lunes, 28 de agosto de 2017

Las alas de un ángel rotas (29º parte)

Con sutileza se introdujo bajo el cuerpo esbelto y musculoso de su amado, somnoliento no daba crédito a lo que estaba sintiendo, pero otras partes de mí cuerpo si habían reaccionado y adaptado a la situación.
--¡Lucía!—la miraba con cara de desconcierto—¿Estás segura de esto?. Te lo dije y te lo repito, no tienes porque hacerlo. No me debes nada. –con un beso acalló mi voz y mis preguntas--.

--Ámame y mata  todos mis fantasmas, hazme libre, demuéstrame que el amor es algo bello y no doloroso y vejante.
La entrega fue total recorrí sus pechos, sus piernas ........todos y cada uno de los rincones de su anatomía, escuchando los ahogados gemidos de placer y cuando su cuerpo se impacientaba por la anhelante y torturante espera, me fundí con ella, no hubo ni tú ni yo, sólo nosotros. Su cuerpo se arqueó bajo el mío instigado por el placer, se dobló como la rama de un árbol joven, vencida por el poderoso viento, cuando se convulsionaba, su garganta gemía sin vergüenza y un carrusel de placer y gozo giró a nuestro alrededor, supe que la batalla estaba ganada, que aquel monstruo no taimaría más su mente, su cuerpo. No podría arrancarlo de sus recuerdos pero si podía vivir con él, sin que eso le restara más alegría de la necesaria.
Por primera vez, la casa olía a hogar, y la habitación nunca fue tan cálida y acogedora. La azulada tela que cubría la ventana irradiaba destellos en todas direcciones, me sentí pez libre en su elemento, que sentí como mí elemento. La pasión y el deseo nos habían inflamado hasta dejarnos exhaustos. La miré con los ojos llenos de amor y descubrí a una niña apenada, que intentaba sonreír detrás de las lágrimas. Mi alma se hundió en  profundos abismos.
Continuará...

jueves, 24 de agosto de 2017

Las alas de un ángel rotas (28º parte)

En dos pueblos de alrededor se produjeron  bajas, una por muerte y otra por enfermedad, el pobre cura era por lo visto muy viejito y aunque aguantó todo lo que pudo, el obispado hubo de retirarlo con urgencia, haciéndose cargo de ellas por orden superior, nuestro opresor.

Es sabida por todo creyente la obediencia de nuestro clero, que al igual que al ejercito se les prohíbe tener mente propia, ya que si la tienes, -- como se puede obedecer ordenes o mandatos fuera de toda lógica con inusitada ceguera vehemente--. Si hablas con un sacerdote te dará una colérica charla sobre la fe, donde no faltaran puñetazos en la mesa a falta de argumentos y si lo haces con un militar lo hará de la obediencia, el orden y no se cuantas cosas más, que ni ellos mismos saben como excusar o defender a base de practicar sumisión sin mesura. En el fondo los comprendo como se puede vivir sin poder expresar tus argumentos, no pudiendo llamar tonto al tonto e inepto al inepto.


De esta manera tan fácil pudo conseguir la voluntad de nuestro hombre, su madre, la abuela de Lucía, haciéndole cometer injusticias con un ser dulce e inocente. Al menos como esta muy de moda ahora mismo decir y además a la expresión la amparan las leyes. “El presunto” asesino de mi madre lo movía su crueldad y la mala sangre con que fue concebido, pero yo estaba convencido del buen corazón de nuestro cura, las acciones malas o injustas que cometía las hacia por boca de ganso y no por deseos propios, pero el cerebro y la voluntad se acaba pudriendo, cuando no es firme y se deja a monstruos externos morder nuestra moral y sentido común, aprendiendo a acallar la conciencia con vanas excusas.
Tras muchas idas y venidas, llamadas telefónicas, encuentros secretos y noches acunadas por el insomnio, parecía estar todo en orden.
Una semana después del cumpleaños de Lucía, algo más tranquilos, decidí celebrarlo con una sorpresa, aquella tarde íbamos a visitar a su madre, mediante el abogado averiguamos su paradero. Como no sabíamos lo que podíamos encontrar, pensé que un bonito regalo podría mitigar el posible mal rato. Y ella en un intento de alcanzar la normalidad como mujer, decidió precipitarse al vació.
Más tarde me confesó, que lo deseaba pero no sabia si a la hora de la verdad seria capaz o podrían más sus traumas. Si no lo intentaba nunca lo averiguaría.
Su tío salió a las cinco de la mañana, Lucia se levantó solicita a prepararle una taza de café para que se reconfortara hasta llegar a su destino. Tenia dos horas de camino por delante antes de llegar a la iglesia donde además de la misa matutina, había varios entierros y una boda, estaría ocupado todo el día, los oficios de su parroquia los atendería un sacerdote joven, pero eso no nos preocupaba ya que no tenía porque relacionarse con Lucia, tenia las llaves de la iglesia y todo lo que podía necesitar.  


Daban las seis de la mañana cuando cerró la puerta tras de sí, al pisar el asfalto la envolvieron las primeras luces, meditabunda, caminó calle arriba, las pequeñas dudas  parecían desvanecerse con el aire fresco de la mañana, aunque la ansiedad, la duda, le horadaban el estómago, provocando la sensación de un vacío insoportable.
La ciudad lucía solitaria, solo el trajinar de repartidores o de los muy madrugadores. El tráfico aumentaba paulatinamente, rostros medio dormidos todavía, parándose en alguna que otra cafetería que se encontraba abierta para recogerlos, ofrecerles un café o algún licor que les entonara la mañana.
La emoción y la duda la estaba mareando, sus manos temblaban. Ya en la puerta, contuvo la respiración y haciendo muecas  ridículas, logró que la llave girara. Una paz absoluta reinaba en la casa. Depositó los zapatos en la entrada, sin percatarse del voluminoso paquete envuelto con un gran lazo multicolor que decoraba el centro del salón.
Entró con absoluta decisión en el dormitorio y despojándose de toda la ropa, empujó con suavidad la puerta. La perra levantó con pereza la cabeza pero los cachorrillos mamaban y no hizo intención de salir a su encuentro, aun así Lucía puso su dedo sobre sus labios emitiendo un sonido sordo, bajando su hocico siguió dormitando mientras daba de desayunar a sus hijos.
La cortina descorrida permitía que la claridad se colara alegremente, iluminando el cuerpo de Pablo desnudo sobre las sabanas. La cama revuelta parecía haber librado una dura batalla con el insomnio.
Sintiéndose avergonzada  pensó en salir corriendo, si se marchaba en ese instante nadie se enteraría. Salió de la habitación y se disponía a enfundarse en su pantalón de nuevo, cuando un ruido la hizo refugiarse detrás del sofá, permaneció unos segundos con la respiración mantenida, alerta pero fue una falsa alarma, el estruendo provenía de la calle, un camión descargaba alguna mercancía.
Tiró de nuevo la ropa y silenciosa se dirigió a la cortina cegando la habitación. Pablo cambio de postura en ese momento y ella se sobresalto de nuevo, pero ahora la amparaba la oscuridad. Como un cazador furtivo que otea el horizonte en busca de una buena pieza, se despojó del sujetador dejando al descubierto unos senos pequeños pero perfectamente formados, dos tartas de nata adornadas en el centro con guindas rosadas. Dejó resbalar las braguitas por las caderas hasta caer rendidas a los tobillos, con una pequeña zancada las abandonó en la alfombra. Titubeante y sin saber por donde introducirse, dudo unos segundos e imaginariamente rozó la atlética espalda que ahora se mostraba al igual que lo hacían las nalgas, tentándola a acariciarlas.
Se tendió en el filo del colchón sin rozarme, en una involuntaria vuelta la atrapé en mis brazos, pero permanecía dormido ajeno a lo que estaba pasando en mí propia habitación. Al sentirse sin escapatoria, Lucía experimento unos segundos de terror, pero se dio cuenta que nadie la tomaba a la fuerza, que aquellos brazos, solo la acariciaban, no la forzaban contra su voluntad.
Se sorprendió al no sentir asco, sino por el contrario deseaba que no parara, hasta borrar las huellas de esas otras asquerosas que la tocaron en su día, obligándola a sentirse sucia e impura, obligando a su mente a sentirse culpable de algo que no lo era.
De repente se sintió agotada sin fuerzas para luchar más contra su vergüenza y se rindió  sin condiciones.
Continuará...

martes, 22 de agosto de 2017

Las alas de un ángel rotas (27º parte)

Emitió un silencioso grito y las lágrimas se precipitaron por sus mejillas, corrí a su lado y abrazándola, recolecté sus lágrimas con mis labios, ese precioso líquido que desprendían sus ojos no podía caer al suelo, ni enjuagarlo cualquier tela, para mí era como agua bendecida y ella mi diosa a la que adoraría para el resto de mi vida. Mis dedos se movieron como locos, acariciando su anatomía. La miré y sin despegar sus labios, los ojos me suplicaban que parara.

--Perdóname, lo que dije lo mantengo, cuando tú quieras y como tú quieras, ha sido solo un arrebato no volverá a pasar.
Acunando su cara en mi hombro la estremeció el llanto.
-- No llores amor mío, si lo haces te acompañaremos todos, incluido los perros y esta será una inundación -- intentaba provocar su risa—levantó el rostro enrojecido y con un halo de pena en su mirada, una sonrisa se dibujó en  sus labios.
--¿Qué tal cocinas?. Porque yo puedo morir de hambre si no tengo un abrelatas a mano. Soy experto en calentar latas.
--Bueno, digamos que no moriría de inanición.
--En mi defensa y aunque no lo parezca soy un perfecto mayordomo y un excelente recadero.
Reímos divertidos, con la perra a nuestros pies descansando. Planeamos una estrategia a seguir para averiguar donde estaba su madre. 

La observé fascinado mientras trajinaba por la cocina, era aire y luz de primavera, de tanto en tanto nos lanzaba una mirada, la veía abrirse lentamente como los postigos de una ventana, disfrutar con las pequeñas cosas que la rodeaban, aunque si permanecías atento, veías la tragedia en el fondo de su mirada, luchando por salir y a ratos, por el hecho más insignificante se cerraba su rostro como una cámara sellada y un frió silencio convivía entre nosotros. Entonces y siempre tanteando el terreno y consiguiendo sin palabras, tácito permiso, la besaba con ternura y sus defensas bajaban, eso me hacia tener la certeza, que con esfuerzo y todo el amor que pudiera darle, conseguiría al menos que no la atormentaran tanto los recuerdos y que sus ojos color chocolate se derritieran bajo mis desvelos dando paso a una época de felicidad plena, enterrando el terror de una existencia penosa y desgraciada.

Las dos semanas siguientes fueron todo lo frenéticas que le permitía las limitaciones de la convivencia con su tío, los horarios eran muy estrictos, pero con ayuda divina y de Eloisa, --digo divina—porque fue providencial ciertos acontecimientos que entretuvieron al párroco mucho más de lo habitual.
Continuará...

jueves, 17 de agosto de 2017

Las alas de un ángel rotas (26º parte)

La dejé hacer, quería que ella se rindiera por si misma, que sus miedos y la capa de hielo que cubría su corazón se fundiera bajo mi influjo y cuando viniera a mí lo hiciera por propia voluntad y deseosa de ser amada. 

--Han abierto una nueva galería de arte, cerca de aquí, no se como se llama la calle, pero se llegar. ¿Te gustaría?. —la cara se le ilumino de deseo— fue en aquel momento cuando lo vi claro y sin saberlo le haría el regalo que más tarde marcaría nuestras vidas.
Después de disfrutar leyendo la felicidad en su rostro contemplando a nuevos valores de la pintura. Acongojada me dijo que teníamos que hablar que necesitaba pedirme un favor.
El reconfortante sol, por fin, había ganado la batalla a la fría neblina y sus rayos aparecían tímidos. Aquellas situaciones me abrumaban un poco por la ansiedad de no saber que estaba pasando.
Tras los grandes árboles que escoltaban la avenida, una cafetería nos invitaba a pasar. Con un ademán le hice la pregunta, franqueándole el paso como un caballero, la invite a precederme, halagada volvió su rostro dedicándome una divertida sonrisa.
Una fila de mesas y sillas  de madera de teka, colocadas  en anarquica organización  invitaban al reposo, todo lo que nos rodeaban eran efectos marineros, brújulas, sextantes, ojos de buey, hasta el camarero parecía un viejo lobo de mar con un gran bigote que nos provoco cierta risa. El lugar estaba bastante concurrido, nos instalamos en un rincón apartado para poder hablar con intimidad.

--¿Qué me querías decir?—le pregunté algo inquieto por la respuesta.
--Veras, mi abuelo antes de morir dejó un fideicomiso a favor de mi madre y mío, con la intención de que cuando cumpliera dieciocho años pudiera hacer lo que yo deseara, a sabiendas del carácter de mi abuela y con la intención de protegernos, este hecho siempre se me ha ocultado, cumplo los dieciocho dentro de una semana. En las ausencias de mi tío he logrado averiguar el nombre y la dirección del abogado y con engaños, que existe. Yo sola no tengo valor pero si tu me ayudas me enfrentaré con mi abuela y reclamaré lo que es mío. Tengo la intención de hacerme cargo de mi madre y sacarla del lugar donde la tienen, no estoy muy segura de donde es, a ella la han incapacitado pero quiero tutelarla y mandarla a un buen centro donde si no se recupera al menos tenga una buena vida, usar su herencia en que esté lo mas cómoda posible. ¿Quién sabe en que circunstancias se encontrará ahora?. Sus palabras eran una mezcla de odio y amor, su confianza en mi me desarmaba, con los ojos encendidos por la esperanza, en su rostro se reflejaba el anhelo por oír mi respuesta. 
Miré su mano con un profundo deseo de acariciarla y como si de nuevo fuera transparente, ella me la estrechó manteniéndolas entre las suyas, la turbación me confundía y con las mejillas encendidas por el deseo -- le dije que sí, que aquello no hacia falta ni preguntarlo--. 

Levantándose me dejó aun más perplejo, tiró de mí hacia el estrecho pasillo que conducía a los servicios y en un rincón oscuro, lejos de miradas curiosas y entre cajas de refrescos. Tomó la iniciativa, pegó su cuerpo al mío, en principio, fue solo un leve roce, que se convierto al cabo de unos segundos en un fuerte y apretado abrazo. Notando sus pechos contra mi pecho, dándome el beso más apasionado que había recibido nunca. Separándola y no sin cierta pesadumbre por hacerlo, -- ya que la virilidad se hallaba encendida--.
--No tienes por que hacer esto si no lo deseas, yo te quiero y te ayudare sin necesidad de hacer algo en contra de tú voluntad.
--Te equivocas, esto no tiene nada que ver con lo otro. Pensé que nunca llegaría este momento, que no podría soportar que me tocaran de nuevo y sin embargo soy yo la que necesito estar cerca de tus manos y de tu boca, sentir tu calor. He tenido helado mi cuerpo y mi corazón por falta de amor, de comprensión, tú has despertado lo más cálido que hay en mí.

Aquellas palabras fueron como el canto de un coro de ángeles, como ascender al cielo en los mismísimos brazos de los dioses.
La apreté con tanta fuerza que casi cae desmayada al suelo. Entonces se me ocurrió la feliz idea.
--¿Quiéres ver a lo rasputines?. Sólo vivo a dos manzanas de aquí, además quiero que tengas una llave y que sepas llegar por si necesitas algo, es tu casa tanto como la mía.
Al pasar por el supermercado cumplí mi promesa a Duli y compré todo lo necesario, latas para perros, leche, pan, bollos de nata y algunas cosas para prepararnos algo nosotros. Con tantas emociones nos habíamos olvidado y las tripas tenían su particular protesta.
En el apartamento reinaba un caos animado, sobre todo en mi dormitorio, abrí las ventanas para que el aire se relajara, un espeso olor se desprendía de las habitaciones, aunque Lucia disfrutaba tanto de la progenie de Duli, que parecía hipnotizada por el momento. Con tristeza en su voz me preguntó que haría con ellos. Mi respuesta fue contundente.
--Lo que tú quieras, son tuyos, esta tu casa y serás mi mujer cuando quieras casarte conmigo.
Continuará...