco con agua oxigenada, cubriéndolas seguidamente con una solución yodada, las envolví en dos toallas limpias y agotada por el doloroso esfuerzo, me desplomé sobre el colchón. 

Rufo me despertó a lametones y profundos aullidos, lo había olvidado por completo, era evidente que necesitaba comer y salir al jardín, le llené el plato, el cual devoró con gran satisfacción, sentada en unas de las tumbonas del jardín viendo como mi amado can disfrutaba de la libertad, abrí un refresco -- no sin pocas dificultades, estaba claro que las momias no tenían que abrir latas de refrescos--, observé el liquido chocando contra el hielo y el alegre chisporroteo me evadió por un momento de las terribles circunstancias en las que me hallaba inmersa. 
Emanaba algo parecido a la serenidad pero sin embargo nada tenía que ver con ese sentimiento, en el interior un volcán en erupción se encontraba en pleno apogeo, estaba dejándome llevar por el placentero momento.
Un vecino se asomó a su terraza le lancé una mirada glacial, la cual recompensé al momento con una sonrisa inocente y complaciente, limité mí saludo a un breve movimiento de cabeza, enseguida abandoné el lugar dejando a Rufo olisqueando insectos con visible despreocupación.

Desoyendo cualquier consejo o señal de alarma, me enfrasqué en la ardua tarea de vigilar a la vecina del peinado aristocrático y reflejos malva en sus cabellos, aunque estábamos en verano, la  tarde sin previo aviso se cubrió de nubarrones negros y casi al instante el cielo lloró sobre las calles, el ruido persistente y monótono de la lluvia me estaba exasperando, los niños se retiraron de los lugares de juego con gesto apático y desganado, en pocos minutos todo quedó desierto, -- con la voz desgarré el pensamiento --.
--¡No esperaré más, esta misma tarde acabaré con esta agonía! --al levantar la cabeza, el cristal de la ventana me desveló la palidez mortecina de mi rostro, me pregunté si ese seria el aspecto que tienen los asesinos, si la máscara de la muerte la veía yo o era visible para todos --.
Era tarde para aquellas reflexiones, estaba cayendo por una pendiente y nada podía parar este descenso a los infiernos.
Continuará...

lunes, 27 de febrero de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (9º parte)

Corrí descalza y enloquecida intentando encontrar a ciegas algo para cubrir aquella repulsiva escena, necesitaba pensar, calibrar los riesgos y planificar una estrategia, los ojos se escapaban hacia aquel trapo. ¿Y si se movía...?.
Recogí hasta el último trocito de la bailarina que había acabado sus lastimeros días en aquella refriega improvisada, salvé los escalones de dos en dos recuperando las pruebas de la trampa asesina. La compasión no acompañó el momento, sólo el temor a que el cuerpo no se encontrara en el lugar donde lo había dejado, al comprobarlo, la saliva chasqueó en la garganta produciendo un sonido que rompió el silencio.


Cuando por fin pude introducirlo en el maletero, la respiración se agitaba igualándose a la de un can perseguido por el mismísimo diablo, el cuerpo me brillaba como mojado por una  prolongada ducha, la piel ardía febril, fruto del tremendo esfuerzo, golpeé con fuerza la chapa del coche para asegurarme de su fiabilidad, giré la llave en la cerradura en un acto de aseveración, precipitándome  al interior del vehículo. La caja de cambio gruño y regruño respondiendo a la torpeza, la mano salió despedida como si hubiera recibido un inesperado calambrazo y amparada en la oscuridad recorrí la distancia que me separaba del antiguo pozo, antes fuente de vida, ahora seco y abandonado en la finca de Isabel que tantas veces había visto sin prestarle atención en mí azarosa búsqueda de la piedra perfecta --. Un saco de sal olvidado en el interior del maletero aseguró el éxito de la empresa, al impactar el cuerpo en el fondo del profundo agujero, produjo un chasquido que despertó la angustia alojada en el estómago, seguido casi inseparable de otro, como si un gran bloque de gelatina hubiera reventado en el interior, perforé el plástico dejando una boca abierta al saco, por la que vomitó la sal sobre la masa innoble que yacía inerte. Absorbí con fuerza por el extremo de la manguera hasta que la gasolina rebasó el límite e inundó la boca, escupí repetidamente intentando librarme de ese sabor. ¡Imposible conseguirlo!, vertí el liquido inflamable escuchando el goteo alcanzar el fondo, me despojé de la blusa, impregnándola, le prendí fuego para asegurar el éxito, las llamas escalaron apenas un par de metros, pero el hedor a carne churruscándose se hacia insoportable, esperaba que no atrajera ningún visitante no deseado, cuando se extinguió, arañé la tierra hasta cubrir el fondo de aquel improvisado sarcófago. 

Despuntaba el día cuando di por finalizada la tarea, necesitaba darme prisa, no podía pasearme tan ligera de ropa, al fin y al cabo aquello no era más que un pequeño pueblo de lenguas afiladas y mentes estrechas.
Exhausta, sólo pude llegar al sofá y liberar la tensión acumulada, los ojos se llenaron de lágrimas, pero el corazón permaneció impasible, no sentía compasión por aquel extraño y aterrador invasor de mi vida. La flaqueza no tenía cabida, sólo era el comienzo de aquel destartalado y extraño suceso, quedaba gente peligrosa a la que exterminar como una plaga de termitas.
Continuará...

jueves, 23 de febrero de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (8º parte)

Los tacones golpeaban el asfalto rítmicamente en la vuelta a casa, dejaba que la luz de la luna entrara a raudales por la piel sudorosa, fruto del esfuerzo y el aire sofocante del verano, sólo llevaba una cosa en la cabeza, no permitiría que aquellos demonios succionaran la savia vital, no les daría vida a treves de la mía y para ello usaría cualquier método legítimo o ilegítimo .
Escogí los lugares más angostos y solitarios, nadie debía verme.   

Ya en la parte posterior de la casa, frente a la fachada, camuflada entre las sombras, calibré las posibilidades de acceder a la casa del vecino, casi a ras de suelo una pequeña ventana cubierta por una tela metálica corroída por la humedad, me daba acceso, aunque era bastante pequeña, lo conseguiría, con la ayuda de la diminuta llama que me proporcionaba la danzarina luz de un mechero,  escruté el interior, parecía un pequeño cuarto de aseo en desuso, empujé con la mano y sin demasiado esfuerzo cedió, el agujero de la ventana era pequeño pero no lo suficiente para  no introducirme por el, ya dentro dejé que los ojos se adaptaran a una oscuridad casi absoluta, recorrí las habitaciones con lenta minuciosidad, estudiando cada rincón, sonido o fluctuación ajena a mí, en el piso superior descubrí el cuarto del sueño. 

La luz amarillenta desparramada por las viejas baldosas, la ajada colcha, el horrible papel pintado, ante aquella indudable realidad el aire se quedó atrapado en el esófago, -- sin poder recordar como sacarlo de ese lugar, que en aquel momento me parecía tan remoto --, el mareo se paseo por la cabeza y casi en el mismo momento de caer al suelo una salvadora bocanada de oxigeno entró atropelladamente inundando los pulmones. –Dios mío—pensé—agitando convulsivamente el tórax – casi me ahogo, recuperando poco a poco la calma, las pupilas se pararon sobre una espacie de hilo blanco que descansaba en una destartalada mesa, sin saber para que podía servirme, lo apreté entre los dedos como si se tratara de un gran tesoro, la escalera de bajada conformó la idea.
El viejo descansaba despreocupado sobre un manchado colchón sin sabanas en el cuarto contiguo, la atmósfera era densa en aquella casa, espesa, maloliente, a cada paso necesitaba contener el ansia.


Todo fue rápido, la idea y la ejecución, casi sin pensarlo, el azar parecía el mejor aliado, até el hilo a una cuarta de altura, de parte a parte en el cuarto peldaño de la escalera de bajada, de un salto salvé la distancia de dieciocho escalones que me separan del suelo, agazapándome a cuatro patas, -- la figura de una bailarina con un pie menos, me distrajo por unos instantes --, caigo sobre la baldosa del piso inferior golpeando con fuerza de forma intencionada, produciendo un estrepitoso sonido en el silencio nocturno, ese ruido hizo salir de su cubil al villano o lo que fuera. Emulando a una cobra quedé enrollada sobre el último peldaño, la cabeza erguida esperando el ataque del intruso, las fosas nasales se abrían y cerraban aleteando con violencia, me costaba respirar, pero eso ahora no importaba, la valentía impuesta por necesidad controlaba la situación y en aquel momento el viejo se me antojó gigantesco, en pie sobre el inmenso zigurat, sonreía solo con la comisura de la parte derecha,  el iris de sus ojos se agrandaba intentando recabar toda la información posible para no fallar, por unos segundos el miedo me hizo concederle poderes especiales, creí que alzaría el vuelo llegando a alcanzarme, -- no podría decir si lo próximo que relataré fue realidad o solo producto de mi asustado cerebro --, sus brazos se curvaron lentamente volviéndose patas dentadas a modo de mantis religiosa, no percibí movimiento alguno, sin embargo toda aquella locura fue acompañada por un espantoso estrépito, con un instinto innato de supervivencia protagonice un salto imposible, caí cual hábil felino sobre las cuatro extremidades, --lo siguiente que recuerdo es el viejo maloliente con el cuello roto, los ojos muy abiertos ya sin vida llenos de incredulidad, en los labios se leía un grito ahogado por la inesperada llegada de la señora de la guadaña.
Continuará...

lunes, 20 de febrero de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (7º parte)

Ya en la habitación de aquel destartalado hotel, recobré algo de la calma perdida, llené la bañera y al sentirme inmersa en esa agua acogedoramente templada, el sosiego me acunó entre sus brazos. Exhausta, el sueño me envolvió como  niebla repentina rindiéndome a él, sin poder hacer nada para evitarlo.

Soñé cosas confusas y a la vez terribles, amenazadoras manos que se aferraban a las extremidades impidiéndome el menor movimiento, monótonos cánticos y esos ojos macabros clavados en la carne como dolorosos alfileres. Desperté horas más tarde, el agua se había enfriado, los labios comenzaban a amoratarse, tardaría tiempo en no parecer la vieja bruja del cuento, arrugada y fea, cerré el albornoz con precipitación,  blanca cual mortaja, arrugada como una anciana, había vuelto a dejar salir la lúgubre cruz marcada, la piel ajada momentáneamente agravaba el aspecto de la misma, me asemejaba a una res marcada para ser sacrificada en el matadero, la idea solo persistió unos segundos, pero fueron suficientes para generar un estado de angustia  jamás sentido.
Se me escapó un grito, entre el suspiro y el sollozo, la penumbra se espesó volviéndose noche, apoderándose de mí un éxtasis de terror repentino.
Expresé en voz alta los pensamientos para hacerlos más reales.
--¡Seguro que no me han seguido! – dije -- enfatizando las palabras todo lo que pude y la voz sonó falsa.
Atranqué la puerta y la ventana, corrí al interior del armario como si de una habitación del pánico se tratara, parapetada en la oscuridad, urdí un plan para vencer aquella extraña amenaza, no sabía a que me enfrentaba, no existía ningún código o libro de instrucciones, la información que poseía era menos que nada, pero los hechos reales y el horror tan autentico como que en ese momento un armario oscuro y frío era mi centro de operaciones, no podía contar con ayuda externa, solo me tenía a mí misma y era necesario que fuera suficiente.
Continuará...

jueves, 16 de febrero de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejar arpías (Peras) (parte 6º)

--Peras--
El agua tibia resbaló por la espalda, los muslos, abrí los labios y dejé que penetrara deslizándose hacia los senos como una cascada, las gotas golpearon la frente, diminutos martillitos que intentaban devolverme la cordura. Mil pensamientos bullían confusos en la cabeza pero de algo estaba  segura, no me estaba volviendo loca. 

Subí la temperatura y el agua demasiado caliente reaccionó sobre la piel, el milagro se estaba obrando, confirmándome que no estaba chiflada, ni por lo más remoto, una cruz me atravesaba el torso como la travesía de una basílica, nacía en la garganta usando los brazos de travesera, llegando hasta el mismo pubis. En un principio me resistía a pensar que las repugnantes manos de los cuchicheadores me habían rozado con aviesas intenciones, a través del espejo comprobé con ojos desencajados la horrible certeza y el rostro se mostró como un paño mortuorio, estaba aterrada, la barbilla se convulsionaba en un temblor irrefrenable, el corazón latía rápido, jadeante intentaba retomar el ritmo de la respiración, me estaba asfixiando y no sabía que hacer para calmarme. Intentando lanzar un grito, sólo logré emitir unas palabras con voz estrangulada.
--¡Serán asquerosos, no me lo puedo creer! ¡Dios! –alcé la voz todo lo que pude--, me resistía desesperadamente a que aquella monstruosidad fuera lo que fuera, volviera a pasar y un sentimiento de soledad embargó mí alma, no podía confiar en nadie, ni creerme nada, tendría que resolverlo yo sola, nadie creería semejante locura, quizás el mejor as en la manga de los monstruos con los que había tenido la desgracia de toparme.

En un ahogo involuntario intentando tragar saliva, la garganta produjo un chasquido, necesitaba pensar, me enfundé en unos vaqueros y un jersey azul, calcé unas playeras y con el bolso colgado al hombro, accedí a la calle, parecía que mí presencia no llamaba la atención de nadie, aunque es correcto decir que solo un galgo flaco olisqueaba el asfalto como único testigo de la huida. Caminé sin rumbo procurando esconderme de las miradas que no me miraban.

La rama de un peral me golpeó en la frente haciendo que perdiera el sentido de la orientación, aceleré el paso, más rápido, más rápido, la respiración galopaba, más, más hasta desembocar en una alocada carrera. La tierra recién regada engullía los zapatos, hundiéndolos peligrosamente, arrancándolos de los pies, proseguí la huida sin mirar atrás, el viento me siseaba al oído, las peras ya maduras, me golpeaban en todas partes con cansina insistencia, duras como piedras, procuraba proteger el rostro y la cabeza de sus dolorosos golpes. Por fin la última hilera, -- y a lo lejos, apenas a cien metros, la estación de autobuses--, la tenía allí mismo, pero la ansiedad por alcanzarla me la hacia inalcanzable, por fin pisé las finas baldosas, los pies patinaron al contacto con el pulimentado suelo, por megafonía anunciaban la salida en breves minutos de un autobús rumbo a la ciudad, ignorando las miradas, entré precipitadamente en el vehículo. El conductor me observó de arriba abajo— interrogándome con aire preocupado --.
--¿Se encuentra bien señorita?—bajé la vista hasta dirigirlas al punto de encuentro del interlocutor, surgiendo los pies como albóndigas rebozadas en barro, los zapatos en la mano y el pelo enmarañado y lleno de hojas. ¿Cuánto falta para salir? – pregunté avergonzada --.
--Vaya al baño si lo desea, creo que podemos esperar apenas un minuto. --dijo el conductor amablemente --.¿Seguro que no desea que llamemos a la policía?—insistió el conductor --.
--No, estoy bien, tenía prisa por llegar y corté por el campo de cultivo, no ha pasado nada. –me miró con aire de incredulidad pero se conformó con la respuesta—
--¿Bien? – contestó—y en su voz se leyó la complacencia, no la certeza.

El motor diesel rugió con fuerza y el autobús comenzó a zarandearse como una araña con una pata menos, dejé que el traqueteo me adormeciera hasta la ciudad, intentando darme un tiempo para vaciar la cabeza de malos presagios.
Por fin, el transporte llegó a su destino, el intenso alumbrado me molestaba, quería perderme y aquello no ayudaba, lentamente los pies se posaron en el frío suelo, descalza, avergonzada y asustada, buscaba una solución rápida a el problema del calzado, un kiosco de revistas propuso la solución, una revista regalaba una especie de alpargatas por su compra, me parecieron el calzado más bonito que viera nunca, escondiendo los pies me hice dueña del preciado botín, ahora sentada en un banco del andén, apretaba el bolso contra el pecho, mirando desconfiadamente a cualquier pasajero que cruzara por delante, --¿Qué hacer?. ¿Dónde podía ir para estar segura y tranquila?--. Sin ser consciente de ello encaminé los pasos hacía la salida, a pocos metros el luminoso de un hotel me invitaba al descanso y la reflexión que tanto necesitaba en esos momentos.
Continuará...

lunes, 13 de febrero de 2017

Manzanas, peras, cerezas y viejas arpías (5º parte)

Isabel se acercó a casa ofreciéndome un trozo de pastel de no se que pueblo vecino, acepté la dádiva y la charla por cortesía pero no podía concentrarme en nada, contestaba como una autómata, distraída, lejos de todo pensamiento lógico y racional.
No quería volver al interior de la casa,  así que cuando las sombras cubrieron el jardín me agazapé en un rincón aterrorizada. Aún no había podido pensar ningún plan.

Un sordo cuchicheo llegó del exterior, alguien ágil como un gato saltó la tapia sin apenas esfuerzo, cayó sobre sus pies con las rodillas flexionadas, el pelo largo, muy lacio, se levantó al tiempo que sus brazos como si intentaran iniciar el vuelo, se posó sobre el piso de piedra suave y silencioso, todavía en posición de caída reconoció el entorno –el corazón iba tan  rápido que me delataba, la respiración jadeante hubiera alertado a una cuadrilla de sordos --, su cabeza giró certera y sus ojos fríos y brillantes cual luciérnaga, se posaron en el rincón que me ocultaba, sin prisa y seguro de su victoria, giró la llave lentamente y la puerta se abrió despacio, dando paso a los cuchicheadores del exterior. En la oscuridad pude distinguir claramente a cinco personas, seis con el saltador.
--¿Qué queréis?. ¡Fuera de mi casa! –grité y la voz se quebró fruto del miedo --, haciendo caso omiso de la imperativa súplica, siguieron con sus extraños planes. 

La luna llena derramaba su luz sobre las plantas y los cuchicheadores, alargando sus sombras engañosamente pareciendo amenazadores gigantes, con antifaces pero a boca descubierta, hundieron el dedo índice en sus labios, emitiendo un siseo serpentino pero inequívoco de silencio. Reconocí tres al instante, el vecino justo de al lado, un viejo asqueroso y amargado, la señora de enfrente con su porte santurrón y  su pelo aristocráticamente peinado de color blanco con reflejos malva, -- prueba de los años vividos --, y otra señora que vivía al final de la calle y a la que solo había visto pasar un par de veces, -- lo que si estaba claro que a ella no le había pasado desapercibida --, el resto se mantenía abrigado por la oscuridad.

Algo me golpeó la cabeza con fuerza y todo se fundió en negro como una pantalla de cine.
Sentada en la cama con la vista desenfocada, el armario se volvía borroso, se desplazaba a la izquierda y sutilmente a la derecha yo lo seguía hipnotizada, cerré los ojos con fuerza y con la mano taponando el vómito, corrí a ciegas al baño, el marco de la puerta no debía estar en su lugar o yo no debí correr con los ojos cerrados, el impacto me despidió a toda velocidad contra la pared del pasillo, haciéndome perder el equilibrio y la consciencia, desperté tendida sobre una pasta pestilente, fruto de mi propio desequilibrio, no pude más que reptar un poco, apartar el rostro y el cabello, quedando inconsciente de nuevo.
Continuará...