Llevo mucho tiempo sin escribir nada para vosotros, disculpad mi ausencia, pero he vuelto con las energías renovadas.
Tengo algunas noticias que daros, la primera es que ya tenemos canal en Youtube, la segunda es que estamos estrenando en el canal una serie de audio relatos cortos de suspense, terror y humor fantasmal, os invito a entrar, suscribiros y a darnos likes, también os pido que comentéis lo que os gusta y lo que no en los comentarios tanto del canal como por aquí.
También continuaré la serie de Las Largas Noches de Elena.
Bueno mis queridos Luciferos, os dejo con el vídeo.
Link video: https://www.youtube.com/watch?v=Rax_t16GiKY
Vamp.
viernes, 24 de abril de 2015
miércoles, 30 de abril de 2014
Las Largas Noches de Elena (4º parte)
La luz del sol la obligó a cerrar violentamente los ojos quedando cegada por unos instantes, su calor la envolvía suavemente atravesando las finas fibras de la vaporosa blusa, reconfortada, le mostró el rostro a su benefactor y con cierta premura se encajó las gafas de sol.
La oscuridad de los cristales le devolvió la ansiada visión del bello entorno. La calle sin trafico le permitía disfrutar del murmullo de las aguas del Sena a su paso por la bella isla, dos señoras de cierta edad paseaban un par de Yorkshires terrier, mimados e impertinentes, ni ellos mismos sabían si querían pasear o protestar, tirando de sus correas sin control, un caballero de cierta edad pero de buena planta, leía muy interesado el Le Monde, entre los claroscuros de un centenario árbol, disimuladamente se fijó en ella por unas décimas de segundo, volviendo a su lectura casi de inmediato, Elena encaminó sus pasos sin rumbo, dejó que sus pensamientos se mezclaran con la brisa y volaran libres, alejando los malos augurios, poco a poco entró en un estado de ensoñación, el espíritu escapó sin control a tierras lejanas, remotas, realidad y fantasía se mezclaron sin permiso descontroladamente.
Elena paseaba por una la verde pradera, la gravedad no parecía tener poder sobre su cuerpo y sus saltos le permitían caídas a cámara lenta, el cabello se elevaba como en un anuncio de champú, sus saltos de gacela eran precedidos por un Golden Retriever color canela muy claro, casi blanco y aunque no reconocía el perro de ninguna etapa de su vida, si estaba segura de que se llamaba Fluflo.
Un barco lleno de turistas con la música a toda pastilla la sobresaltó, Fluflo repitió en voz alta intentando darle verosimilitud al nombre.
--¡Fluflo!, ¡no!, yo no le haría eso a un perro, es un nombre estúpido –dijo, negando con la cabeza y en voz alta--. Está claro que los sueños son una estupidez sin sentido la mayoría de las veces.
El escandaloso barco turístico se alejó con rapidez y la calma volvió a la zona como un regalo para los transeúntes, acostumbrados a que el único disturbio, fuera el canto de los pájaros o el ruido ocasional del motor de un coche.
Su estomago rugió haciéndola bajar a Elena a la tierra, intentando decidir donde podría saciar el apetito, miró a su alrededor, la gente sentada sobre la hierba disfrutaba del hermoso día y en un banco apenas a diez metros de distancia, el hombre del periódico, podría casi jurar que era el mismo hombre, cuarenta y muchos, bien vestido, con aire señorial, nada llamativo para la zona, pero Elena le resultaba familiar sin saber la razón, quizás era un vecino y lo había visto más veces sin percatarse de ello, ciertamente estaba algo paranoica, sin querer darle mas importancia se alejó buscando un lugar donde comer algo, no recordaba cuando fue la última vez que ingirió algo de alimento.
Su lugar favorito, un viejo local, regentado por una joven pareja que decidió conservar todo el encanto retro, restaurando sin permitir que perdiera la pátina que le daba ese regustillo a otro tiempo, cuando la vida era menos ajetreada y las personas se ruinan para charlar de sus cosas o de otras cosas y un café era solo una excusa para pasar una tarde con amigos.
Nada más entrar, un joven la acompañó hasta la mesa, ofreciéndome las exquisiteces de la casa, pidió un té helado y una tregua para decidir entre tanto manjar.
El chico que me había traído el ramo de flores, estaba apostado junto a otros jóvenes frente a la cristalera, parecía estar dándole buen uso a mi generosa propina, al percatarse de mi presencia, me miró con desconfianza, yo le regalé una sonrisa a modo de tregua, el me hurtó la mirada y abandonó el local en pocos minutos, ahora iba asustando a la gente, desde luego me estaba convirtiendo en una verdadera bruja, esbocé una amarga sonrisa y volví a la carta con cierta resignación.
--Garçons, s'il vous plaît.
En unos segundos el joven atendió amablemente mi comanda, mientras esperaba, el deambular de la gente por la calle me distraía. El hombre del periódico, volvió a reaparecer en escena, está vez la miró sin recato, fijándose en ella descaradamente, se llevó la mano a la cabeza como si tocara un sombrero imaginario para saludar y se perdió en el interior de una tienda de delicatessen, la oscuridad del interior lo engullió, tras atravesar el umbral de la puerta, con la boca aún medio abierta por la sorpresa, tuve que recomponerme ante la voz que llamaba mi atención.
--¡Mademoiselle!, su comida. ¿Desea algo más?,-dijo el joven camarero--.
--No, gracias –le contesté totalmente ausente—
Estaba más hambrienta de lo que pensaba y el aroma de los alimentos finamente cocinados, me hizo salivar, olvidando por un momento al impertinente individuo, durante el tiempo que degusté la comida solo pensé en disfrutar del momento, de lo demás me preocuparía mas tarde, nada ni nadie iba a estropearme mi instante gastronómico, o eso creía yo, cuando mi paladar sucumbía ante un postre de muerte por chocolate y mi cerebro procesaba el placer de fundirse el chocolate negro, blanco y con leche, aquella figura ante mí, me hizo atragantarme, tras la servilleta, tosía intentando no ahogarme.
--¡Discúlpeme! --dijo la negra silueta--, no pretendía incomodarla.
Casi sin voz todavía afectada por el susto y entre toses, le contesté.
--¡Va por el mundo asustando a la gente! –le dije sin disimular el enojo—
--Esta claro que usted y yo no tenemos forma de empezar una conversación en condiciones, no sabe cuanto siento lo que ha pasado, --y su tono de voz sonó apesadumbrado--.
La silueta tomó forma y por fin descubrí por qué me resultaba familiar, era el cretino del aeropuerto, al que despaché con cajas destempladas, no se pude tener más mala suerte, idiotas hay por todas partes, pero solo a mí me pasa que vivan en mi mismo vecindario.
--¿Puedo sentarme?, necesito que me permita compensar este agravió
--No existe tal agravio, yo me he asustado y punto, tampoco pasa nada, márchese tranquilo, sus disculpas han sido más que suficientes para mí.
Estaba claro que aquel hombre no tenía la más mínima intención de darse por vencido, así que quedaban dos caminos o le decía directamente que se fuera y no volviera a mirarme o lo dejaba hacer, elegí la menos violenta y llamativa.
--Siéntese, por favor,--dije sin convencimiento—
Para él fue suficiente, se apresuró a sentarse y con una sonrisa de oreja a oreja y el entusiasmo de un niño frente a un dulce deseado, --me dijo--.
Deseo. ¡No rectifico!, necesito invitarla a algo, no puedo perdonarme el susto que le he dado, --insistió, pertinaz como una plaga bíblica--.
Segura de no poder deshacerme del caballero, acepté a regañadientes.
--¡Esta bien!, tomaría un café.
--¡Magnifico!, me llamo Bruno Pescarelli --dijo, absolutamente entusiasmado—.
--Elena,-- dije muy a mi pesar--.
--Simplemente Elena,-- dijo acariciando mi nombre con su voz--.
--Elena, no le parece suficiente.
--Me parece lo que a usted le parezca, Elena, un nombre bello y con fuerza, suficiente para una mujer como usted, no necesita nada más.
Resultó ser un elocuente conversador, no exento, de cierto humor, sin darme cuenta llevábamos horas hablando de arte, viajes, incluso era un gran entendido en moda, sabía escuchar, el momento exacto de hacer una broma, tanta perfección me estaba poniendo los pelos de punta, ignoraba que tantas virtudes fueran capaces de reunirse en el cuerpo de hombre. El envoltorio no estaba mal tampoco, cuarenta y muchos pero sin nada que envidiar a un hombre más joven, delgado, piel bronceada, con una espesa cabellera castaña, ojos marrones y una sonrisa cautivadora.
Como pueden suponer paseamos, cenamos, volvimos a pasear y me descubrí riéndome despreocupada como una adolescente cautivada por su príncipe azul, hacía años que no me reía así, que no vivía una velada o que no me permitía una velada como esa, ahora temía la hora de la despedida, deshacerme de Bruno no resultaría fácil, tendría que recurrir a todas mis armas.
No había ni la menor duda de la autenticidad de su sangre mezclada, entre Francia e Italia, por sus venas corría el encanto francés, junto con la picaresca italiana, era un pícaro encantador y travieso como un niño, sin embargo fue sorprendente hasta para mí con la facilidad que abandono una causa por la que yo creía lucharía hasta las últimas consecuencias.
--¡Elena!,--dijo con cierta teatralidad--, me has regalado una noche fantástica, no lo olvidaré y abandonaré todo intento de insistir en una penúltima copa, si me ofreces el placentero honor de comer al mediodía con este viejo caballero, --acariciando mi mano, me la beso suavemente--.
En ese momento me pareció una salida tan fácil, que ni siquiera me paré a pensarlo.
--¡Te recogeré a la una!,-- dijo sin darme tiempo a pensar--.
-- ¡Está bien!,-- contesté sin reflexionar y algo aturrullada por la situación.
Se alejó con paso pausado, su sombra se mezcló con la oscuridad de la noche y desapareció.
Con la sonrisa puesta, giré la llave en la cerradura, empujando la pesada puerta con el hombro, una vez en el interior, corrí escaleras arriba sin pararme a encender la luz.
Una voz enérgica, interrumpió la entrada a mi casa.
--¡Estas loca!,--dijo casi en un grito--, acaso no tienes juicio. ¿Como sabes que ese hombre es de fiar?. ¿Qué sabes de ese individuo?
Todavía sorprendida por la intromisión y sobresaltada, --contesté airada--.
--¡Señora Bartán!,--dije en un grito--. !Se ha pasado usted de la raya!, como se atreve a espiarme e increparme por lo que yo haga con mi vida.
--¡Niña tonta y estúpida!,--grito la señora Bartán--.
Los vecinos ante tanto escándalo, se asomaron protestando, acercándose al lugar del conflicto.
(CONTINUARÁ)
Vamp.
lunes, 7 de abril de 2014
LAS LARGAS NOCHES DE ELENA ( 3ª parte)
Jadeante y con las pupilas
dilatadas, se giró bruscamente. El tono de su voz reflejaba la ansiedad que en aquel momento la mantenía
alerta como un felino acorralado y deseoso de escapar de una amenaza, apoyada
en la pared intentaba recuperar la compostura, su voz sonó chirrriante, casi
estridente, como el raspar de las uñas sobre una pizarra de colegio.
--¿Señora Bartán usted nunca
duerme?, ¡apenas si despuntó el día, faltan al menos un par de horas para que
el barrio cobre vida! – preguntó, casi afirmando --.
Una risita muda se pintó en el
rostro de la vecina cotilla, a Elena le recorrió un escalofrío por toda la
espalda, aquella expresión de complicidad como si pudiera leer en ella, incluso
a través de ella. ¿Aquellos ojos que sabían, o sospechaban, que ocultaba la
disimulada mofa de la vieja entrometida?. Apenas en un segundo las palabras
contenidas hasta ese momento en el interior de la anciana garganta, escaparon
como una catarata de afirmaciones inquietantes.
--Querida niña, tu abuela vivió
en esta casa durante muchísimos años y llegamos a ser casi hermanas. La guerra
fue dura y eso nos hizo mujeres fuertes e independientes, tu querida abuela, de
la que llevas el nombre, no es lo único que compartes, sois tan parecidas que
me transportas a tiempos felices, cuando todavía ella vivía y a mi no me había
abandonado la juventud y el corazón se dispara por la emoción.
Elena cada vez más incomoda,
intentaba escapar de la absurda situación, se sentía intimidada, una niña
pillada en falta, los nervios la estaban traicionando.
--Señora Bartán, llevo viajando
toda la noche, necesito descansar un rato, si me lo permite hablaremos en otro
momento de los viejos tiempos, podrá contarme todas esas cosas que compartió
con la abuela y que yo desconozco.
En ese momento deseaba más que
otra cosa en el mundo deshacerse de la vieja, hasta ahora vista como la vecina
entrometida y cotilla, sin embargo algo le decía que la realidad podía ser muy
distinta y estaba dispuesta ha llegar hasta el final, los cabos sueltos la
ponían en peligro y no estaba segura hasta que punto aquella señora disfrazada
de anciana cotilla, podía ser una amenaza. ¿Qué sabía?, no pensaba con la
suficiente claridad, pero las últimas palabras de la señora Bartán la dejaron
paralizada.
--Perdona querida niña, soy una
vieja desconsiderada y pesada, conozco ese gesto, esa arruga en tu entrecejo
denota el cansancio que arrastras, desde muy pequeñita sabíamos tu estado de ánimo
por ese gesto.
--Bien señora Bartán, hablaremos
en otro momento, gracias por la información.
La vieja señora inclinó su cabeza
como signo de cortesía y aceptación, Elena quiso sonreír pero solo logró
dibujar una mueca en su rostro, abandonó el rellano con rapidez, apoyó la
espalda sobre la gruesa puerta de la casa y así permaneció, inmóvil, tensa, confusa,
con preguntas a las que le faltaban respuestas, las piezas de aquel extraño
puzzle no encajaban.
Esa casa ella la había heredado
de su abuela y no recordaba haber vivido allí durante su infancia, ¿Qué
escondían las palabras de la señora Bartán?, ¿Por qué ahora le contaba todo
aquello y no la primera vez que la vio? ¿Por qué no podía recordar nada de lo
que le había dicho aquella señora?
Recordaba perfectamente, el
internado y los viajes con la abuela que duraban todas las vacaciones por
distintas ciudades europeas, sus años en el campus, pero jamás visitó esa casa,
solo tras la muerte de su abuela recuerda esa….quizás esos déjà-vu que la
acompañaban.
Con el sol colándose por los
ventanales del salón se descubrió sentada en el suelo apoyada todavía en la
puerta de la calle.
--¡Necesito un baño y una taza de
café, estoy perdiendo la razón definitivamente!, --dijo en voz alta, para
escucharse y descartar una alucinación provocada por el cansancio--. ¡Lo
primero, es lo primero¡ – siguió hablando en voz alta para escucharse--, de
rodillas frente al mueble del fregadero abrió las puertas y activando un
resorte disimilado hábilmente en el lateral del panel trasero, apareció como la
cueva de Alibaba y surgió una habitación del pánico, perfectamente abastecida
de artículos de primera necesidad y tras dos paquetes de agua mineral, la caja
fuerte disimulada, deslizó los dedos por las teclas marcando la clave de aquel
enigma, aliviada, volvió a gatear, quedando todo como si allí no hubiera nada
extraño.
--¡Café!, --dijo canturreando e
intentando olvidar por el momento aquella inquietante e incomprensible
situación--. ¡Todo a su debido tiempo!, --y volvió a descubrirse hablando en
voz alta--.
Sacudió la cabeza como un perro
mojado por la lluvia intentando sacudirse el agua, ella se sacudía las
preguntas sin respuesta que la estaban angustiando.
Su dormitorio se encontraba en
penumbra, respiró profundamente y poco a poco la ropa quedó entre sus piernas,
se introdujo en la bañara vacía y cerrando los ojos, tomó a sorbos lentos la
taza de café, el agua caliente subía templando poco a poco su carne y sumiéndola
en un duerme vela, la música clásica le hacia saltar de recuerdo en recuerdo, mezclándolos
de una forma anárquica e inconexa.
--Ding-dong, sonó el timbre de la
puerta.
--¡Joder!, ¡Coño!, ¡Mierda!, --
dijo encolerizada e incorporándose como si tuviera un resorte en la espalda,
escupiendo agua como una esponja empapada, arrancó el albornoz de la percha,
dejando un rastro imposible de perder hasta la puerta, el timbre insistía y de
un manotazo abrió la puerta. Un ramo de rosas y lilium precedían a una sonrisa
y esa sonrisa a un joven delgaducho de aspecto estresado, al que el grito de
Elena lo intimidó hasta el punto de retroceder unos pasos, escondiéndose aún
más tras el ramo de bellas flores, la sonrisa se volvió una mueca y Elena pensó
que acabaría rompiendo en llanto, la situación se había vuelto una escena de
vodevil.
--¿La señorita Elena?, -- preguntó
el joven delgaducho, apenas en un hilo de voz--.
--¡Eso no es para mí!,-- afirmó
categóricamente Elena --.
--¿No es este el 3ª A?, -- volvió
a preguntar el joven a punto de echarse a llorar --.
-- ¡No puede ser!, ¿quién manda
esto?, -- preguntó Elena señalando el ramo con cierto asco --.
-- No se señorita, yo solo
reparto los ramos, a mí nadie me dice nada, lo siento, -- dijo con voz de
llanto --.
--Está bien perdona, es que tengo
un mal día, siento haberte gritado. ¡Espera!, -- cogió un buen puñado de francos y se los puso
en la mano, intentando compensarle el mal rato, el muchacho escapó como un
conejo asustado.
El ojo de la señora Bartán se
adivinaba tras la mirilla, en un acto de cortesía extendió el brazo ofreciendo
el ramo a su incombustible vecina.
Estrelló las flores contra el
suelo y se tiró en el sofá, agotada por tanto disturbio.
--¡Quién está intentando tocarme
las narices! ¡ No tengo amigos, no puedo permitirme tener amigos! ¡Que está
pasando!, -- dijo a pleno pulmón intentando desahogarse --.
Se vistió con ropa cómoda e
informal, comería algo, daría un paseo, recogería la energía sanadora del sol y
reflexionaría con calma sobre los acontecimientos acaecidos en las últimas
horas. Cerrando la puerta a su espalda y segura de la presencia de la señora
Bartán detrás de la mirilla, flexionó las rodillas y se levantó el pico de la
amplia blusa e hizo una reverencia, tenía que retomar el control de la
situación.
Bajó por las escaleras, saltando
los escalones de dos en dos y entonando una estúpida cancioncilla infantil, un
recuerdo le golpeó la mente como el disparó de un franco tirador, inesperado,
oculto pero certero, la cabeza le dio un vuelco y el corazón se disparó a toda
velocidad, apoyada en la esquina, el recuerdo se esfumó con la misma rapidez
que apareció, lo que hace un segundo era un retrato nítido, ahora lo envolvía
una espesa y densa niebla.
En la calle la fiereza de los
rayos solares la cegó por un momento, buscó las gafas de sol en su bolso y
encaminó sus pasos hacia el Sena.
Continuará.......
VAMP.
martes, 25 de marzo de 2014
EL HOMBRE DE HIELO Y PAJA
Por la calle abajo va un hombre de buena facha
los vecinos a su paso la mano confiados alzan.
Nada hace presagiar la tragedia que el arrastra,
el horror que se desata por una toalla sucia,
o camisa mal planchada.
Los insultos y los golpes que sus manos bien lavadas
propinan a Dulcinea, esa esposa bien amada.
Sus dulces facciones con sus modales no casan.
Tras los visillos corridos, una mirada asustada
lo vigila con prestancia.
Quiere llamar a su madre, decirle lo que le pasa,
con las manos temblorosas, el auricular levanta.
Sus manos ensangrentadas al teléfono se agarran
a duras penas consigue con el ojo que se salva
ver los números que borrosos de su retina se escapan.
Mira su alcoba con pena, donde cada noche duerme el hombre de hielo y paja.
Ese mismo que hace poco le acariciaba la cara
jurándole amor eterno, dándole vana esperanza
de una vida dulce y buena donde nada la apenara.
El teléfono ha colgado pues el miedo la atenaza
se ve envuelta en la vergüenza, vergüenza que otro, no lleva escrita en su cara.
Sus facciones son bonitas, pero solo el exterior es el que canta
por dentro es frío y negro, aunque por nada se inflama.
Ella no lo reconoce, no es la misma persona que en el altar la esperaba
por eso calla un secreto y en su vientre lo resguarda,
caja fuerte bien segura, mientras la solución aguarda.
Esa noche volverá el hombre de hielo y paja,
lo esperará sin recelo mientras la esperanza aguarda.
Sus heridas limpiará, se esconderá tras la máscara, para que nada sospeche el hombre de
hielo y paja.
FIN
Vamp.
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